La sociedad y el Estado

(Renovación, 30/09/1911)

La Sociedad se extiende a todo el mundo sin que la limiten las razas, las religiones, los idiomas ni las leyes nacionales.

El Estado, cada Estado, se halla circunscrito en sus fronteras, y se estira o se encoge por la conquista, por los matrimonios regios, por testamento de un autócrata y rara vez por anexión voluntaria.

La ciencia, el arte, la industria, el comercio, la imprenta y las comunicaciones, dan al hombre derecho de ciudadanía en todas las latitudes: el conocimiento, cualquiera que sea su procedencia local, fijado y extendido por la imprenta, adquiere adaptación y aplicación mundial; el arte enaltece el sentimiento con la concepción y expresión de la belleza sin limitación geográfica; el comercio transporta y cambia los productos naturales e industriales para satisfacción de las necesidades de todos los habitantes del globo; de modo que la existencia de la humanidad se manifiesta por la constitución, conservación y continuación indestructible de la Sociedad.

El Estado, por el contrario, limita y cohíbe al hombre con la autoridad y la ley, y divide y fracciona la humanidad con las fronteras. Con la autoridad y con la ley sostiene todos los privilegios; sistematiza la opresión y el vilipendio de los inferiores, y da apariencia de justicia a cuantos recursos egoístas adoptaron los usurpadores mandarines para continuar imperando.

La Sociedad, libre recipiente de todas las manifestaciones de inteligencia y de la actividad humanas, progresa por agregado constante de los productos del saber y del poder de los hombres, sin que por sí misma cree la menor dificultad ni oponga el menor obstáculo al incesante movimiento de avance progresivo.

El Estado impide la libre y natural expansión humana con su irracional e inhumana legislación de la propiedad, dando a unos la posesión de la tierra y con ella el monopolio de la riqueza social, y dejando a otros privados de medios de desarrollarse, de instruirse y de vivir como exigen las condiciones típicas de su ser.

En la sociedad halla y hallará más cada día el hombre su complemento; todo lo que hasta el momento presente se ha pensado, estudiado, observado, experimentado y descubierto, entregado al trabajo, a la producción y a la circulación estaría a la libre disposición de todo el mundo, constituyendo un patrimonio universal, si el Estado no hubiera dado forma de derecho a la expoliación practicada por los usurpadores privilegiados a quienes favorece y defiende.

De la diferencia existente entre la Sociedad y el Estado se origina el anarquismo, tomando la agrupación humana en lo que tiene de racional y positivo y desechando lo superpuesto como irracional y violento.

Y claro está: lo racional y positivo es la Sociedad: por ella el hombre primitivo extendió y multiplicó su poder con la experiencia tradicional y con las armas y las herramientas para la defensa, el ataque y el trabajo. Y lo superpuesto, irracional y violento es el Estado, que limita las facultades humanas con las fronteras, la autoridad, la ley, y su lógica consecuencia la tiranía, el privilegio y la pobreza desheredada y abyecta.

Los ácratas reconocen la sociedad como producto natural de la evolución y rechazan el Estado como rémora, como estorbo, como obstáculo. No tienen, pues, analogía ni concomitancia con los demócratas socialistas ni con los demócratas a secas, que pretenden influir en el progreso de la humanidad con reformas en el Estado de su país respectivo, como no la tiene la Medicina, por ejemplo, que es la experiencia y la ciencia de los siglos, con el curanderismo, que es la charlatanería de los vividores y la superstición de los ignorantes.

El ácrata afirma la vida, la libertad y la fraternidad de los hombres en toda la redondez de la tierra, como lo afirmaría el hombre equilibrado que con la sencillez de un Adán alcanzara la mentalidad del científico de nuestros días; y el político, sea socialista, republicano o monárquico, pide reformas de carácter progresivo, estacionario o regresivo a su Estado, descuidando, por malicia o por ignorancia, lo que afecta al bienestar y al perfeccionamiento de la Sociedad. La filosofía de los políticos reformistas, que desde su Estado quieren reformar la Sociedad, les hace pretender meter lo grande en lo pequeño y profesar el absurdo de la frase vulgar que “arroja la casa por la ventana”.

La confusión entre las ideas Sociedad y Estado es funestísima; por ella se han esterilizado las revoluciones, dejando subsistente, tras grandes trastornos revolucionarios, el concepto legal de la propiedad, que da al propietario capitalista el monopolio de los medios de producir y de la producción, y el de la accesión, que despoja al productor del fruto de su trabajo.

Por esa confusión hay trabajadores cándidos que votan, y candidatos cucos que se dejan elegir, y entre todos sostienen la farsa parlamentaria que prolonga la existencia del Estado desde que se anuló el supuesto derecho divino de los reyes y continúa prolongándose la rémora opuesta por el Estado a la Sociedad.

En resumen: la Sociología, ciencia de la Sociedad, inspira el criterio analítico y crítico de los ácratas, y sus demostraciones, conclusiones y aplicaciones de esa ciencia, que determinan racionalmente las relaciones de los hombres, tendrán extensión y vida inmortal a partir del triunfo de la Acracia.