El derecho a la evolución

(Renovación, 15/05/1911)

Las iniquidades del privilegio, acumuladas tras largos siglos y pesando sobre un pueblo sufrido y sobre una burguesía ilustrada, produjeron el movimiento de protesta revolucionaria conocido con el nombre de Revolución Francesa.

Un esfuerzo común de las dos clases oprimidas bastó para destruir las antiguas formas del privilegio, mas no para aniquilarle. Bien a la vista está: evidente y tristemente lo declaran esas públicas manifestaciones de miseria y opulencia que imprimen repugnante sello a la forma social en que vive nuestra generación.

Cambió, pues, de forma el privilegio y en gran parte de sujeto pero no de esencia: dejó de consistir en apergaminados títulos de nobleza, vinculados en ciertas familias, exentas de toda carga y acumuladoras de honores y riquezas, para convertirse en títulos de propiedad, en acciones de propiedad, en acciones de sociedades agiotistas, en billetes de banco o en dinero contante y sonante. Actualmente el rentista, el usurero, el explotador o el rico de nacimiento, el que al nacer halló una cuna enriquecida por el despojo sufrido por los hijos de los pobres, tiene libre acceso a las más elevadas distinciones y goza de todos los beneficios naturales y de los producidos por la humanidad a través de todos los tiempos y de todos los países, a costa de estudio, de trabajo y de sufrimiento.

Como resumen filosófico de aquella Revolución, se proclamó la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; pero hoy, a más de un siglo de distancia, se preguntan los desheredados, los descendientes de los asaltantes de la Bastilla, tomando sus dos primeras cláusulas:

Si racionalmente todos nacemos y permanecemos libres e iguales en derechos, ¿por qué desde el nacimiento hasta la muerte vivimos en completa desigualdad?

Si racionalmente el objeto de toda asociación política es la conservación y defensa de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre, ¿por qué las naciones están divididas en clases privilegiadas y clases desheredadas?

Formular tales preguntas acusa el fracaso de aquella Revolución. Así ha de reconocerse: así lo evidencia la existencia de millones de asalariados reducidos a las mayores privaciones, de capitalistas que atesoran millones y viven engolfados en la concupiscencia, de un socialismo que expone con premura las reivindicaciones de los pobres, de gobiernos que aplican la fuerza pública a la defensa del derecho escrito y a la persecución del derecho humano, del término medio de la vida relativamente elevado entre privilegiados y reducido a mínima cifra entre desheredados.

Reconózcase, pues, de una vez, que la Revolución fracasó porque dejó subsistente la propiedad, y porque, en lugar de haber entrado todo el mundo en su libre participación, se contentó con la farsa del 4 de agosto.

Pero una revolución nunca es obra inútil; por sí misma señala el término de una evolución.

La Revolución Francesa señaló base terrena a la fraternidad humana. Hasta entonces pudieron creer los desheredados que la fraternidad era teórica en la Tierra y práctica en una vida ultraterrena; a partir de ella quedó patente que el derecho a la vida y al goce de cuanto existe naturalmente y lo creado por el genio humano es inmanente en el hombre.

Si ese derecho no tiene eficacia práctica, como no la tuvo el precepto evangélico del amor recíproco, se debe a que en la sociedad los intereses son antagónicos.

Refórmese la sociedad en sentido comunista; póngase el interés individual en concordancia con el general, a la manera que viven en familia los niños y los ancianos bajo el amparo del padre; es decir, constituyamos la grande, la única familia mundial; pongamos la infancia, la ancianidad y los incapacitados al amparo de los que en la plenitud del ser gozan de todos los beneficios de la participación en el patrimonio universal, y el ideal será un hecho.

A eso tiende el progreso, esa vía señala la sociología, a eso vamos todos: unos a rastra, otros empujados, otros por ciencia, por conciencia y por conveniencia, por amor, por razón, y por economía, obedeciendo la ley del menor esfuerzo.

¡Quién dice con qué derecho, con qué competencia que todo eso es vana ilusión?

Un propietario, un patrón, un comerciante, un periodista, un político, un gobernante, un cura, un abogado, un rentista come-cupones; es decir, todo prebendado o aspirante a gangas sociales.

¡Bah! Esas gentes son la masa atávica que discurre con la lógica de la rutina. La Revolución les constituyó en pelotón conservador; se les indigestó el triunfo. Frente a ellos se levantó La Internacional, germinadora del Proletariado Militante, que rechaza la limosna del derecho que como a eterno menor le ofrece la Burguesía democrática y va directamente, no en busca de un falausterio utópico, sino a la conquista del derecho a la evolución.