Sofisma burgués

(Renovación, 15/09/1911)

Se ha pretendido someter la ciencia a una interpretación, constituir una ortodoxia científica y rechazar como heterodoxos y heréticos todos los pensamientos discordantes de la definición oficial. Siguiendo las huellas de la intransigencia religiosa, y para que no falte la similitud entre la fe científica y la fe mística, se ha forjado una especie de Santo Oficio moderno que castiga a los incrédulos pobres. Esa nueva inquisición no entrega ya sus víctimas al brazo secular, porque es ese mismo brazo secular el encargado de juzgar y ejecutar; pero castiga no menos cruelmente que la antigua a los pobres reos de libre examen, a los culpables de libre manifestación del pensamiento libertador, que viven tiranizados en las más bajas capas sociales, y si no hemos vuelto a los tiempos en que se perseguía la fatal manía de pensar, vivimos en otros en que se dictan leyes excepcionales para perseguir el pensamiento de los oprimidos y castigar actos ilícitos, no sólo según las más elementales nociones del inmanente derecho humano, sino según las mismas leyes fundamentales de los Estados. Leyes scélérates se denominan en la república francesa las que, a semejanza de las dictadas en otras repúblicas y en las monarquías, sirven de amparo y defensa al privilegio y se oponen al avance progresivo de la idea libertadora de todos los oprimidos.

Sostiene hoy la clase directora como artículo de fe, con sanción penal en sus leyes scélérates, que los que en la sociedad disfrutan del poder, de la riqueza y de la ciencia son los individuos preponderantes por más fuertes y mejor dotados, y, por consecuencia, los pobres, los desheredados, los trabajadores son seres inferiores, irredentos e irredimibles, que han de aceptar su suerte.

Cuando la burguesía se determine a escribir su catecismo para uso de la escuela laica, que los burgueses demócratas quieren confundir con la escuela racionalista, pondrán al frente de su primer capítulo: “La naturaleza ha llegado al perfeccionamiento relativo de las especies por la eliminación sucesiva de los individuos mal conformados. Esta eliminación se efectúa por medio de la lucha por la existencia, en la cual los seres mal dotados son vencidos y suprimidos por los más fuertes y más inteligentes”.

Ante todo, niego valor científico a la palabra lucha empleada en ese futuro artículo de fe que corre hoy como dogma burgués; porque lucha, en su sentido recto, que es como ha de tomarse toda palabra para que tenga valor científico y no dé lugar a interpretaciones y dudas, significa conflicto pasional entre dos inteligencias y dos voluntades, que se resuelve por la fuerza y en que puede aceptarse una solución pacífica o resultar un vencedor y un vencido, y ser precedida y seguida de un estado normal de paz y tranquilidad.

Dudo que la frase lucha por la existencia traduzca bien el pensamiento de Darwin; porque lo experimental, lo cierto, lo racional, lo verdaderamente científico es que todo lo que vive conserva su existencia acomodando su manera de ser al medio en que se halla, o buscando un medio más favorable, adaptándose lo que le favorece y puede alcanzar, y rechazando, si puede, lo que le perjudica; pero eso no es luchar. Luchan, y luchan a muerte, y bueno es que luchen, dos seres o dos colectividades entre sí impulsadas por el deseo o por la necesidad de obtener una cosa única: una hembra, una comida, una distinción, una ventaja, una hegemonía; no luchan las cosas y los seres por las adaptaciones y combinaciones de lo inconsciente, de lo desapasionado, de lo involuntario, de lo incapaz de luchar que necesitan, y encuentran, fácil o difícil de alcanzar, logren o no alcanzarlo.

Los seres vivientes viven. y no luchan esencialmente por y para vivir, sino que luchan excepcionalmente cuando otro ser, rival o concurrente, le disputa algo que considera necesario a mi existencia.

Entre el individuo, persona o colectividad, siempre exigentes, y el medio ambiente, demarcación geográfica, o conjunto nacional consuetudinario y jurídico, siempre resistente, existe constante e ininterrumpible una acción y una reacción, efectuando una especie de vaivén determinado por unas oscilaciones semejantes a las de un péndulo que recibiera impulso contradictorio y diametralmente opuesto. La ley de ese movimiento constituye el progreso: su detalle forma la historia; su conocimiento anticipa el ideal.

La lucha por la existencia es una frase vacía de sentido, es una frase fantasma encubridora de una gran injusticia, opuesta al progreso, y, por tanto, opuesta a la libertad individual y a la igualdad social.

Invocar en nombre de la ciencia la lucha por la existencia, es como profetizar en nombre de la divinidad que siempre ha de haber pobres en el mundo; frases ambas que constituyen, más que dos errores, dos grandes crímenes de lesa humanidad.

No culpo a Darwin ni a los sabios que de buena fe le siguen. Sé que la burguesía ha truncado con miras egoístas de clase el pensamiento de aquel gran hombre, como ha demostrado Kropotkine con Entr'aide (Ayuda mutua), y como la entiende el Proletariado con la Asociación Internacional de los Trabajadores y con sus Confederaciones generales del Trabajo, obra del sindicalismo moderno, expresión nueva de la gran solidaridad obrera internacional.

Suele decirse a los trabajadores, por escritores burgueses y aun yo recuerdo haberlo leído por algún escritor obrero procedente del socialismo parlamentario, “que ninguna clase social debe intentar una revolución mientras no sea la clase más fuerte”; y no ya por su ideal, sino por su superior inteligencia, por su mayor moralidad, y esto no de un modo relativo, sino absoluto.

Y considero que el obrero que tal crea se pierde para siempre para el compañerismo, para la acción común, para el progreso, porque esa afirmación es contraria al espíritu de la historia, en que resplandece el valor moral y material de las minorías como activísimos agentes progresivos.

La Enciclopedia, gran obra intelectual precursora y en gran parte causante principal de la Revolución francesa, la escribieron unos cuantos sabios y no sólo no brillaba entonces la burguesía en general por su superior inteligencia, sino que hoy, transcurrido más de un siglo, abundan los ignorantes adinerados.

El proletariado actual no asiste a la universidad, ni casi a la escuela; pero sabe que es explotado, que se le alambica la vida por medio del jornal, que la accesión es la línea divisoria que rompe la unidad humana para sostener la división de pobres y ricos, y como quiere su parte en el patrimonio universal, pasa de largo ante consejos impertinentes y tira a romper el falso equilibrio de la actual sociedad.

No diré que eso baste para el logro de su propósito; pero tan lejos estoy de creer en la superioridad intelectual y moral de la burguesía, que aseguro que lo que falte de sabiduría a los obreros lo completarán con su torpeza los burgueses.

Los actuales usurpadores y usufructuarios del poder y de la riqueza no son, pues, los más inteligentes ni los mejor dotados por la naturaleza, sino los favorecidos por la trampa del privilegio. Si en la sociedad los seres bien dotados prevalecieran y suprimiesen a los inferiores, tendríamos una sola categoría de poderosos, ricos y sabios, y el paria no hubiera podido transformarse en esclavo, siervo ni proletario, escala progresiva por la que los seres tenidos por inferiores o débiles han llegado hoy a la vida de la democracia y alcanzarán mañana la acracia. La historia, al consignar el progreso social, que consiste principalmente en la supresión de las diferencias de clase, evidencia con perfecta claridad la afirmación contraria: el señor absoluto de vidas y haciendas que se creía tan poderoso como un dios, cuya voluntad subyugaba todas las voluntades, cuyo capricho era la única ley, fue sucesivamente compartiendo su poder con diferentes categorías sociales que ante él se levantaban, llegando en el día a convertirse en una vana sombra de majestad protectora de la burguesía dominante, que pacta con las poderosas fuerzas democráticas, en tanto que llega el último término de la evolución social con el establecimiento de la acracia, que eleve el nivel común de las condiciones sociales al punto final de la aspiración de justicia.

Para que los supuestos vencedores en la supuesta lucha por la existencia tuvieran razón, esa lucha hubiera durado un plazo más o menos largo, pero hubiera terminado por la supresión de los débiles y los inferiores; los fuertes y los superiores hubieran quedado solos, y como en su soberbia ninguno hubiera querido someterse al duro trabajo, hubieran quedado como reyes sin vasallos, legisladores sin pueblo, generales sin soldados, pastores sin grey, sabios sin admiradores, artistas sin público; no habiendo cultivadores, productores, ni abastecedores de lo indispensable para la vida, en cuyas faenas se han ocupado siempre los inferiores, la vida hubiera terminado por un cataclismo más tremendo que el anunciado para el juicio final.

¡Oh, no, y mil veces no! Mientras veamos individuos que salen de los abismos de la miseria y de la ignorancia para alcanzar las posiciones más brillantes y gloriosas, y sea posible, por el contrario que los descendientes de la recién encumbrados o de los encumbrados de larga fecha, caigan en la abyección o el embrutecimiento; mientras veáis al proletariado de las grandes poblaciones agitarse, discutir, organizarse, celebrar congresos, dar conferencias, publicar periódicos, y constituir casi por sí solos la sociología, ciencia eminentemente revolucionaria, preparando la lucha final por la huelga general, y frente a ellos veáis a los restos de la aristocracia criar caballos, dedicarse a inútiles deportes, frecuentar el trato de horizontales y rufianes, y a los vástagos de aquellos burgueses que engordaron con la desamortización, o a los de los monopolizadores de la industria y el comercio, llevando todos a la vista los estigmas del vicio y de la degeneración, vistiendo con servil sujeción a las exigencias de la moda, bien podemos asegurar que el nuevo dogma social es falso, ridículamente falso.