El Proletariado Emancipador

El progreso burgués

(Renovación, 15/02/1912)

En nuestro estado actual se camina de prisa, y mientras los que todavía se atienen al criterio de “tanto tienes tanto vales” acumulan dinero en sus cajas de ahorro mutualista, de ganancia cooperativa, o de lucha resistente, los ingenieros industriales inventan máquinas, sustituyen obreros por obreras y por niños y combinan fuerzas y motores que producen con asombrosa rapidez, y va aumentándose el número de los obreros sin trabajo de un modo terrible, con lo que sobrevienen las crisis de la sobreproducción que, no sólo nos reducen a la miseria por falta de jornal, sino que se complican con las guerras por los mercados, por los tratados de comercio, por las farsas del patrioterismo y también porque los Estados necesitan colonias donde colocar su excedencia de hombres y de dinero, y para desviar la atención popular de los adelantos y demostraciones de la sociología y evitar los avances de la revolución.

En el día todo el mundo conoce el secreto: la diosa de la guerra y el dios de los ejércitos son viajantes de comercio que, a semejanza de los compañeros de Colón, ofrecen cascabeles y cuentas de vidrio a cambio de riquezas naturales de los países rezagados en la vía progresiva. La pólvora seca del patriotismo más caballeresco se calcula como partida inscrita en el libro de cuentas del agiotista.

Concretándome a considerar la resistencia como la acción proletaria predominante, tenemos que los resistentes de hoy reglamentan la acción para la lucha de clases como la concibió La Internacional, como lógicamente podía concebirse todavía medio siglo atrás, sin tener en cuenta el avance de la aplicación de la ciencia a la industria; pero el tiempo pasa y con él pasan las condiciones especiales de cada modo de ser accidental, aunque en ciertos países, por el atraso burgués, no se manifieste claramente por el momento.

Ello es que las antiguas sociedades de oficio van careciendo día por día de existencia real, porque por la actual transformación de la industria, el antiguo tejedor, por ejemplo, que movía las cárcolas con los pies y tiraba la lanzadera con una mano y la cogía con la otra, ve como un milagro la transformación que sufre la materia prima, por no decir la materia bruta, entrar por un lado de la máquina y salir por otro convertida en hermoso producto, como si en un momento y con enorme economía de tiempo, manipulaciones y jornales lo hubiera elaborado una hada poderosa; el carpintero tomaba la madera cortada según los tipos establecidos y construía toda clase de muebles ordinarios, diferenciándose del ebanista en que éste hacía muebles de madera fina y los barnizaba y pulimentaba, en tanto que hoy con la aplicación de la mecánica y la división del trabajo hay obreros especiales para serrar, cepillar, escoplear, barnizar, etc., que sólo saben ejecutar esas operaciones, y no son capaces por si solos de construir un mueble, o, si lo son, no pueden hacerlo en condiciones económicas, no ganarían el jornal; el zapatero clásico del tirapié, la lezna y el cabo, de manos callosas y llenas de cerote, huelga o ejerce de remendón en un barrio pobre, mientras la máquina llena los almacenes de calzado elegante y charolado para la exportación; la linotipo y la rotativa difunden la ciencia, pero han dado golpe mortal a los asalariados de la tipografía, dejando en poco lucida posición a los burgueses que quieren pulir el arte de Guttemberg como si no existiera el industrialismo y la mecánica, y en general los antiguos cuerpos de oficios se van transformando en masas de peones que se disputan las relativamente escasas plazas que, para tanto desocupado, van quedando, plazas que con corta explicación, escasa inteligencia y monotonía práctica, puede desempeñar el primer ganapán que se encuentre.

Y no es eso sólo, sino que la mecánica progresa incesantemente, y se han inventado máquinas para hacer máquinas, y hay industrias en que así como en un principio el obrero era un simple servidor de la máquina, ahora la máquina le vigila, le tiraniza, le acusa, por cuanto mide y cuenta con exactitud matemática el trabajo del obrero en la ínfima y hasta despreciable parte que se le asigna en la producción.

La fuerza de las cosas tiende a que los trabajadores, despojados de su antiguo carácter de artesanos y convertidos en peones, no se clasifiquen por oficios, sino por la clase de máquinas para cuyo servicio se les alquila.

Esa tendencia va haciendo que oficios enteros se sumerjan en la servidumbre común en que yacen todos los trabajadores que actúan como servidores de las máquinas, que nuevas máquinas reemplacen a las antiguas, inutilizando otros muchos grupos de trabajadores, arrojándonos a la masa cada vez mayor y horriblemente grande de los sin-trabajo, de los sin-esperanza, de los que cobraron y gastaron su último jornal, inapelablemente excluidos del banquete de la vida, de esos infelices compañeros nuestros que emigran a barcadas llenas, o andan por ahí creando conflictos de orden público, muriéndose en un rincón, dejándose matar como perturbadores que piden pan o vendiéndose como esclavos por la pitanza y el albergue en las esplendorosas ciudades de la República modelo.

Porque la verdad es, y no me cansaré de repetirlo, que las fuerzas industriales artificiales monopolizadas por el capitalismo propietario se multiplican de un modo asombroso, que los obreros de hierro reemplazan en todas partes a los obreros de carne y hueso, y que si por el antiguo y vigente derecho romano el proletario era el hombre-cosa al servicio y bajo la dependencia del hombre-persona, al fin era también el soldado que extendía los dominios del gran imperio y podía ser propietario en los países conquistados, en tanto que en el día, desde que la herramienta mecánica reemplaza la competencia o la concurrencia del hombre, el capitalismo no alquila al obrero más que durante el período más productivo de sus nervios y de sus músculos, y en cuanto no puede ya producir el máximum de beneficios ¡a la calle! ¡al montón de material inútil, como si fuera hierro viejo!

Como consecuencia, en el cuadro de la vida queda trazada la curva de la muerte del proletario y señalada la edad que ha de cumplir la sentencia de muerte industrial, cuando ha podido librarse de las innumerables causas mortales que se le han presentado.

En resumen, el obrero, separado de la tierra y del instrumento de trabajo, despojado de su oficio, inutilizada y perdida su habilidad profesional, obligado a emigrar para buscar trabajo, desprovisto de toda protección, sin hogar, queda inutilizado y sin valor, sometido a una condición inferior a la del esclavo, puesto que carece de alimento y de albergue, algo semejante a la del paria en lo tocante a la miseria y al desprecio, sólo con la ventaja de tener libre el paso a las condiciones superiores si por la casualidad o por la audacia se abre vía; pero por lo mismo el que llega, el que individualmente se emancipa, se convierte en el peor enemigo de sus antiguos compañeros.

Ténganlo presente, y no atribuyan a exageración el triste cuadro expuesto, cuantos obreros van vegetando todavía con su oficio entre los restos de la antigua industria que aun quedan en España y que ya no sirven para la exportación por incompatibles con la industria extranjera, a causa del atraso mental y volitivo de nuestra burguesía. Consideren esos obreros, relativamente privilegiados en las actuales circunstancias, que la transformación industrial que no ha llegado aún, llegará infaliblemente pronto, y no forjen la ilusión de que por el ahorro, la previsión y el voto pueden hacer frente a la avalancha de miseria que se les aproxima, impulsada y atraída por la voracidad capitalista.