Aspecto social de la lucha contra la tuberculosis

Conferencia del Dr. Queraltó*

(Renovación, 30/04/1911)

La tuberculosis nos rodea, nos acosa, nos oprime, de tal modo, que, según esta interesante conferencia, nos hallamos en un atolladero, en un callejón sin salida, al borde de abismo mortal que amenaza a la humanidad en plazo breve si no se despabila a tiempo.

El Dr. Queraltó exclama al final de su trabajo: “La tuberculosis es la expresión patológica de la humanidad degenerada...” “...Si de este modo, una tras otra se arruinan e infectan las generaciones, de seguir por esta senda la humanidad acabará por agotarse y desaparecer de la tierra”. “No se agotará, se está agotando; no se morirá, se está muriendo. ¡Esto se va!”

Para dar tal grito de alarma se funda en que si pudo ser antaño el tuberculoso un singular caso clínico, un ejemplar morboso sólo visible de vez en cuando, en la actualidad la tuberculosis nos devora; su cifra anual de mortalidad siempre ascendente espanta. En todas las naciones siega vidas y vidas; es la continua hecatombe, hasta el punto de que para formar los Estados sus ejércitos se ven precisados a constituirlos con legiones de infectados; en Prusia (caso verdaderamente sugestivo) en el honorífico regimiento de la Guardia, hubo que suspender la prueba de la tuberculina porque casi todos los soldados resultaban tísicos.

La medicina, por lo visto, ha hecho cuanto podía, “hemos aprendido a curar a los ricos, a quienes cuentan con recursos para su debido tratamiento...”, dice sencillamente el autor, se les ha desvanecido el miedo al aire y a la limpieza, se les ha llevado a las montañas, se les ha hecho vivir a cielo raso y dormir con las ventanas abiertas y la razón y la naturaleza han hecho el resto; pero la medicina es impotente contra el pobre, contra el que no sabe y no puede gozar del aire, del sol, de la limpieza, de la actividad prudente; necesita del apoyo de la sociología y de la sociedad, y en su lugar se ha presentado el capital, y a él se debe el sanatorio-reclamo, pudiera decirse el sanatorio-timo, que si no cura al enfermo enriquece al accionista.

Se han establecido sanatorios para pobres, mas no para los pobres, y como en ellos no caben todos, y aun para los preferidos, antes y después del sanatorio hay la vida mísera del desheredado, el contagio cunde hasta la amenaza de cegar las fuentes de la vida.

Los datos recogidos para este estudio por el Dr. Queraltó sobre las condiciones de vida del trabajador son dantescos, peor quizá, porque la poderosa imaginación de Dante no podía concebir el mísero abatimiento a que la industria capitalista ha reducido al trabajador, al ciudadano de la moderna democracia, al que, elevado por las constituciones políticas a participante de la soberanía, es en la realidad social un vil paria.

No insistiré sobre ellos; harto conocidos nos son los horrores del trabajo en el campo, en el mar, en la mina, en el taller, en la fábrica, en la casa-tabuco, ante la máquina de coser, donde quiera que el propietario-capitalista estruja al asalariado y, por el derecho de accesión, le despoja del fruto de su trabajo.

Quedamos en que la enfermedad en cuestión es curable en teoría y prácticamente para los ricos, y aun sólo para ciertos ricos; lo incurable es su propagación, su extensión dominante y desbordante, de la cual da idea como botón de muestra el siguiente interesante dato: según un médico alemán, los sanatorios son un postulado de la civilización; con 25.000 camas en Alemania y proporcionalmente en las demás naciones, quedaría resuelto el problema. Poco después, profundizando más el estudio, el mismo doctor exclamaba: ¡hay 800.000 alemanes tuberculosos! ¡No hay capital social para atenderlos!

¿Remedio a tan grave mal; solución a tal problema? Ya lo hemos dicho: la Medicina y la Sociología asociadas. Pero estas meritísimas entidades se encuentran dificultadas en su obra por otra, el Privilegio, que divide a los hombres, respecto de la tuberculosis, en curables e incurables; los que por la herencia, por la renta, por la usura o por la explotación, pueden pagarse un tratamiento de descanso, aire, luz y sana alimentación, y los que, para que los usurpadores de la riqueza social vivan a sus anchas, trabajan hasta reventar, y, mal alimentados, pasan su vida en antros lóbregos e infectos.

¿Luego el Privilegio es el enemigo?

Sí; pero el Privilegio es la Ley.

Por ella el propietario es dueño de la tierra; de lo que está debajo de ella, de las fuerzas naturales y artificiales que sobre ella obran, y de cuanto produce, se le une e incorpora o se le hace producir natural o artificialmente; al propietario pertenecen los frutos naturales, los frutos industriales y los frutos civiles y por ello se enriquece y llega a las cúspides sociales, en tanto que el no propietario es una fuerza y una inteligencia de alquiler, servil, a quien se le paga su trabajo para la producción, recoleccción, conservación y cambio de los productos, es decir, que cuenta únicamente con el salario alambicado cuando el propietario le necesita, porque no es más que un accesorio para la vida del propietario, y cuando su señor, su alquilador, el amo, no le necesita, o cuando los tiempos están malos, o hay crisis, o se retira del negocio con sus ganancias, o cuando se inventa una máquina, queda absolutamente privado de medios de vida y se muere de hambre hasta en la vía pública.

Pues contra el bacilo tuberculoso la Medicina, contra el Privilegio la Sociología, y, ayudando su marcha evolutiva, el Proletariado emancipador produciendo la Revolución Social: he ahí la solución del problema.

Piénsenlo bien los médicos higienistas, los que a cada paso tropiezan con la imposibilidad de aplicar sus recursos terapéuticos por la pobreza de los pacientes, los que con las recetas y con la seguridad de no cobrar sus visitas han de deslizar además una moneda auxiliar, los que son capaces de morir heroicamente a la cabecera de los apestados, los que saben que la fraternidad humana es un principio social positivo, esencialmente humano, y no aspiración utópica.

La unión de la Ciencia y el Trabajo ha de ser fecunda y salvadora.

Tales son la impresión y las consideraciones que me ha inspirado la lectura de tan interesante trabajo.

 

* Esta interesante conferencia se vende en la Administración de Renovación a 25 cts. ejemplar.