Una evolución histórica

(Renovación, 30/11/1911)

Estamos en el principio del fin...

Cuando el tercer estado, vejado y oprimido por la Iglesia y la nobleza, devoraba en silencio sus sufrimientos, y en la escuela del dolor aprendía, recogía las enseñanzas de la historia, impulsaba las ciencias y daba potente vuelo a la filosofía, desbrozaba el camino que más tarde habían de seguir los que venían detrás, los que después han constituido el proletariado, última categoría social que sufre el peso de los privilegios, comunes para los altos dignatarios de la Iglesia, para los restos de la antigua nobleza y para esa plebeya burguesía, que ha llegado a ser dueño absoluto de la gobernación de los Estados, mixtificadora de la ciencia, dominadora de la tierra, de los mares, de la banca, del comercio, de la industria acaparadora, en fin, de los bienes naturales y de todos los productos de la civilización moderna.

Aquella burguesía que asombró un día el mundo con su potente genio, cuyos oradores eclipsaron la gloria y la elocuencia de los antiguos clásicos, cuyas hipótesis y teorías hicieron palpitar de entusiasmo los corazones de toda una generación y que arrastraron a los más empedernidos aristócratas a jurar en el Juego de Pelota la renuncia de todos sus privilegios, ha descendido hoy más bajo que sus antiguos dominadores; se arrastra en la asquerosidad de la usura, del tanto por ciento, de la arbitrariedad, del caciquismo, del doctrinarismo político. No cuenta ya con el amor de nadie; sus arcas están guardadas por ingeniosas obras de cerrajería; sus almacenes se hallan custodiados por hombres de su confianza, reclutados en la escuela del crimen; sus fábricas se convierten en cuartel de la fuerza pública al menor asomo de una reclamación obrera.

Aquella grandilocuencia de Mirabeau que nadie había antes alcanzado y que no ha superado nadie después, contrasta con la profesión de fe que lanzan nuestros burgueses a cada paso: “La cuestión son cuartos”.

Corre en dirección opuesta la gran masa del proletario.

Aquellos trabajadores embrutecidos por las prácticas del catolicismo, comparsas obligados en los autos de fe, alimentados por la sopa de los conventos, hijos de fraile, que llegaron a responder a las primeras excitaciones de la burguesía liberal con el odioso grito de ¡Vivan las cadenas!, han sacudido poco a poco la torpeza de su cerebro, han estudiado, han formalizado la solidaridad y se han organizado para practicarla, han celebrado Congresos nacionales e internacionales, han publicado su pensamiento en multitud de libros y periódicos escritos en todas las lenguas modernas, han verificado controversias y polémicas con los sabios más festejados por la burguesía, han puesto en conmoción los Estados y se preparan a obligar al mundo entero a una nueva renuncia de todos los monopolios y de todos los privilegios, infinitamente más solemne y eficaz que la efectuada por la burguesía en 1789, porque en la del porvenir no habrá apostasías posibles.

Mientras que la burguesía baja al abismo de la crisis permanente, de la bancarrota y de la guerra universal, el proletario se eleva a las más claras concepciones de la economía y de la sociología y afirma la fraternidad entre todos los productores del mundo, establece la gran patria del trabajo y declara extranjeros a los factores de la tiranía y de la explotación.

Ese desnivel entre una fuerza que decae y una fuerza que se levanta, es presagio seguro, ineludible, de un acontecimiento grandioso y solemne, superior a cuantos consigna la historia, porque no se tratará ya de sucesos cuya grandeza se limite por una mezquina relatividad, sino que abarcará en un conjunto absoluto la emancipación del proletario; reparación justa llevada a cabo en una generación de todas las injusticias que las sociedades humanas cometieron durante muchos siglos con los parias, con los esclavos y con los siervos.

Así se hará la redención verdadera, y, por tanto, quedará anulada la legendaria redención que se atribuye al héroe de Nazareth y que festeja el clero cubierto de bordados, asfixiado por el incienso, y empleando un ritual envejecido y trasnochado.

Esos mil años de dominación burguesa son la tumba de todas las ignominias de la historia, en ellos la burguesía, última encarnación del privilegio, morirá como clase, mereciendo a la posteridad el más severo juicio, por haber arrojado las aspiraciones liberales e igualitarias, a que debió el triunfo, en el fondo cenagoso del egoísmo y de la concupiscencia.

De las ruinas de la dominación burguesa se levantará el proletariado triunfante, estableciendo la sociedad de la paz y del trabajo, brindando a todos con la fraternidad y sentando sobre bases indestructibles la reciprocidad del derecho y del deber.

¡Dichosa evolución la efectuada en el siglo XIX!