El Proletariado Emancipador

El derecho a la igualdad

(Renovación, 30/01/1912)

En vista de que por el esperado progreso de la instrucción como obra fatal del tiempo la ignorancia no disminuye ni la igualdad social se alcanza, y a pesar de que con el admirable avance de la ciencia la organización social ha quedado en lamentable atraso y en injustificado estancamiento, ha llegado el caso de examinar invirtiendo los términos, si el mal social que se consideraba como efecto, ha de ser considerado como causa. Y, efectivamente, reformando nuestros juicios sobre el deplorable dualismo social, consecuencia de la desigualdad, que rompe la solidaridad humana, resulta que no sólo por ignorante el proletariado es oprimido y despojado, sino que lo es principalmente por la desigualdad que le priva de los medios de instruirse, y por esa desigualdad el racional y ansiado monismo social se imposibilita en el mundo.

Sin disminuir en lo más mínimo la importancia, la necesidad y la urgencia de la aplicación del sistema de enseñanza racionalista, ha de reconocerse que es preciso e indispensable poner a la humanidad infantil y adulta en situación libre para dedicarse a estudiar, a aprender, a ejecutar, a vivir, a procrear, y para ello ha de desaparecer el dualismo que concede a unos todas las ventajas y priva a otros de los medios necesarios de evolución progresiva.

Habituada la humanidad a los andadores del exoterismo, que daba en forma de mitos y leyendas las verdades adquiridas a fuerza de observación, de estudio y de meditación por la ciencia, las cuales quedaban luego reservadas en privado y secreto esoterismo como preciado y secreto privilegio para las clases predominantes, los inferiores renunciaron a la actividad individual más o menos libremente determinada, y se habituaron a la pasividad, confiados en la omnisciente y omnipotente dirección de un poder imaginario, reinante en un resplandeciente empíreo creado fuera de la realidad física por toda clase de metafísicos, que en lo pasado se llamaba Providencia y en lo presente se llama Progreso. A esos mismos inferiores se les hizo creer que tales ficticios seres se les habían de mostrar propicios a costa de ilimitada sumisión, obediencia y paciencia ante sus representantes en la Iglesia o en el Estado o en ambas potestades a la vez, según los vaivenes del curso de los acontecimientos; y por ese motivo no ha podido penetrar en la inteligencia de la generalidad la sencilla noción de causa y efecto y su no menos sencillísima interrelación, y han adorado el misterio y han creído el milagro, tanto para lo pasado como para lo futuro, ignorándose generalmente que la ciencia tiene ya demostrado y probado que la energía, fuerza inmensa que convive con la materia una, increada, imperecedera e infinita, produce la vida; que de la vida surge la acción consciente dirigida a un objetivo práctico, conocido y deseado, y que únicamente se logra lo que se quiere, si para lograrlo se emplean los medios y recursos disponibles y necesarios, haciéndosenos creer por el contrario que Dios hizo el mundo de la nada o que la sociedad humana se corrige por la acción directiva del Progreso.

Por efecto de esa misma pasividad, producto natural del contubernio del privilegio con la miseria, se ha considerado como riqueza, no el conjunto de la producción, que es lo directamente útil, necesario y provechoso, sino el dinero, el signo de cambio, recurso representativo inventado para la distribución racionalmente equitativa de esa misma producción entre los humanos, considerados todos como copartícipes por ser productores, sea de hecho por hallarse en la plenitud de sus facultades, sea como aspirantes en la infancia, o jubilados en la vejez. Y así tenemos que una idea feliz que había de prestar el inmenso y transcendentalísimo servicio de facilitar las transacciones y abrir amplia y libre vía a todas las energías individuales, reuniéndolas sucesivamente en grandiosos beneficios colectivos, se convirtió en vil recurso de tráfico, de negocio de agio, de explotación, de usura, de monopolio, facilitando al rico la vida por despojarle del cuidado consiguiente a la posesión patriarcal de grandes rebaños y latifundios, o creando la renta, que permite la existencia de archimillonarios y de esos trusts absorbentes y monstruosos que devoran energías y vidas con escarnio de la moral, de la filosofía, de la ciencia, de la economía y hasta de la revolución, puesto que en provecho propio legislaron los privilegiados revolucionarios para domesticarla a su antojo y a su conveniencia, mientras quedaba el trabajador sujeto al salario, a la accesión, a la servidumbre moral y materialmente atrofiado y por añadidura burlado con el establecimiento de la democracia, y sobre todo insultado con la acusación de culpable por inconsciente y abúlico en el atraso e injusticia de la actual civilización.

Y ese dinero, que de nada sirvió a Robinsón en la isla desierta y que no debió perder nunca el carácter de signo de cambio, algo semejante al cartón o a la chapa metálica con el número acreditativo de propiedad de una prenda en un guardarropa, se halla en poder de los improductivos o de hábiles chalanes, forjadores de negocios o de empresas lucrativas, y, metido hasta el fondo en la preocupación proletaria, aparece envuelto en las aspiraciones emancipadoras de los trabajadores, produciendo obstáculos y obrando a manera de impertinente rémora. Así vemos al reformismo, falseando el concepto racional de la economía, recurrir al ahorro, que escatima céntimos del mezquino e insuficiente jornal, para el mutualismo en la enfermedad, o la jubilación en la vejez, o el crédito en la crisis de trabajo; a la cooperación, para exceptuarse en parte de la explotación mercantil, para realizar una ganancia y hasta para obtener recursos que destinar a la propaganda; y a la misma resistencia, estableciendo la huelga sobre la cuota destinada al subsidio al huelguista.

Tan atávicamente arraigada está la idea del dinero y de la ganancia entre los trabajadores que de ella son víctimas, que en general no se concibe organización emancipadora sin la cuota, poniendo el dinero sobre la esencia del derecho, no admitiendo en ella al trabajador insolvente y arrojando de ella al que no puede pagar. De modo que aun hay socialistas para quienes el dinero, que es nuestro tirano, ha de ser nuestro salvador.

Sobre la base de tan grave error, de tan atávico error, se ha creado un nuevo mito, la Caja de Resistencia, santa protectora del obrero, reverenciada como proveedora de recursos para luchar y como garantizadora del triunfo, que promete a todo cotizante, en caso de huelga reglamentaria, el derecho al subsidio de huelguista.

Tras ese mito se ha formado una especie de burguesía obrera, bajo la cual queda un Quinto Estado, otro Proletariado más ínfimo, más abismado aún, con lo cual, en vez de destruir la escala de la desigualdad, se ha prolongado unos grados más, motivando que un gran pensador y literato magistral, observador minuciosamente analítico, presente la triste realidad de los abyectos, de los miserables, de los desechados como desperdicios, de los parias actuales, hermanos nuestros a pesar de todo y nuestros predecesores en la caída al abismo de la desigualdad, de los ex-hombres, como oposición y contrapeso a las exaltaciones fantásticas de los que a sí propios y por vana y ridícula interpretación del pensamiento de otro hombre genial se otorgaron el título archiaristocrático de superhombres. Pudiera decirse que entre los dos polos del pensamiento formados por Máximo Gorki y Federico Nietsche gira nuestra civilización caótica o en estado de barbarie, según la gráfica expresión de Ernesto Haeckel.