Táctica revolucionaria

(Renovación, 30/06/1911)

Puesto que se habla constantemente de lucha por la vida, y en la sociedad existen dos grandes entidades antagónicas, ricos y pobres, en guerra constante, unos por la conservación y aumento de sus ventajas, otros en defensa de las esquilmadas condiciones de vida que se les deja, bueno será hablar algo de estrategia. Perdóneseme por una vez esta incursión al terreno militar.

Por regla general los luchadores, cada bando por sí, procuran escoger el terreno de la lucha, y sabido es que el que le tiene favorable, frente al que ha debido aceptar forzosamente el que le es contrario, cuenta de antemano con una gran probabilidad de triunfo.

La burguesía, actual monopolizadora del patrimonio universal, se halla parapetada tras la autoridad, posee la riqueza natural y la que producimos los trabajadores, que nos arranca por el llamado derecho de accesión, y cuenta además con la fuerza pública, formada con la juventud proletaria regimentada, armada y adiestrada.

El proletariado, esclavizado siempre y todavía desheredado del patrimonio universal, agobiado por todas las cargas sociales, sistemáticamente reducido a la ignorancia y a la miseria, se halla en campo abierto, indefenso y desarmado, y sólo cuenta con la idea de su emancipación, que ha de extenderse todavía a muchas inteligencias y con la mancomunidad o solidaridad en estado embrionario que planteó La Internacional y que ha prosperado poco a causa de los ataques autoritarios que ha sufrido y de las astutas insidias con que le ha desbaratado o debilitado el radicalismo político.

Tal es la situación de los dos bandos combatientes.

En tan desiguales condiciones, la burguesía imperante presenta batalla al proletariado en el terreno parlamentario. Muchos trabajadores socialistas y republicanos —desviados por el socialismo, que promete la ilusoria conquista de los poderes públicos, o por el radicalismo republicano, que promete reformas ineficaces porque deja intacta la cadena de la accesión— la aceptan, esperando cándidamente lograr la formación de aquella legión de diputados obreros y burgueses radicales que por el voto de la mitad más uno de los votantes acuerde la emancipación social de los trabajadores, la imponga al poder ejecutivo y se vea publicada en la Gaceta, objetivo final del radicalismo español, recientemente dogmatizado por Lerroux como límite que separa el ideal práctico del utópico.

Esa manera plácida y legal de la conquista del poder, que suele proclamarse en los días de buena luna, es diametralmente opuesta a aquella otra violenta, revolucionaria e impuesta como triunfo de masas rebeldes dirigidas por audaces caudillos, que se predica en los días de luna roja; pero en política rige la lógica del absurdo y no ha de hacerse caso de tales contradicciones. Lo cierto es que tan enfrascados se hallan socialistas y republicanos en el parlamentarismo, que con él cuentan para su Estado ultrarrevolucionario.

Sería curiosa una estadística electoral por naciones democráticas, clasificadas por las distintas aspiraciones reformistas que inspiraron a los electores, por la lealtad o la traición de los elegidos y por resultados obtenidos, formada desde la Independencia americana y la Revolución francesa hasta el presente; con ella se mediría con exactitud la cándida ignorancia de los que sufren y la astuta picardía de los que triunfan; pero ya que no esa estadística, tenemos estas sencillas consideraciones lógicas: el poder, en su significación de autoridad, es esencialmente estacionario, con tendencia regresiva casi siempre, nunca progresiva; fundado teóricamente —no más que teóricamente, porque jamás perdió su esencialidad tiránica y arbitraria— en los tiempos modernos sobre el voto popular, resulta ese voto el abandono inconsciente de aquel derecho inmanente, ilegislable, anterior y superior a toda ley de que antes nos hablaban los demócratas y que hoy reniegan los que poseen y los que se proponen adquirir, cualquiera que sea su denominación política, pasados de hecho al campo de los ricos, desde donde dirigen las huestes de los pobres que se dejan dirigir.

Gracias a que en la brega del vivir, por inspiración del pensamiento y del sentimiento humanos y no por espíritu de clase, surgió La Internacional, que unió en línea de conducta y en aspiración ideal a todos los trabajadores del mundo, proclamando que la emancipación de los trabajadores es el fin a que ha de subordinarse todo movimiento político, y que esa emancipación ha de ser obra de los mismos trabajadores, y una idea, todo el mundo lo sabe, es una luz inextinguible que alumbra la inteligencia a pesar de todos los apagaluces; sirva de demostración y prueba la gran agitación obrera actual en la América republicana burguesa de ambos hemisferios, y la no menos grande de Europa, entre la que descuella hoy Francia con su lucha entre la Confederación General del Trabajo y el Gobierno radical que preside Briand.

De lo expuesto se deduce que los privilegiados cuentan, para la conservación de sus privilegios y el goce tranquilo del monopolio de la riqueza social, con la fuerza que del proletariado extraen y con la debilidad que con sus desviaciones le causan, y que lo que han de proponerse los trabajadores es el estudio en sus propios centros de la sociología, la unión con sus compañeros exenta de toda jefatura y marcha resuelta y franca hacia la supresión del asalariado por la abolición del derecho de accesión.