El ideal de un sabio

(Renovación, 15/08/1911)

El proletariado español es un elemento con que ha de contarse para la reorganización científico-revolucionaria de la sociedad.

Si la España burguesa ha merecido que un santón burgués, el difunto Salisbury, la calificara de nación moribunda, la España proletaria, por el contrario, ha dado buenas pruebas de vitalidad desde que en 1870 declaró su adhesión a la Asociación Internacional de los trabajadores en el Congreso de Barcelona. Sin contar que antes de la existencia de aquella asociación hubo organización obrera en Cataluña y movimientos revolucionarios con tendencia a la emancipación obrera en Cataluña y Andalucía.

Se ha de considerar además que el idioma español, por vicisitudes humanas que consigna la historia, es uno de los que más se hablan en el mundo; y que los trabajadores españoles han esparcido el ideal emancipador por la prensa, por la tribuna y por la emigración a todos los países que constituían aquel imperio en cuyos dominios no se ponía el sol.

El juicio burgués sobre la vitalidad de las naciones se funda en sofismas que el juicio proletario-cosmopolita evidencia más cada día, y si España decae por pobre y por indefensa, Inglaterra, y con ella las grandes potencias, se arruinan por dedicar sumas imposibles a la defensa de los privilegios de sus explotadores y usurpadores.

Como España, o como Inglaterra, todas la naciones se deslizan por la vía de la decadencia, en la que inevitablemente todas tropezarán con la revolución, no siendo las de más pobre apariencia las que se hallan en más inminente peligro, porque éstas, habituadas a la pobreza, soportan sus privaciones; no así las que viven en grande y necesitan enormes dispendios para fingir riqueza y producir ficticios esplendores.

Grande es la tarea que incumbe al proletariado, y dificultada se halla por dos clases de enemigos: los francos defensores de los ricos y los falsos amigos de los pobres; pero de todos va triunfando, no tanto por acierto de táctica como por resultado natural de la evolución progresiva.

Los trabajadores conscientes españoles ocupan su puesto en la lucha; y, en confirmación de sus optimismos idealistas, he aquí una perla del juicio de un sabio aragonés. Santiago Ramón y Cajal, quien como baturro que entona la jota bajo la ventana de su novia, canta ese hermoso himno a la humanidad:

Tiempos vendrán en que la ciencia ilumine las conciencias y eleve los corazones. Y entonces, cuando, desterrado el culto fetichista del capital, el hombre haya sido incorporado a las leyes de la evolución: cuando, escudriñadas y explotadas las fuerzas naturales, el Cosmos trabaja por nosotros, poniendo en acción infinitas máquinas y fabricando mercancías a precios irrisorios; cuando descubierto el secreto de las síntesis químicas, el ingeniero del porvenir elabore sin el concurro de la tierra, la fécula, el gluten, la albúmina, el azúcar y la grasa; cuando el ocio bien ganado permita la universalización de la ciencia y del arte, y todos puedan saborear las inefables armonías y bellezas que palpitan en el fondo de la Naturaleza; cuando, en fin, redimidos por la solidaridad y el amor, todos nos sintamos ondas de una misma corriente vital, células hermanas de un mismo cuerpo... ¿Qué significado tendrán las palabras rico y pobre, señor y esclavo, feliz y desdichado? ¿Qué importará entonces que el amor multiplique sobre manera la especie ni que el cielo adusto y tierra ingrata nos regateen sus dones? Ahí estará, enérgico y avisor, para reaccionar contra toda suerte de accidentes cósmicos, el cerebro humano, sublimado por la fiel acomodación al mecanismo del mundo, ofreciéndonos generoso nuevas y salvadoras invenciones. Nuestro será el tesoro de la inextinguible hoguera solar, que la ciencia, emancipada quizás de nuestra antigua y fatigada nutriz, la tierra sabrá modelar y cuajar en rutilantes frutos y doradas espigas. ¿Quién teme el agotamiento de la fuerza solar, del movimiento del viento y de los mares, de las cataratas, de las cordilleras, de la soberana potencia del pensamiento?

Soberbio y alentador ideal, que acaso un día se convierta en viva y palpitante realidad.

Creamos en él para que tenga lugar su advenimiento; porque en este mundo sólo es realizable lo enérgicamente creído y esperado”.

Ahí queda esa belleza científico-poética, expresada con la misma elevación con que Cervantes concibió y describió la edad de oro.

Deténgase ante ella la rudeza de la pancista burguesía, y sirva de excitación a los obreros indiferentes por atavismo servil, a la vez que de ánimo y consuelo a los buenos luchadores, a los que diseminados por todo el mundo se saludan recíprocamente diciendo como en mi tierra —¡Buenos días!— y llevan en su corazón y en su cabeza partículas del pensamiento de José Fanelli, recopilado en el Manifiesto de los internacionales de Madrid, de 24 de diciembre de 1868, escrito por Tomás González Morago y en el que tuve el honor de poner mi firma.