El Proletariado Emancipador

La caja de resistencia

(Renovación, 28/02/1912)

Por resistencia, en el lenguaje de la lucha entre trabajadores y capitalistas, se entiende la agrupación obrera para intervenir en la lucha de clases por la perturbación económica que favorezca al trabajador, y su principal manifestación es la huelga; llámase Caja de Resistencia al ahorro formado con pequeñas cuotas periódicas, depositadas en las tesorerías de las secciones, sociedades o sindicatos de oficio, federado por solidaridad entre entidades obreras pactantes, y centralizado en los comités o consejos administrativos y directivos, destinado al subsidio de los huelguistas.

Ese ahorro formado, federado y centralizado por una organización obrera, basada en la constitución de sociedades de aquellos oficios existentes antes del desarrollo del maquinismo industrial, como ya queda dicho, es imposible en el día, y lo será más con el tiempo, a causa de la transformación industrial que disuelve los oficios, que transforma el artesano, de técnico inteligente y artístico que era, en obrero y peón que sólo da al trabajo fuerza y asistencia corporal con escasa inteligencia, porque la inteligencia, la celeridad y la perfección están en la máquina, en el obrero de hierro creado por la ciencia y monopolizado por el capitalismo propietario para reemplazar al esclavo, al siervo y al jornalero.

Ese obrero nuevo, que no tiene padres ni hijos, ni hermanos, ni compañeros, y que si necesita fuerza motriz más o menos costosa, no protesta, ni reclama mejoras, ni tiene intenciones revolucionarias ni aspiraciones ideales, garantiza el orden burgués; asegura la vida y la ganancia al verdadero ciudadano de la moderna democracia que es, no todo hombre inscrito en el Registro Civil, como dicen los demócratas, sino únicamente el inscrito en el Registro de la Propiedad y en el de las Contribuciones directas.

Es decir, la Industria ha evolucionado, y la Caja de Resistencia no; y si en un principio pudieron marchar paralelas, hoy la Industria avanza hasta la maravillosa perfección de la mecánica, y la Caja de Resistencia se estaciona en la cuota federal y en el subsidio al luchador legal y pacífico.

Nótese bien: estacionarse en una corporación en marcha es ponerse primeramente a la cola y quedar rezagado después; y todo rezagado es baja, si no por muerto, por inútil; con él no se cuenta ya para la lucha: esa es la situación de la Caja de Resistencia; peor aún, puesto que a su conservación, a su servicio y entretenidos con vanas esperanzas, quedan rezagados numerosos luchadores que en ella confían para continuar luchando.

¿Hemos de permanecer estacionarios los trabajadores? ¿Hemos de prolongar ese estado de absurda incongruencia entre nuestro ideal y nuestros medios de realización?

No; los que nos iniciamos en La Internacional, los que perseveramos en el sindicalismo no renunciamos a la gran obra; nuestro ideal de emancipación, de libertad, de síntesis humana para todo hombre y toda mujer, nos impiden el quietismo, y nuestra experiencia nos ha aleccionado contra la desviación, contra el movimiento inútil o contraproducente; los desengaños, las desilusiones nos han servido de dolorosa enseñanza. Por lo pronto queremos actividad emancipadora constante, y además, dispuestos a no sostener pactos con el error, tenemos la despreocupación y el desinterés necesarios para abandonar una senda equivocadamente emprendida, retroceder hasta llegar al punto de partida y emprender nuevamente la marcha sin pérdida de entusiasmo ni de energía: en la historia del proletariado español se hallan casos que lo comprueban, y aunque no pudiera invocarse la cita histórica, la razón abona este pensamiento, y los trabajadores desviados que le pusieran en práctica harían un acto de suprema razón y merecerían la gloria de los grandes ejemplarizadores.

Dada la incapacidad progresiva de la burguesía, que no suelta su propiedad ni siquiera para salvarse individualmente, que quiere prolongar eternamente la iniquidad llamada derecho de accesión; dado el propósito que anima a los trabajadores de conquistar su parte en la riqueza natural y social, la resistencia no debe, no puede abandonarse; es condición de vida para los trabajadores; es recurso salvador para la humanidad, que sin la decisión resistente de los trabajadores se agotaría en el mortal dualismo en que vegeta y se esteriliza; pero la Caja de Resistencia murió moralmente con la gran huelga de mecánicos en Inglaterra de 1897, que conmovió al mundo proletario, que hizo los esfuerzos de solidaridad más grandes de que hasta entonces se tuviese memoria —que no han sido superados después— y que terminó con una pasividad de algunos meses, hasta que se consumieron los millones de libras esterlinas arrojados al fondo de inercia formado por los obreros que cobraban subsidio de huelguista, fumando su pipa con censurable tranquilidad.

En la huelga, forma manifiesta de la resistencia, no es oro todo lo que reluce, sobre todo cuando, apoyada sobre la Caja de Resistencia, justifica las siguientes palabras que Zola, en Germinal, pone en boca de Souvarine: “Las huelgas son provocadas por los burgueses, en vista del exceso de existencia en los almacenes. Unos cuantos meses bastan para vaciarlos, sin haber tenido que pagar salarios; además la colectividad obrera gasta sus ahorros, y tiene que rendirse luego más incondicionalmente aún que antes. Si durante el curso del desarrollo de ese hábil plan, perecen de hambre algunas familias productoras, que perezcan: sus huesos servirán de abono a los campos de la burguesía”.

Creíase, confiando en la solidaridad obrera, que la burguesía se rendiría blandamente a la presentación de las reclamaciones de los trabajadores que hablaban en nombre de La Internacional, cuando la organización era más bien una aspiración que un hecho; pero la solidaridad, entendida como arma ofensiva y defensiva, rige para amigos y enemigos, y mientras los obreros creían obligar a los burgueses para evitar la ruina, no caían en la cuenta de que éstos podían celebrar pactos con la industria nacional o internacional, destinando un tanto por ciento equivalente a la pérdida de los beneficios habituales a cambio de lo que le produjera la demanda excepcional. Sin contar la solidaridad burguesa para celebrar el Pacto del Hambre, por el cual todo burgués industrial se compromete, bajo una multa grave, a no dar trabajo a los obreros peligrosos por su actividad e inteligencia inscritos en la lista de sospechosos.

Entiende la burguesía, y el proletariado debe tenerlo presente, que alterar el equilibrio económico establecido sobre la reciprocidad entre la oferta y la demanda, aunque sea para atender caritativamente a lastimosas quejas, es, más que una abdicación, una perturbación; que toda concesión es una exigencia obligada y sucesiva que se desliza por la pendiente que conduce a la revolución, y, por tanto, la intransigencia, que muchas veces interpreta la opinión como egoísmo patronal, es defensa del orden social.

Y la burguesía es lógica. Sentado el principio de la propiedad individual y rigiendo como complemento necesario el derecho de accesión, las exigencias obreras interrumpen la marcha adoptada, perturban el régimen y redundan en perjuicio de todos, porque su integridad no tolera enmiendas, mejoras ni reformas.

Juzga también la burguesía que la revolución, aunque suponiéndola de posibilidad remota, es inevitable; pero considera prematuro entregar la dirección del mundo al proletariado que padece hambre, emigra, se somete al caudillaje de ambiciosos políticos, se asocia para obtener menguadas bonificaciones en el trabajo o espera su redención como un milagro revolucionario.

Tales consideraciones obligan a querer lo práctico, lo racional, lo que de verdad sea rápidamente progresivo y conducente a la realización del ideal, tan distante del intransigente e improcedente “todo o nada” del sectario fanático como del “vamos tirando” del complaciente reformista, que toma un beneficio con una mano y lo suelta convertido en perjuicio por la otra.