El catolicismo y el problema social

(Renovación, 15/06/1911)

Cuando el rumor de las reivindicaciones proletarias, como presagio de inminente conmoción revolucionaria, fue aumentando hasta atemorizar a los privilegiados y a los que a la sombra del privilegio viven dedicados a su conservación y defensa, surgieron apasionadas discusiones entre los dos bandos que desde remotos tiempos constituyen el dualismo social. Con tal motivo se levantó la voz de León XIII poniendo el peso de su tradicional autoridad en la contienda para que todos, ricos y pobres, con espíritu de concordia, depusieran como una ofrenda sus reclamaciones, sus esperanzas, sus resistencias y aun sus excusas al pie de la cruz de Cristo.

Tengo por cierto, aunque no puedo asegurarlo, que nunca hasta entonces había producido la Iglesia Católica cosa de tanto seso en materia sociológica, y me parece que tardará en ser sobrepujada; a lo menos, según las señas, no lo sera en el actual Pontificado.

Decir que las enseñanzas papales fueron aceptadas por los privilegiados sería desconocer la intención que ocultaba el coro de alabanzas que a la encíclica Rerum novarum, denominada también la encíclica del socialismo, dedicó la burguesía universal: gobernantes, políticos de todos colores, la prensa, los economistas, todos cuantos chupan o aspiran a chupar de la ubre inmensa de la producción, alimentada con el sudor y con la sangre de los trabajadores asalariados, estrujados por la accesión, alabaron aquella sabiduría que aplicaba al mal social presente las doctrinas de amor y de caridad de una religión fracasada por veinte siglos de ineficacia, reservándose no hacer de ella caso alguno en la práctica, y considerándola como un nuevo recurso para aplacar las iras de los desheredados, atenuar o desviar su actividad y aplazar indefinidamente sus reivindicaciones revolucionarias.

Los trabajadores conscientes, los incapaces de abandonar su puesto en la lucha de clases, los que no proponen la economía —que es ciencia y justicia— a la política —que es falacia y ambición—los que conservaban el depósito sagrado de las enseñanzas y de las aspiraciones de La Internacional, aquellos que aun se sienten con energías para no supeditarse a las viles exigencias de una conveniencia egoísta y que habían levantado el vuelo de la inteligencia hasta dar impulso, y no sé si me atreva a atribuirles la creación de la sociología moderna, continuaron su obra, desoyendo las lamentaciones de los tradicionalistas, las argucias de los estacionarios y las persecuciones de los gobiernos y formando la verdadera, la indestructible avanzada del progreso.

Y no podía ser de otro modo: bien conocían propietarios y capitalistas; explotadores el texto evangélico que asegura que nada les sirve atesorar riquezas si pierden su alma, y que antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos; pero ellos a las riquezas se atenían y siguen ateniéndose, mucho más al ver que el Papa, a las intransigencias de Cristo, oponía los acomodamientos del fraile Tomás de Aquino, diciendo: “A nadie se manda socorrer a otros con lo que para sí necesita, ni siquiera dar a otros lo que para el debido decoro de su propia persona ha menester, pues nadie está obligado a vivir de un modo que a su estado no convenga”.

Por su parte, los trabajadores, a lo menos los que practican la solidaridad obrera y no rezan ni votan, hartos ya de consuelos caritativos y de esperanzas celestiales, lo mismo que de programas políticos, se oponían y siguen oponiéndose a que la riqueza social —natural o producida— sea detentada y exclusivamente disfrutada por un corto número de holgazanes desvergonzados y, por tanto, el documento papal les dejó indiferentes.

Han pasado algunos años, y si cierto y reconocido era que únicamente por causas y afectos naturales y humanos se desarrolla y evoluciona la humanidad, reconocido y comprobado ha quedado una vez más durante el tiempo transcurrido; y la intervención pontificia, más que una guía y una dirección nueva, como pretendía ser, resultó una manifestación de impotencia; porque lo positivo es que la burguesía en general no ha pensado ni pensará nunca en crear tesoros en el cielo, “donde, según el evangelista Mateo, ni polilla ni orín corrompe, ni ladrones minan ni hurtan”; ni los trabajadores, salvo los despreciables y excepcionales grupos de amarillos, han entrado en esos gremios, círculos y patronatos obreros que León XIII recomendaba, y en vez de aquella paz social fundada sobre la dominación y la humillante conformidad, utopía infeliz e irrealizable, porque no puede haber paz donde la injusticia impere, —han progresado los truts a la americana, poderosas sociedades de explotación capitalista, que han hecho su aparición en la Europa católica y en la protestante también, y correlativamente se ha avivado la energía de esa infeliz clase obrera que tanto sufre y padece.

Está visto: lo que León XIII llamaba la economía cristiana, podía dar más de sí; lo impide una grave contradicción doctrinal. Veámosla:

Siempre tendréis pobres con vosotros”. (Mateo, XXVI, 11.)

Siempre, es decir, hoy, mañana, hasta la consumación de los siglos.

Pobre, o sea el que carece de lo necesario, el que no puede vivir en la plenitud de su ser; porque lo necesario no es lo superfluo, ni lo accidental, ni lo condicional, sino lo imprescindible.

Y esa pobreza se debe a la suprema injusticia de que siempre también habrá ricos, o quien tenga de sobra hasta derrochar inconsideradamente lo que los pobres necesitan.

Donde estuviere vuestro tesoro allí estará vuestro corazón”. (Mateo, VI, 21).

Así juzga el Evangelio el corazón humano, y en vez de reconocer la necesidad de resolver en una armonía mundial el antagonismo de los intereses, declaró el Papa, como si fuera un Leroy-Beaulien cualquiera, que “en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos, lo cual es claramente conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad, porque necesita para su gobierno la vida común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar esos oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de fortuna de cada uno”.

Después de esas dos citas que quedan subrayadas, expresión de la sabiduría pontificia, los preceptos evangélicos de amor y caridad resultan deficientes: pues eso, por no extremar la calificación, es el cristianismo y el catolicismo ante el problema social, deficiente, y sabido es que lo deficiente, lo que no llega, no sirve, es inútil.

Una cosa hay absolutamente necesaria: la ciencia; otra, la complementa y es perfectamente suficiente: la revolución.

Asocienselos trabajadores, estudien y obren, y así alcanzarán, la gloria de su emancipación.