El Proletariado Emancipador

El derecho a la verdad

(Renovación, 15/01/1912)

Hemos llegado a un punto en que sociólogos y revolucionarios, retenidos en la impotencia, estancados en estéril estacionamiento o en peligro de progresar en nociva desviación, no pueden racionalmente dar un paso de seguros y positivos resultados sin lograr que esa multitud de hombres y mujeres que constituyen el Proletariado, se pongan en condiciones de libre y natural evolución y adopten una actitud declaradamente progresiva. Es absolutamente necesario que lo que se llama la masa como negación de unidad, de número, de cantidad y, por tanto, despojada del carácter de individualidad y de colectividad humanas deje de ser materia amorfa para constituir tantas personalidades como individuos la formen.

Dada la imperfección del lenguaje usado por nuestra civilización, acostumbrados a hablar por símbolos, por figuras de dicción y sin fijación de idea por imprecisión de palabra, de modo que el convencionalismo, la cultura y aun la elocuencia encubren la ignorancia cuando no la malicia del que habla, y se interpreta por el que escucha según sus prejuicios o sus ilusiones, hemos de examinar cómo se entiende y cómo se practica el salvador aforismo de La Internacional “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”, sustentado hoy desde diferentes campos por agrupaciones que, si en un principio partieron de un origen único, se hallan actualmente muy distanciadas, separadas por pasiones y afirmaciones cada vez más divergentes.

Si por la idea puramente humana de justicia se concibió un tribunal divino para juzgar a los hombres y, según sus obras, darles el premio o el castigo merecido, fue a consecuencia de haber reconocido en todos y en cada uno la responsabilidad consiguiente, responsabilidad que queda flotante sobre las discusiones modernas del tradicional libre albedrío con el modernista determinismo, porque sin responsabilidad no hay mérito ni demérito, ni puede haber recompensa ni vilipendio. Por eso sentaron los legisladores como principio jurídico, aunque pasando sobre la gran injusticia de la ignorancia popular resultante de la desigualdad social, que “la ignorancia de las leyes no excusa su cumplimiento”.

Laicisada en el día esa idea de justicia, y subsistente siempre como norma moral, no es racional que por monopolio de la ciencia y por la consiguiente ignorancia sistemática, pasen los 1.600 millones de seres humanos de cada generación con un corto número de hombres eminentes, capaces de saber, y una inmensa multitud de atrofiados intelectuales, limitados a creer; ni la humanidad puede considerarse como entidad una y permanente en la continuidad de su saber, en la tradición de su experiencia, en el goce de las ventajas adquiridas y en la preparación de sucesivos adelantos sin que la igualdad socializada facilite a cada individuo el íntegro desarrollo de sus aptitudes, primero para la propia satisfacción, y después y como complemento para beneficio de la colectividad.

Han de saber todos; o a lo menos, después de dar la sociedad todo género de facilidades para la difusión de los conocimientos, no ha de haber impedimento social para que todos sepan, ni privilegio para que sólo sepan unos pocos, porque la verdad es de todos y se debe a todos, y, por tanto, la creencia no ha de ser acatamiento a un dogma autoritariamente impuesto e inquisitorialmente sostenido, sino resultado de la experiencia y de la inducción racional.

Para eso vivimos en sociedad, como lo reconocieron los hombres de la Asamblea Constituyente en 1789 al declarar que todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos, y que el objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre; no para rendir homenaje ni vasallaje a un autócrata ni a una oligarquía imperante. Antes que vasallos o ciudadanos somos hombres; a los trabajadores conscientes no les seducen ya los esplendentes festejos de que se ha hecho reciente ostentación en Londres coronando a un hombre, o en Lisboa declarando soberano a un pueblo, porque tras el oropel, la fraseología, las músicas y los aplausos ha quedado subsistente, con tanta fuerza y vigor como hace más de veinte siglos, el despojo que sufre el obrero de su legítima participación en el haber social, sin que se le reconozcan positivamente sus derechos y sin que la sociedad política cumpla su objeto ideal y racional.