El castillo maldito

(Renovación, 13/10/1911)

La hermosa, liberal y culta Barcelona soporta como una fea mancha, como la marca vil del esclavo, la sombra del cabillo maldito: no quiero escribir ni pronunciar su odioso nombre.

El panorama que presenta la ciudad y su llano, visto desde la cumbre del Tibidabo o desde la cubierta de un barco al acercarse a su puerto, es de aquellos que más agradablemente impresionan; recostada a la falda de las montañas que se extienden desde San Pedro Mártir a Moncada; encuadrada entre las risueñas riberas del Llobregat y del Besós; plácidamente extendida por una llanura inundada de esplendente luz matizada por los múltiples reflejos del Mediterráneo; sembrada toda su jurisdicción por un bosque de chimeneas que acreditan la extensión de sus iniciativas y su poder industrial; confundido su moderno ensanche con los antiguos suburbios, hasta el punto de no verse solución de continuidad entre el núcleo de su población, las fábricas, los almacenes, las bellísimas casas de recreo, sus jardines de vegetación exuberante y los depósitos, talleres y estaciones de los ferrocarriles que la ponen en comunicación con todo el continente; lleno su espacioso puerto de los numerosos barcos que, ostentando las banderas de todas las naciones, efectúan el cambio de los productos de su trabajo con los del mundo entero; todo en ella es bello, armónico, encantador... si no fuera por aquel maldito castillo que mutila el horizonte y parece puesto allí para recordar que durante el reinado de la autoridad y del privilegio, infame pareja que aun domina el mundo, no puede haber felicidad ni alegría completas, aunque para dar realidad a las aficiones místico-poéticas del Génesis se uniesen en dichosa conjunción la espontaneidad de la naturaleza y la virtud y la sabiduría de los hombres.

Tiene y ha tenido Barcelona, y lo acredita la Historia, vitalidad sobrada para dar un contingente de los más brillantes a las ciencias, a las artes y a la industria; pero ahí está para atrofiarla ese maldito castillo que, como sayón inquisitorial, tiene poder bastante para dominar las mayores energías, pareciendo como que repite sin cesar estas fatídicas palabras: “¡Cree, obedece y paga!”

Sucesor de la antigua ciudadela, cuyo solar, regado con sangre y lágrimas de liberales, es hoy nuestro hermoso parque, sirve de castillo maldito, como sirvió aquélla, de medio de gobierno, de recurso autoritario, de obstáculo al progreso y de sostén del privilegio; en sus lóbregos calabozos, con vergüenza de España y escándalo del mundo, han sufrido hambre, insomnio, apaleamiento, presión, achicharramiento y torsión honrados trabajadores acusados de supuestos crímenes, y en sus hediondos fosos cayeron acribilladas a balazos infelices víctimas que tenían indiscutible derecho a la vida.

¡Ah! ¿Cómo se exalta en pasión sublime de amor a la libertad y de odio a la tiranía el que en día nefasto fue llevado a habitar en aquel tenebroso antro, dejando tras de sí una familia angustiada y una reputación sin mancha, siendo encerrado en uno de aquellos calabozos donde a los horrores de la prisión se juntaban la repugnancia que inspiran las cosas militares! El que allí se despidió del compañero que iba a ser sometido al tormento; el que pasó muchos días presa del temor de ser atormentado a su vez y aun se oyó llamar por su nombre para mudar de calabozo por aquel capitán mala sombra encargado de entregar los infelices presos al pelotón de beneméritos que actuaban de sayones inquisidores; el que vio tomar forma tangible los recuerdos ya casi desvanecidos del conde de España y del general Zapatero, y, por último, el que vivió sujeto a los infinitos tormentos morales que constituyen el régimen normal de aquel infierno que necesita el genio de un Dante para ser apreciados en su conjunto y en la infinita variedad de sus detalles, ese, que en el fondo de su corazón ha erigido un altar a la libertad, sabe lo que vale y lo que es ser libre, y sólo anhela trasmitir ese sentimiento a todo el mundo.

¡Maldito castillo! Inútil para rechazar el ataque de un enemigo exterior, su misión se reduce a la miserable condición de prisión de Estado, para consumar el sacrificio de las víctimas que la razón de Estado, nuevo Moloch, exige para saciar su voracidad.

En sus murallas no ondeará jamás bandera que simbolice un triunfo popular ni una idea de justicia.

Si por uno de aquellos incidentes que ocurren en el curso de la evolución de las naciones, precursores, a veces, de las grandes revoluciones que forman verdadera etapa del progreso, surgiere un acto revolucionario actualmente en Cataluña, la bandera que simbolizase el nuevo estado de cosas, no honraría ni por un instante los pedruscos que en su contra levantó la tiranía: su primer acto sería la demolición.

De la bandera roja, símbolo de la emancipación del proletariado mundial, no hablemos; esa, en la cima de aquella montaña, sólo puede servir de digno complemento y bello adorno a un monumento que recuerde a las generaciones libres el sacrificio de las víctimas que dieron su sangre y su vida por la libertad.

¡Maldito castillo! Tus días están contados. La piqueta revolucionaria que derribó la ciudadela, tu sangrienta hermana, te amenaza.

Sólo te deseo que los que por tu culpa han llorado, disfruten de la inmensa dicha de verte convertido en ruinas.