Justicia y economía

(Renovación, 15/04/1911)

Puede decirse que hasta que el Proletariado emancipador expuso su concepto de justicia y de economía, no se tuvo clara noción de estas ideas.

Por justicia se consideraban los preceptos morales consignados en los libros sagrados o las prescripciones legales.

Por economía entendíase el conjunto de prácticas rutinarias transmitidas tradicionalmente en los distintos ramos de la actividad humana.

Era la justicia la Biblia y el Código; era la economía la rutina envejecida y aceptada sin examen.

La idea de justicia, que ha de ser la última expresión del trabajo del pensamiento en lo moral, y la de economía, que representará el dominio científico de la materia, tomadas de lo pasado y respetadas como cosa histórica y tradicional, constituyen un error gravísimo, cuya consecuencia inmediata es dificultar el progreso, convirtiendo en retrógrados los poderes, las instituciones y las costumbres.

La razón es clara: considérese el cristianismo allá en su origen como un progreso inspirado por la idea de justicia que protesta contra los errores y la corrupción del paganismo; considérese igualmente el derecho romano como un progreso social y político respecto de la imperfecta organización de las anteriores sociedades. ¿Puede aceptarse que el cristianismo y el derecho romano sean la fórmula absoluta de la justicia? Veinte siglos de dominación durante los cuales la historia consigna un cúmulo espantoso de guerras, revoluciones, pleitos y todo género de crueles desavenencias, responden negativamente.

¿Cómo puede ser justa una religión calificada de amor y caridad, cuyo fundador, hombre endiosado o dios humanizado, profetiza que siempre habrá pobres en el mundo, y en cuyo seno hay creyentes millonarios que con una absolución de última hora gozan de una gloria eterna, y creyentes pobres que mueren de hambre y desesperación condenados a un infierno sin fin!

¿Qué justicia hay en un Código Civil que da la posesión de la tierra, con el aprovechamiento de las fuerzas naturales y sociales que obran sobre ella beneficiándola y haciéndola más y más productiva, a los propietarios, mientras que por el derecho de accesión y en beneficio de los propietarios, despoja a los no propietarios del fruto de su trabajo!

Las necesidades materiales de la vida son apremiantes e imprescindibles; para llenarlas cumplidamente se habría de tener una noción justa del derecho para que todo consumidor cumpliera sus deberes sociales sin faltar a la justicia, y después necesitaríase un conocimiento suficiente, ya que en absoluto no es posible, de la materia utilizable y adaptable a las necesidades humanas, juntamente con una organización equitativa del trabajo, del cambio y de la distribución de los productos. ¿Puede creerse que con la carencia de circunstancias tan esenciales existiera la economía? Las crisis industriales, la aglomeración de habitantes en los grandes centros de población, la miseria de las poblaciones rurales, las emigraciones en masa y las guerras para la conquista de nuevos mercados dan también respuesta negativa.

En el orden moral es socialmente justo lo que por el concurso de todos a todos beneficia por igual.

En el orden material es socialmente económico lo que por todos y para todos produce más y mejor resultado con menor esfuerzo.

Si con el criterio que de estos principios sociales se desprende, juzgamos la actual sociedad, llegaremos a un severísimo juicio.

Encontramos que el producto se obtiene por el concurso de capitalistas y obreros: los primeros en posesión de la tierra, del capital, del crédito, de las primeras materias y de los grandes instrumentos del trabajo; los segundos poseyendo únicamente sus brazos y un empirismo práctico.

Para el capitalista, la propiedad del producto, más los beneficios de su venta.

Para el obrero, que ha vendido su trabajo por el jornal, cuando como consumidor necesita el mismo producto que ha creado, ha de pagar la usura al capitalista; sin contar el peligro de que por la adopción de una máquina quede despojado de su oficio, que es su único medio de subsistencia.

Semejante fundamento social, considerado con el criterio de estricta justicia, es inmoral e injusto, aunque sea cristiano (véanse la parábola de los talentos, Mateo, XXV, 14 a 27, y la encíclica Resum Novarum), y legal (véanse los arts. 350 y siguientes del Código Civil español, sobre la propiedad, en concordancia con los Códigos de todas las naciones). Por él, el llamado pacto social es un contrato leonino en el que quien contribuye con más es quien reporta menos en odiosa desproporción. Considerado con el criterio de la economía, es desordenado e irregular, toda vez que con ese sistema de producción se pierden fuerzas, inteligencias, actividades e iniciativas.

Tan inicuo como torpe procedimiento es causa de un dualismo social que divide los hombres en explotados y explotadores, y se opone a la fraternidad y solidaridad que debe existir entre todos los miembros de la gran familia humana.

Vemos, pues, que lo que en el mundo de la tradición se entiende por justicia y por economía en el mundo de la razón y de la ciencia es injusticia y despilfarro.

Para que la justicia y la economía sean una verdad en los hechos y en la apreciación general de todas las inteligencias, necesítase una transformación social que destruya todos los privilegios y una difusión de la ciencia que desvanezca los errores tradicionales y los espejismos con que los falsos sistemas alucinan a los sectarios.

Hoy que los trabajadores, constituidos en potencia social, proclaman que su emancipación ha de ser su propia obra, deben penetrarse bien de la noción exacta de justicia, despojada de todo carácter místico, y de la de economía, como expresión íntima de la fusión del egoísmo y del altruismo; estudiarlas en el seno de sus organizaciones; prepararse a llevar a la práctica sus conclusiones, y acelerar la obra revolucionaria, porque sólo de este modo pueden, en medio de la injusticia y del desorden de la presente sociedad, anticiparse a servir la causa de la justicia y de la economía.