Francisco Ferrer Guardia

(Renovación, 13/10/1911)

Me propongo condensar en el menor espacio posible la significación de Francisco Ferrer para honrar con ella estas páginas en el segundo aniversario del fin trágico de aquel noble precursor.

A ello me determinan el carácter progresivo de Renovación y, dados mis antecedentes, la parte que en ella me asignaron los buenos costarricenses que crearon esta revista.

Lo que Ferrer tuvo de común con todo el mundo, y de que muchos biógrafos se ocupan preferentemente aunque desconozcan lo principal y sustancial del biografiado, poco interesará a lectores ávidos de verdad y de originalidad. Por otra parte, los elogios producto del atavismo fetichista e idolátrico, contrario a las ideas de Ferrer, él mismo los prohibió en su testamento, y no había yo de contrariar su voluntad claramente manifestada. Prescindo, pues, de lo inútil y nocivo, y paso a exponer mi juicio y mis impresiones personales.

Conocí a Ferrer en París, a donde me llevó el extrañamiento de mi país, después de un año de prisión en Montjuich, en las Prisiones Militares y en la Cárcel de Barcelona, impuesto a casi todos cuantos injustamente fueron presos y no procesados con pretexto del tristemente célebre proceso del Castillo Maldito en 1896.

Allí me prestó su protección, facilitándome colocación para ganarme la vida con mi trabajo.

Vuelto a mi hogar, y hallándome un día trabajando en la imprenta de la Casa Provincial de Caridad de Barcelona, se me presentó Ferrer, y me citó para una entrevista aquella misma noche. Acudí a ella, y me habló del proyecto de una escuela racionalista que pensaba fundar, en oposición a la escuela religiosa predominante y aun a la escuela laica que patrocina la democracia, pidiéndome colaboración como traductor para la biblioteca que, como auxiliar y complemento de la escuela había de crear también.

Parecióme el proyecto demasiado grande y de ningún modo viable en el ambiente clerical y burgués de España, y así se lo manifesté, no decidiéndome, por tanto, a aceptar la proposición que me hacía, temiendo perder una colocación positiva y necesaria para el sustento de mi familia por otra ventajosa pero de dudosa seguridad, y así se lo manifesté francamente.

Me miró con aquella sonrisa benévola que iluminaba su simpático rostro; me habló de la necesidad de emancipar a la infancia del error tradicional para formar una humanidad progresiva, actualmente estacionada en el privilegio y la servidumbre; me aseguró que para realizar su proyecto contaba con recursos y energía suficientes, y terminó con estas proféticas palabras:

¿Qué puede suceder? Que vengan un día unas turbas fanáticas capitaneadas por curas que saqueen e incendien mi escuela; que me persigan y me echen a presidio o que me fusilen; el compromiso que contraiga con usted se cumplirá siempre.

Me decidí, y empecé inmediatamente mi trabajo, que ha consistido en la confección del Boletín de la Escuela Moderna y en la traducción de las obras que constituyen el catálogo de la biblioteca Publicaciones de la Escuela Moderna, empezando por las Aventuras de Nono, de Juan Grave, en 1901, hasta terminar por El Hombre y la Tierra, de Eliseo Reclus, en 1909.

En todo ese tiempo gocé de su amistosa confianza, lo que me permitió conocerle y admirarle, y hoy, evocando su doloroso recuerdo, quiero contribuir a su enaltecimiento, presentándole como modelo digno de imitación.

Fue Ferrer el hombre equilibrado que no quiso pasar por el mundo con esa general pasividad que convierte a los individuos en pasta blanda que se adapta mansamente a los accidentes y a las irregularidades del medio, haciéndoles buenos, malos o neutros, de modo demérito e irresponsable.

Inteligencia clara, juicio recto y carácter firme, lo que percibía, lo que juzgaba y lo que en consecuencia resolvía, lo practicaba siempre que se hallara en el término de lo posible; pero téngase en cuenta que si la posibilidad se midiera por grados en la escala de lo difícil, cuando todo el mundo abandona un propósito por haber agotado las energías, Ferrer era capaz de continuar animoso y tranquilo, no deteniéndose hasta lo verdaderamente imposible, que es lo que en realidad de verdad no puede hacerse.

Viendo que el desconcierto social en que vivimos proviene del error, peor aun, de la mentira, cuidadosamente conservada con apariencia de verdad, y como tal verdad aceptada, trasmitida a través de las generaciones por la escuela, pensó preservar a la infancia de tan grave infección.

Ese pensamiento que se habría ocurrido seguramente a muchos antes que a él, pero que lo abandonarían por irrealizable y porque tendrían otras cosas que hacer, fue para Ferrer el programa de su existencia, el objeto de su vida. —¡Conque es decir, pensó, que la materia es una, increada y eterna, según demuestra la ciencia y se enseña en la Universidad, y en la escuela de primeras letras se hace creer que Dios hizo el mundo de la nada en seis días; conque vivimos en un cuerpo astronómico secundario, inferior a incontable número de mundos que pueblan el espacio sin fin, como pueden saber los privilegiados que monopolizan la ciencia, y a los niños se les impone la creencia en las explicaciones cosmogónicas del Génesis, de modo que si son pobres así lo crean siempre, y si son ricos después se les desengaña en la enseñanza superior; conque ha de haber una doctrina esotérica, reservada ya que no puede ser secreta, para uso, expansión y alegría de los privilegiados, y otra exotérica, pública, que anule y esterilice el derecho inmanente, inalienable e ilegislable que todo hombre lleva consigo, y que reduzca y contenga a los desheredados en los límites señalados por los explotadores y tiranos en mis Estados políticos, en mis constituciones y en sus leyes; conque ha de haber un Dios para la canalla!...— ¡No!

Ferrer no quiso pasar por ello, y lo que quiere un hombre como Ferrer ha de cumplirse. Con voluntades férreas como la de Ferrer se forma la poderosa palanca que viene removiendo la sociedad humana en el sentido progresivo de su perfección y justificación.

¿Constituye el género humano una confraternidad?, pues la solidaridad se impone; ¿por efecto de esa solidaridad se ha constituido la sociedad? pues no ha de haber en ella superchería abusiva que encumbre a unos a costa de otros. La verdad es de todos y se debe a todos.

Por su larga estancia en Francia, Ferrer pudo juzgar el carácter y los efectos de la llamada escuela laica, en oposición a la antigua escuela congreganista, que ha llegado a constituir una enseñanza cívica; y de ahí su idea de la enseñanza racionalista, que no ha de ser sectaria ni revolucionaria, sino sencillamente el cumplimiento de una función social.

De acuerdo con Bakounine, Ferrer pensó que la enseñanza de la Iglesia trata de hacer del hombre un santo; la enseñanza del Estado, un ciudadano; ambas pretenden amoldar al hombre a la creencia y a la obediencia. La Escuela Moderna, las escuelas racionalistas, quieren que niños y niñas lleguen a ser hombres y mujeres en el pleno desarrollo natural e intelectual que la naturaleza y el progreso reclaman.

La diferencia entre la escuela religiosa, la laica y la racionalista es esta: la escuela religiosa tiene por base a la vez que por objetivo la religión; enseña al niño la fe en la revelación, la creencia en el misterio y en el milagro y la obediencia a los superiores. La escuela laica se funda en la democracia; enseña las ficciones constitucionales, los sofismas jurídicos, la historia patriótica y dispone al niño para la fábrica, el cuartel y el comido si es pobre, y para vivir a sus anchas si, como industrial, rentista o propietario, pertenece a la categoría de los usurpadores de la riqueza social, a la que provee al Estado democratizado de representantes y mandarines. La escuela racionalista tiene por objeto el hombre y la humanidad y es esencial y absolutamente opuesta a las anteriores; no enseña, educa, prepara a la infancia de ambos sexos, por el conocimiento de las cosas y el ejercicio de la razón, a la vida humanamente social y a la perfecta solidaridad humana.

He ahí la originalidad de Ferrer.

Si Ferrer no hubiera tenido exuberancia de personalidad; si con su ideal y con sus recursos, menos decidido y enérgico, se hubiera rodeado de sabios, y con ellos y bajo su dirección hubiera formulado su propósito, habría fundado una escuela magnífica, y a estas horas existiría un palacio y un parque de la infancia en Barcelona con numerosas sucursales en diferentes puntos; pero sobre tan brillante creación se extendería la sombra del oportunismo, del convencionalismo, del relativismo, y la pureza ideal quedaría sometida a la fastuosa apariencia, merecedora del elogio periodístico burgués; quizá hubiera ganado medalla de oro en alguna exposición; pero, esterilizada por estacionaria rutina, sería al fin infecunda para todo fin progresivo.

Siguiendo su propia inspiración, la escuela y la biblioteca de Ferrer tendrán cierta ingenuidad, cierta rudeza primitiva; pero la verdad es que ha quedado como tipo, como patrón de la educación y de la enseñanza del porvenir, y esto justifica su mérito eminente, su título de precursor y su derecho a la gloriosa consideración de la humanidad.

Como prueba de esta afirmación y como medio de evitar desviaciones de definición y de interpretación, nada mejor que reproducir la expresión textual del pensamiento de Ferrer, tal como resplandece con admirable sencillez en un artículo escrito por él mismo en la soledad del calabozo cuando se hallaba bajo la presión de una acusación calumniosa de regicidio de la que fue absuelto por el reconocimiento de su inocencia. Helo aquí:

Racionalismo humanitario

Cuando hace seis años tuvimos el grandísimo placer de abrir la Escuela Moderna de Barcelona, hicimos resaltar mucho que su sistema de enseñanza sería racional y científico.

Ante todo, advertimos al público, que siendo la razón y la ciencia la antítesis de todo dogma, en nuestra escuela no se enseñaría religión alguna. Sabíamos que esta declaración provocaría el odio de la casta sacerdotal, y que nos veríamos combatidos con las armas que suelen emplear quienes solamente viven de engaño e hipocresía, abusando de la influencia que les dan la ignorancia de sus fieles y el poder de los gobiernos. Pero cuanto más se nos hablaba de lo temerario que era ponerse tan francamente en frente de la iglesia imperante, más alientos sentíamos para perseverar en nuestros propósitos, persuadidos de que cuanto más grande es un mal y cuanto más poderosa es una tiranía, más vigor se ha de emplear para combatirla y más energía se necesita para destruirla.

El clamoreo general elevado por la prensa clerical contra la Escuela Moderna, al que podremos deber un año de cárcel, nos prueba que acertamos en la elección del método de enseñanza, y nos ha de dar a todos los racionalistas nuevos alientos para proseguir la obra con más tesón que nunca y engrandecerla, propagándola hasta donde alcance nuestro poder.

Hay que advertir, sin embargo, que la misión de la Escuela Moderna no se limita a que desaparezca de los cerebros el prejuicio religioso, porque si bien es éste uno de los que más se oponen a la emancipación intelectual de los individuos, no lograríamos únicamente con ello la preparación de la humanidad libre y feliz, puesto que se concibe un pueblo sin religión y también sin libertad.

Si la clase trabajadora se librara del prejuicio religioso y conservara el de la propiedad, tal cual existe hoy; si los obreros creyeran cierta la profecía que afirma que siempre habrá pobres y ricos; si la enseñanza racionalista se limitara a difundir conocimientos higiénicos y científicos y preparase sólo buenos aprendices, buenos dependientes, buenos empleados y buenos trabajadores de todos los oficios, podríamos muy bien vivir entre ateos más o menos sanos y robustos, según el escaso alimento que suelen permitir los menguados salarios, pero no dejaríamos de hallarnos entre esclavos del capital.

La Escuela Moderna pretende combatir cuantos prejuicios dificulten la emancipación total del individuo, y para ello adopta el racionalismo humanitario, que consiste en inculcar a la infancia el afán de conocer el origen de todas las injusticias sociales para que, con su reconocimiento, pueda luego combatirlas y oponerse a ellas.

La enseñanza racionalista y científica de la Escuela Moderna ha de abarcar, como se ve, el estudio de cuanto sea favorable a la libertad del individuo y a la armonía de la colectividad, mediante un régimen de paz, amor y bienestar para todos sin distinción de clases ni de sexo.

F. Ferrer Guardia

Cárcel Modelo de Madrid, 1-5-1907.

Al releer este escrito para su reproducción en Renovación, poseído de emoción profunda, pienso que toda persona de conciencia equilibrada ha de contribuir a la continuación de la obra iniciada por Ferrer, y a la que sacrificó su vida, si no quiere cargar con responsabilidad y culpabilidad en la existencia y persistencia del mal social causado por la ignorancia y por el abuso del saber.

Cuando las generaciones futuras vuelvan la vista atrás y consideren que en este siglo XX las creencias populares, la moral oficial y los conocimientos particulares formaban un amasijo en que se aceptaba un dios creador de todas las cosas al mismo tiempo que se demostraba que la materia es increada e imperecedera; que había gentes con la mollera dividida entre la creencia en el milagro y la lógica serenidad de la ciencia; que había analfabetos que ignoraban todo y letrados que explotaban la ignorancia; cuando libres en absoluto de nuestro medio ambiente y de nuestras pequeñeces y miserias puedan los hombres juzgar con absoluta rectitud, se reconocerá que la enseñanza racional, al establecer el equilibrio perfecto entre la creencia y la certidumbre, prestó un servicio inmenso a la humanidad, anulando el error, imposibilitando la mentira, descubriendo la hipocresía, desvaneciendo los convencionalismos oportunistas y dando sólido fundamento a la sociedad justa y perfecta. Ya la historia habrá dedicado una página gloriosa a la Escuela Moderna de Barcelona y a su modesto fundador Francisco Ferrer.