Datos sociológicos

(Renovación, 15/07/1911)

Tras muchos siglos de existencia, la humanidad, que siente y comprende la justicia, vive en manifiesta injusticia.

Se ha dado multitud de dioses; ha constituido Sociedades y Estados; ha formulado conceptos de justicia legal que constan en numerosos cuerpos de derecho, unos derogados y otros vigentes; ha acatado toda clase de mandarines, sacerdotes, gobernantes, jueces y verdugos; cuenta en su historia pueblos que prosperaron, culminaron, decayeron y al fin se derrumbaron; en la actualidad hay naciones que avanzan y otras que degeneran... ¡y la injusticia persiste, quedando la justicia como aspiración ideal!

Para que el lector ejercite su inteligencia resolviendo por sí mismo problemas tan interesantes, ahí van ideas sueltas, datos aislados e incoherentes, para que, sin adaptarse juicios ajenos, los formule propios y pueda sustentarlos con pasión, convicción y sin fanatismo sectario.

I.— La sociología es una ciencia esencialmente revolucionaria, y si tiene sobre sí el veto del privilegio y la rémora de la rutina, se ve favorecida por los que en el mundo representan la flor del pensamiento y del sacrificio.

II.— En vista de que la estabilidad de lo positivamente inestable y desequilibrado en la sociedad se establece y se sostiene en falso equilibrio por la imposición autoritaria, que pesa sobre la ignorancia y la miseria de los desheredados para que los privilegiados floten a sus anchas en la altura, es preciso pensar y determinar la voluntad a la revolución, considerada como evolución contenida por un dique que ha de romperse para que siga su curso natural la evolución progresiva, desoyendo y despreciando al que invoque la evolución como término dilatorio para prolongar una iniquidad y para que una verdad y una justicia tarden en ser reconocidas y practicadas.

III.— En el régimen de antagonismo de intereses en que vivimos, todas las necesidades y todos los deseos se satisfacen con dinero; el que no lo tiene está constantemente en peligro mortal, y cuando menos anticipa y apresura su muerte por deficiencia de condiciones vitales.

Esta triste verdad acerca de nuestro estado social, que aprendemos todos en la infancia aun antes del período en que se manifiesta la razón, obliga a todos y a cada uno al egoísmo, e induce a dedicar la actividad a ganar dinero en un oficio, en un empleo, en una carrera, en un negocio, en un fraude, en un crimen...

Es incalculable la bondad enérgica y humanitaria que se pierde porque el individuo, en vez de concertarse con todos los individuos para el bien común, trabaja exclusivamente para sí en perjuicio de todos.

IV.— Acúsase a la ignorancia y a la indolencia popular de los males nacionales y aun internacionales.

¿Quién tiene la culpa de esa ignorancia y de esa indolencia?

Es cierto que en la ignorancia y en la indolencia radica la culpa de todo, porque el ignorante es indolente o no siente determinada su voluntad en sentido recto, necesario y justo.

Pero de esa ignorancia participan las clases privilegiadas, y si no se les puede acusar de indolencia a la manera popular, tienen en cambio una actividad perniciosa, antiprogresiva.

Pues la culpa de la ignorancia y de la indolencia que lamentamos no es exclusivamente popular, sino general; no es plebeya, ni patricia, ni aristocrática, es humana.

Desde los primeros tiempos que recuerda la historia, probablemente como consecuencia de los tiempos de la prehistoria, surgió la desigualdad; ella es la culpable. Pero esa culpabilidad abstracta toma forma concreta y tangible y cae como tremenda responsabilidad sobre los que en todos los tiempos y en todos los países usurparon y usurpan el patrimonio social.

¡No hay rico inocente!

V.— Desapareció la esclavitud; desapareció la servidumbre. Ya no se compran ni venden hombres; ya no se les sujeta al terruño; pero se les alquila por el salario.

¿No está probado que todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos, y que el objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre? Pues el salario, tanto como una injusticia, es una incongruencia; es como si utilizáramos las antiguas torres de señales después de poseer el telégrafo, el teléfono y el marconígrafo.

VI.— Las verdades sociológico-revolucionarias que se manifiestan con toda evidencia y abren vía al progreso han de sostenerse con firmeza, con exigencia y hasta con intransigencia por cuantos tengan conciencia de que la humanidad es una por la mancomunidad que la rige y por el altruismo que la embellece, a pesar de todas las conveniencias del egoísmo, y son y ha de hacerse que sean tan imperativamente prácticas como lo son los descubrimientos científicos.

VII.— Pierde tiempo el proletariado quejándose de la injusticia que le abruma. Repróchese la debilidad que le impide hacerse justicia y no lloriquee más.

Con los lamentos sólo conseguirá cuando más una limosna a cambio de gratitud hacia el usurpador que le priva de su debida participación en la riqueza social; rechazando la debilidad para emplear la energía puede establecer para sí y para todos la igualdad social.

VIII.— En sociología, paliar el mal, aunque sea con recursos laudables al parecer, como los inspirados por el misticismo caritativo o por el altruismo filantrópico, es perpetuarle.

Considerándonos en comunidad y en reciprocidad de derechos y deberes con nuestros semejantes, no podemos sentirnos libres de responsabilidad en sus privaciones y sufrimientos porque hayamos socorrido con el óbolo de la caridad al indigente o al enfermo.

IX.— No basta una palabra filosófica; se necesita una garantía socialmente positiva.

La Iglesia ha dicho que los ricos son administradores de los pobres; pero antes que la Iglesia hablara había dicho el Evangelio: donde está tu tesoro está tu corazón, y pone el ejemplo del joven rico que prefiere condenarse a dar su parte a los pobres.