La instrucción de clase

(Renovación, 15/11/1911)

Como la democrática sociedad presente se halla dividida en clases, teniendo eso de común con las antiquísimas sociedades autocráticas o teocráticas del Asia, que se hallaban divididas en castas, se comprende que haya quien propague que cada clase que vive en una esfera delimitada tenga su moral propia, o sea “sus reglas para practicar el bien y evitar el mal”, que así define el Diccionario la moral, demostrando con ese ingenuo escape de sinceridad que la moral tiene dos caras o que es como la justicia de clase, que establece para unos un rigor estricto, y para otros fueros y privilegios, puesto que unas veces es particular y adaptable a una clase social, pudiendo decir que hay una moral para los ricos y otra para los pobres, y otras alardea de generalidad proclamándose universal.

Sucede con la moral lo mismo que con la higiene, ideas que tienen entre sí cierto parentesco, como lo han demostrado algunos pensadores que las han definido considerándolas respectivamente como guías de la voluntad o del cuerpo, sin otro inconveniente práctico que el que impide al pobre niño abandonado, que no tiene otros maestros que la miseria y el vicio, y al obrero que cuenta con el jornal como único recurso, observar una moral que desconoce o comprar una higiene cara y sólo al alcance de los privilegiados.

La oposición irreducible entre los preceptos y la posibilidad dio siempre materia a los sofistas para intentar un arreglo, dando a lo imposible carácter hacedero y llano, y después de haberse despachado a su gusto en templos, universidades, academias y ateneos, han llegado al teatro, donde, según vemos, se ha representado recientemente en París una producción, no hay para que nombrarla, cuya tesis es: “los hijos de los proletarios no deben recibir una instrucción superior a su condición social”.

Para sostenerla se argumenta de este modo: la única instrucción que conviene a los obreros es la que se refiere directamente a su oficio respectivo; conviene que cada uno sepa que el trabajo no envilece, y que ha de efectuarse con alegría y conciencia. ¿Para qué serviría una instrucción que, en la imposibilidad de completarla y aplicarla, alejaría al trabajador de la tierra natal, transportándole a los grandes centros donde la agitación y la desmoralización le pervierten y le debilitan, sin lograr jamás sus ambiciones?

He ahí una manifestación del sentimentalismo caritativo que responde a una preocupación muy generalizada y que, tratando de beneficiar a unos hombres, perjudica notablemente a la humanidad: porque lo que positivamente resulta es que la inmanencia del derecho, que no puede tener acepción de personas, se ve negada y destruida por esa distribución arbitraria del saber, que continúa indefinidamente la desigualdad social con todas sus desastrosas consecuencias.

No es el capital de conocimientos que la humanidad atesora obra exclusiva de los sabios, quienes a veces, sin haber añadido a los existentes un conocimiento más, no han hecho otra cosa que adaptárselos con facilidad relativa. El saber es una suma y una clasificación a que los hombres observadores y estudiosos de todos los tiempos y de todos los países han contribuido, elaborando esa hermosa abstracción denominada la ciencia, que por su especial manera de ser y por sus naturales efectos ha de ser generalizada y extendida sin limitación alguna.

Si la exclusión de muchos individuos de los beneficios que reporta la agrupación hubiera de continuarse eternamente; si no hubiera progreso, o si la acción progresiva no hubiera de afectar a la existencia de sus diferentes jerarquías sociales continuadoras de las antiquísimas castas, si, por último, hubiera de reconocerse eternamente que el individuo se ha de amoldar a la sociedad y no la sociedad al individuo, pudiera sostenerse la tesis que censuramos y aun contra la cual protestamos desde el punto de vista humanitario en general y particularmente como pedagogos.

Pero no, el saber es esencialmente humano, lo mismo que sus beneficios y aplicaciones, y por tanto, constituye un delito de lesa humanidad el hecho de hacer de la ciencia dos partes desiguales y señalar una escasa ración a los pobres, a los deshereda­dos, a los condenados al trabajo por el privilegio.

La pedagogía moderna, a lo menos la pedagogía libre, la que se dedica a contribuir con la parte que le corresponde al libre desarrollo de las facultades humanas, la que no acepta la humillante y aun la criminal función de adiestrar y amansar hombres y mujeres para satisfacer todas las necesidades y todas las concupiscencias de las llamadas clames superiores, se niega rotundamente a contribuir a que al finalizar el siglo XX pueda repetirse este juicio que Haekel escribe en su gran libro Los Enigmas del Universo acerca del siglo XIX.

Progreso de las instituciones sociales.— En tanto que contemplamos con legítimo orgullo los inmensos progresos realizados por el siglo XIX en la ciencia y sus aplicaciones prácticas, un espectáculo por desgracia muy diferente y harto triste se nos ofrece si consideramos otros aspectos no menos importantes de la vida moderna. Con pena escribimos esta frase de Alfredo Wallace: «Comparados con nuestros admirables progresos en las ciencias físicas y sus aplicaciones prácticas, nuestro sistema de gobierno, nuestra justicia administrativa, nuestra educación nacional y toda nuestra organización social y moral han quedado en estado de barbarie». Para convencernos de la exactitud de tan graves reproches, basta dirigir una mirada imparcial al fondo de nuestra vida pública, simplemente fijarnos en ese espejo que nos presenta cada día el diario que leemos considerado como órgano de la opinión pública.”

No; los maestros libres quieren para la infancia, como la naturaleza, la plenitud de sus facultades, y rechazan indignados la idea de la instrucción de clase, del mismo modo que todo hombre honrado ha de rechazar la complicidad en la comisión de un crimen.