El reino de la abundancia

(Renovación, 30/07/1911)

En la actualidad se hallan los continentes cruzados en todas direcciones por inmensa red de ferrocarriles, y los mares surcados por miles de rápidos buques, que transportan de cerca y de lejos viajeros y mercancías.

Esa facilidad de relaciones y de cambio, que concierta pensamientos y satisface necesidades, es reciente: Napoleón consideró como novedad sin trascendencia el primer barco de vapor que atravesó el canal de la Mancha; el 26 de agosto de 1836 se inauguró el primer ferrocarril de Francia entre París y Saint Germain.

Ese grandioso movimiento, de cuya iniciación pueden existir todavía, aunque escasos, testigos presenciales, está de tal modo compenetrado con nuestro modo de ser social, que al ignorante y al indiferente les parece antiquísimo.

Existe en el mundo civilizado una fuerza activa que excede de 200 millones de caballos de vapor; y teniendo en cuenta que cada fuerza-caballo técnico representa tres caballos, y cada caballo equivale a la fuerza de siete hombres, prescindiendo de la valoración de otros y poderosos medios de producción mecánica, antiguos y modernos, como el aire, las corrientes fluviales, las mareas, la electricidad, etcétera, etc., para unos 1.500 o 1.600 millones de habitantes de que consta cada generación, disponemos de más de 4.000 millones de fuerzas humanas.

Para conocer y domar de tal manera las fuerzas naturales, la humanidad ha observado, ha estudiado, ha trabado mucho. Por el trabajo, que es observación, método, generalización serial, aplicación práctica y transformación aplicable a la realización de deseos y a la satisfacción de necesidades individuales y colectivas, tenemos hoy terrenos habitables donde había enmarañados bosques, pantanos cenagosos y climas insanos; tierras antes estériles, nos suministran ricas y abundantes mieses; rocas abruptas que contenían guaridas de fieras, sostienen en la actualidad terraplenes donde se cultiva la vid y el olivo; plantas antes silvestres, de fruto áspero y raíces no comestibles, transformadas por injertos y reiterados cultivos, se han convertido en hortalizas o árboles frutales útiles y agradables; los ríos son navegables; las costas, conocidas y accesibles; los tesoros minerales, desentrañados, y donde quiera que se entrecruzan las vías de distribución y de correspondencia brotan y crecen ciudades, en cuyo recinto se acumulan las riquezas de la industria, de las artes y de las ciencias.

Más aún: un campo que se rotura es una riqueza presente y futura, un campesino que planta un árbol crea frutos para sus nietos; una idea, un descubrimiento científico, un invento industrial o una creación artística, ocurridos en Barcelona, en España, en cualquier parte del mundo, cerca o lejos, gran centro de población u olvidado caserío rural, son producciones que cunden y circulan con rapidez por todo el mundo y quedan indefinidamente para satisfacción de necesidades materiales y morales de las generaciones venideras, siendo a la vez origen de nuevas y multiplicadas producciones; el alfabeto, la numeración, la imprenta, el telégrafo, el fonógrafo, el aeroplano, el dirigible, el camino, el puente, el ferrocarril, el canal, el puerto, el barco, la casa, los muebles, el libro, el cuadro, el museo, la academia, la universidad, la fábrica y muchos etcéteras que pueden añadirse, representan resúmenes de conocimientos y trabajos legados por generaciones anteriores, sacrificios impuestos en vista de necesidades presentes y una riqueza de saber y de poder legada por la generación viviente a sus sucesoras.

Se ha llegado a tal fuerza productora, que mientras el antiguo cazador de los tiempos prehistóricos necesitaba un espacio enorme para encontrar el alimento para sí y para los suyos, el civilizado, con fatiga infinitamente menor y en un territorio relativamente pequeñísimo, produce lo necesario para sí y para su familia y un excedente para el cambio.

En el suelo virgen de las praderas de América, dice Kropotkine, cien hombres, con la ayuda de poderosas máquinas, cultivan en pocos meses el trigo necesario para que puedan vivir un año diez mil personas. Con las máquinas modernas, cien hombres fabrican en poco tiempo telas con que vestir a diez mil hombres durante dos años. En las minas de carbón bien organizadas, cien hombres extraen cada año combustible para que se calienten diez mil familias en un clima riguroso. En la agricultura, en la industria, en la ciencia, en el conjunto de nuestra organización social y sin más que con el cuidado y vigilancia de los siervos de hierro y de acero que ha creado el ingenio humano, la humanidad entera podría llevar ya una existencia de paz, de bienestar, de felicidad.

Innecesario detallarlo: entre el debe y el haber de la humanidad hay un riquísimo superávit. Según cálculos estadísticos positivos, se ha demostrado que con lo que se produce, a pesar de lo irregular y antieconómico de la producción bajo el régimen del privilegio, dado el número de los habitantes del mundo, correspondería a cada uno tres raciones alimenticias y cinco raciones industriales.

Los hechos hablan: con lo que se produce, a pesar de cómo se produce, la humanidad actual podría sostener dos humanidades más.

Respetando el neo-maltusianismo, con el cual no me meto aunque le considero discutible, digo que el antiguo maltusianismo, que ya no existe más que en la mollera de unos cuantos burgueses triunfantes, no por más fuertes ni más inteligentes, sino por ruda testarudez o por hallarse ciegamente favorecidos por la casualidad —o por el negocio— está negado por los hechos más que por las teorías.

Hoy el hombre rico que niegue a un hombre pobre, a su hermano en la humanidad, su derecho al cubierto en el banquete de la vida, comete un fratricidio.

La religión, que predica la caridad como atemperante a la injusticia social, aunque predicada al mundo desde el púlpito y aun desde el trono de la infalibilidad, queda reducida al triste menester de excusa del privilegio.

La frase de Santo Tomás de Aquino: “los ricos no son ricos sino administradores de los pobres”, lo mismo que la profecía evangélica: “siempre habrá pobres en el mundo”, quedan desmentidas por la actividad humana, por la sociología y por la evolución progresiva. El que lo niegue, si funda su negativa en sus creencias religiosas, blasfema contra la misma justicia divina que acata y adora, contra la idea de absoluta justicia; si se funda en teorías de determinada escuela economista, se equivoca.

Los estadistas y legisladores que conservan el bárbaro espíritu de la ley de las Doce Tablas, que cuenta veintitantos siglos de legalización de la iniquidad, e incurriendo en contradicción flagrante, escriben en las constituciones democráticas de los Estados modernos derechos populares que se hallan en pugna con los Códigos civiles y que luego castigan los Códigos penales, cometen legalmente, además de un absurdo, un crimen; pero crimen de extensión y alcance incalculable, por el número inmenso de víctimas que produce.

El proletariado acusa a la actual civilización.

Si hoy existen parias que ante el progreso de las ciencias quedan analfabetos; que ante los progresos de la agricultura, de la industria y de la facilidad de cambios y transportes no tienen pan ni albergue; que ante el fausto y la insultante alegría de los que gozan han de sentirse poseídos de envidia, de odio y de rabia dando frutos fatalmente legítimos de tan deprimentes pasiones, ¡quién puede tirarles la primera piedra! No serán ciertamente los capitalistas que constituyen aquellas compañías marítimas, carrilanas o mineras sobre cuya conciencia, por afán de lucro, pesan naufragios, descarrilamientos o explosiones de grisú, sin que legalmente pueda exigírseles responsabilidad; no serán tampoco aquellos propietarios, industriales y comerciantes que despojan al productor del fruto de su trabajo, cargándole además, como inquilino y como consumidor, con las enormes exacciones con que se paga el tributo y con que se forma la renta; ni menos aquellos gobernantes que, sobre tener a su cargo el estancamiento social, sostienen la paz armada y pueden declarar guerras que cuestan miles de vidas y ruinas y desastres incalculables; ni mucho menos aquellos políticos que con falsos programas embaucan electores a quienes encubren y dificultan cuanto pueden el progreso de la ciencia evolucionaría y revolucionaria.

Todo filósofo, todo científico, todo artista que no busque preferentemente la verdad, la bondad y la belleza en sus relaciones con la equidad como base fundamental de la sociedad humana, son servidores de la mentira, de la maldad y de la fealdad; son Judas que entregan la víctima desheredada por los treinta dineros que les paga el Sanhedrín de la usurpación propietario-capitalista.