El privilegio

(Renovación, 15/12/1911)

Desde que el estudio de la organización de la sociedad dejó de ser tema exclusivo de los sabios, y con la Internacional se extendió a excitar la inteligencia y la pasión de los trabajadores, la abstracción llamada privilegio alcanzó proporciones monstruosas; de tal modo, que si un artista se hubiese propuesto traducir en una figura alegórica las calificaciones que se le han aplicado en la fraseología de los mitins y en la literatura de la propaganda socialista en general, hubiera debido apelar a los recursos de que echaron mano los artistas de la Edad Media para simbolizar el diablo; y aun aquella bestia humano-fantástica con sus ojos chispeantes, su color bronceado, sus uñas agudas, sus cuernos retorcidos y su rabo terminado en punta de saeta, quedaría como inocente angelito al lado de lo que la imaginación excitada de los trabajadores hubiera podido inspirar para representar al privilegio, ente maldito, reo de todos los crímenes, verdugo de todas las víctimas, causante de todas las lágrimas, y que a la postre confunde en la misma desesperación a los que protege y a los que persigue.

Afortunadamente, como en el día no ha de pensarse en edificar catedrales, ni en decorar residencias pontificias, ni en aterrorizar a fieles timoratos, y hasta la misma Divina Comedia y El Paraíso perdido son joyas artísticas que nadie piensa imitar, y que se aprecian principalmente como documentos históricos, no hay temor de que los artistas intenten simbolizar el privilegio y con buen acuerdo dejarán a un lado esa tarea negativa y transitoria para buscar inspiraciones en el ideal, que no por su cualidad de futuro deja de ser tan positivo como si fuera presente.

Es más: muchos artistas modernos, a sueldo de la burguesía dominante, en oposición con los sentimientos, los intereses y aun la ciencia de los trabajadores, se esfuerzan en presentar al privilegio atractivo y simpático, santificado por la autoridad, por cuanto con sus limosnas sostiene los establecimientos de beneficencia; ensalzado por los economistas, porque con la aplicación de sus capitales al trabajo da jornal al obrero, facilita el cambio y fomenta las relaciones entre todos los países, y hasta justificado por los científicos a la moda, que le consideran como el premio otorgado por la naturaleza a los más fuertes y mejor constituidos.

La Academia define así el privilegio: “Gracia o prerrogativa que concede el superior, exceptuando o libertando a uno de una carga o gravamen, o concediéndole una exención de que no gozan otros”.

Y luego, teniendo en cuenta la idea en su aspecto popular añade: “Privilegio odioso: el que perjudica a tercero”.

En sociología no tiene valor alguno la primera parte de la primera definición, porque el privilegio no le concede ningún superior, si no que, según la historia, se estableció por la violencia o por la astucia o por ambas cosas a la vez; se conserva fresco y lozano por la tradición y por la ignorancia, y se perpetúa con la existencia de las instituciones y las leyes que le dieron formas jurídicas, las cuales, aunque hijas del error de una época de atraso, prolongan su existencia y siguen causando los males que les son consiguientes, por el carácter de imposición autoritaria de que se halla revestido, por el poder coercitivo creado para su defensa, y también por la pasividad popular que ha hecho de los desheredados, víctimas y cómplices del privilegio.

En cuanto a la segunda parte ya es otra cosa; los que se hallan exceptuados de cargos o gravámenes que pesan sobre los otros, o disfrutan de una exención de que los demás no pueden gozar, entran de lleno en el terreno de la sociología, la cual, como ciencia de la verdad, de la justicia y de la economía social, no puede menos de considerarlos como seres nefandos, detractores de lo verdadero, conculcadores de lo justo y perturbadores de lo económico; tales son los privilegiados, los favorecidos del privilegio; del que la misma Academia, que nunca pecó de revolucionaria, dice que se le califica de odioso; y aun podría aplicársele otros adjetivos no menos duros y merecidos.

Merced al privilegio, la riqueza social, producto de la naturaleza, del trabajo y de la ciencia de todo el mundo, hállase monopolizada, usurpada por una clase que si se la llama superior no es por ningún mérito especial que la distinga del resto de los individuos, sino por el hecho brutal de hallarse sobre ellos, y poder mandarlos, gobernarlos, explotarlos y deshonrarlos a su antojo.

El privilegio es, pues, un fraude social, una rémora del progreso, una tea de discordia entre los hombres, una vergüenza de la humanidad y un peligro para lo porvenir; tan grande, como inmensos, infinitos, son los males que causados por él consigna la historia, y es preciso arrancarlo de cuajo del entendimiento, de las costumbres y de las leyes.

Sólo a esta condición la humanidad marchará libre y sin trabas por la vía que conduce directamente a la vida de libertad, de justicia, de ciencia y de felicidad inefable a que tiene derecho y que promete el progreso.