Orientación

(Renovación, 30/05/1911)

La religión cristiana, definida por san Pablo, por los Concilios, por el Sacro Colegio, por los Papas, por Lutero, por Calvino, por todos y cada uno de sus apologistas ortodoxos o heréticos, o por la simple lectura del Nuevo Testamento, impone a los pobres, contra la razón, la justicia y la sociología, la esperanza y el temor, y, como consecuencia, resignación y freno.

Pero resignación que espera recompensa y freno sostenido por el temor, se traducen en la práctica de la vida, por tranquilidad y libertad para los privilegiados.

El privilegio, establecido como imposición religiosa, consuetudinaria y legal, da a los ricos, con la posesión, goce, y con la astucia, dominio.

Y goce que representa derecho, astucia que finge superioridad, se presentan como justificación contra los desheredados.

He ahí a qué quedan reducidas la fraternidad y la caridad cristianas.

No otra cosa demuestra la historia de veinte siglos.

Después, para los pobres, tras el engaño, sobreviene la duda, desvaneciendo la esperanza y el temor, y aparece la desesperación.

Y para los ricos, por la incapacidad orgánica para la continuidad del goce, surge a la postre el hastío, que trae también consigo la desesperación.

Ricos y pobres, por distintos caminos, llegan a un mismo punto, coinciden en el escepticismo, en la duda, en la desconfianza, en la incapacidad para el ideal.

Donde hay abundancia, la situación, por desesperada que sea, se hace tolerable; porque si lo moral está en déficit, lo material puede hartarse, y, como dice el adagio popular, los duelos con pan son menos; mientras que donde hay escasez todo es ruina.

En tal caso, que sería mortal si la humanidad no hallara nuevas vías, se inicia en unos la protesta y tras ella la rebeldía, y en otras la defensa y con la posición del poder la coerción tiránica.

La protesta rebelde se manifiesta y obra en virtud de un ideal que sirve de término de comparación y de aspiración revolucionaria; de criterio y de objeto.

La defensa coercitiva se funda de hecho en la fuerza, y al pretender para ella un fundamento racional se recurre forzosamente al sofisma, a la moral desacreditada, al convencionalismo, a la mentira.

La protesta es elemento de progreso: bien definida y científicamente determinada, pasa, de esperanza, a corolario infalible.

El ideal que racionalmente complementa esa protesta, por inadaptable que parezca al medio social, no es una utopía, es un positivo artificio de la realidad contra él ni el mismo método científico-experimental tiene poder destructor, porque la inducción racional es tan demostrativa como la misma experiencia. Lo mismo abona el criterio de verdad una hipótesis o una ley lógicamente deducida de una serie de hechos, que un conocimiento adquirido por la observación y una larga práctica.

La defensa coercitiva es elemento antiprogresivo y regresivo: por fuerte que aparezca y por cruel que se presente significa en ultimo término la debilidad, el triunfo efímero del presente, la derrota y la humillación para lo futuro.

El objeto que se propone la defensa, a pesar de su posibilidad aparente y de los elementos con que cuente para su realización, es imposible en su totalidad, y como tal, en su parte no realizada, deja un punto débil, un principio de mortal descomposición.

Si ese dualismo fuera eterno tendrían razón los que tras la mayor serie de progresos imaginables niegan la felicidad humana, porque se empeñan, en su testarudez, en sostener que la desigualdad renacerá siempre después de toda liquidación igualitaria; pero lo cierto es que las antiguas desigualdades sociales no son ya infranqueables, como lo eran las razas, las castas y las extinguidas clases sociales; ni es indestructible la diferencia establecida entre el esclavo y el amo, el siervo y el señor, el obrero y el patrón, ni siquiera del paria y el brahman, el coolí y el nabab. Hoy, en la fábrica del hijo de un cualquiera, donde pueda trabajar como peón un jornalero de apellido ilustre, se pueden reunir grandes riquezas que den a su poseedor el título de rey del hierro o de la madera, y puede llegar a presidente de una república uno que recogió colillas en su infancia.

Vivimos en un período revolucionario. La desigualdad está pagando sus pasadas culpas. La plebe burguesd ocupa hoy el poder, no como entidad dominante, sino como desbandada de rebeldes que tira a sacar para sí el mejor partido posible. ¿Qué otra cosa es esa burguesía que hoy gobierna los Estados y las Iglesias? ¿Qué son todos los funcionarios civiles, eclesiásticos y militares de todo el mundo más que plebeyos disfrazados con togas, sotanas, uniformes, bandas, cruces y bisutería de relumbrón?

La plebe como colectividad, como aluvión nivelador vendrá después; está en marcha desde el origen de La Internacional, y cuando llegue, aleccionada por la historia, cuando futuros embaucadores hablen de parodiar la farsa del 4 de agosto, es posible que no encuentren cándidos que les crean, y no encontrándolos, se acabó la división de pobres y ricos.