El Proletariado Emancipador

La violencia

(Renovación, 14/04/1912)

No ha de violentarse la evolución, dicen los sofistas burgueses, sean economistas o políticos, filósofos o místicos, ¿pero qué vienen haciendo los privilegiados hace siglos más que violentar la evolución? ¿Qué es esa protesta contra la violencia sino un alegato hipócrita, una falsa justificación de enormes iniquidades? ¿Qué más que una fuerte muralla chinesca contra la evolución es el derecho de propiedad y su consecuencia el derecho de accesión, vigentes desde la época remota en que se formuló por el legislador romano? ¿Qué más que una deformación o una degeneración humana, consiguiente a tal violencia, es el modo de ser de las clases desheredadas a través de los siglos en que han estado sometidas a la esclavitud, a la servidumbre y actualmente al salario? ¿Con qué razón, ni con qué derecho se impide al desheredado que violente revolucionariamente la evolución, cuando los privilegiados ejercen tranquilamente tan enorme violencia al amparo de las religiones y de los sistemas políticos, o, si queréis, de los Dioses y de los Estados?

¡Oh! Si todo el talento, constancia y energía que sacerdotes, gobernantes, científicos, políticos, militares, artistas, industriales, comerciantes y hasta obreros malgastan en la lucha por la existencia, es decir, dedican al egoísmo, al medro personal, a un ideal exclusivamente propio, lo dedicaran a la ayuda mutua, es decir, al esfuerzo mancomunado y progresivo para el bien común; si las facultades que adornan al hombre no se diferenciaran del instinto animal más que en el sentido de natural perfección, llevándonos a perfeccionar en grado sublime al impulso que mueve, por ejemplo, a una agrupación de rumiantes o de solípedos a formar un círculo para resistir el ataque de los lobos, o a los lobos a formar cuadrilla para cazar, o a los corzos diseminados por extenso territorio a formar rebaño para atravesar un río por un punto favorable, o a las aves de paso a formar bandadas con excelente organización para emprender sus excursiones, o a las abejas y a las hormigas a formar sus admirables organismos sociales, ¡con qué rapidez, con qué seguridad, con qué acierto, progresaría la humanidad!

No siendo para el bien común, toda esa fuerza mental y volitiva se convierte en primer término en obstáculo, si bien en último resultado, salvando las intenciones individuales, se convierte en beneficio. Así, por ejemplo, el afán por las riquezas ha sido el primer explorador de tierras desconocidas, pudiendo decirse en general que los aventureros han hecho la geografía, ciencia importantísima por la cual la humanidad se da cuenta de su existencia como entidad colectiva, porque por ella y por otras ciencias auxiliares conoce su extensión, su historia, su residencia y su relación con el universo.

Reúnense sabios filántropos, se avergüenzan del analfabetismo existente y hablan de remediar el efecto sin tocar la causa; es decir, se declama ampulosamente contra la ignorancia, se deplora hipócritamente la miseria; pero ni un reproche contra el privilegio, ni una censura contra la desigualdad socializada, ni el menor propósito de eficaz reforma contra la usurpación propietaria. Nadie piensa en lo que cuesta el saber, en el inmenso sacrificio impuesto por los que saben a los que no saben, ni en la carencia absoluta de medios de saber en que están los que ignoran.

¿Cómo no se avergüenzan esos sabios que hablan de la lucha por la existencia como ley social, y luchan con ventaja, por no decir con trampa, a semejanza del señor medioeval que luchaba a caballo armado de punta en blanco contra el siervo desnudo y armado de un palo si se oponía el infeliz a que su amada pagara el derecho de pernada? ¿A qué censurar la torpeza, indecisión e ignorancia del proletariado emancipador si en él militan sólo los hombres de escaso saber que a duras penas han podido exceptuarse de la sistemática ignorancia a que están sometidos los trabajadores?

El progreso no se hace a saltos, dicen: verdad es esta que sirve de amparo protector a muchos sofismas estacionarios y regresivos. La verdad es que las reformas parciales, las ventajas inmediatas, los resultados de aspecto beneficioso que se obtienen tras las agitaciones y luchas populares y aun de esos grandes movimientos que han sido denominados revoluciones, traen consigo una normalidad posterior encubridora de un antagonismo de intereses análogo al que existía anteriormente, con más el desaliento de los luchadores que caen en enervante escepticismo considerándose desengañados, y da lugar a que los utilitarios echen sus cuentas y saquen en consecuencia que no se ha ganado nada.

Es, pues, evidente que, mientras el dualismo social, mientras el monismo humano esté roto y dividido en bandos luchadores enemigos y en individualidades empeñadas en llevar adelante sus propósitos sin reparar en los atropellos que causen o puedan causar, cada reforma intentada y aun lograda por los desheredados, reclama como compensación una resistencia forzosamente lógica de los privilegiados. Toda paz en tales condiciones es una tregua, un respiro, una preparación para nuevos combates. Por consiguiente, todo plan reformista contiene en germen, la contrarreforma que ha de esterilizarle. Todo el que acepta una reforma, acepta el principio de la oferta y la demanda, regatea como comprador que quiere comprar barato contra el vendedor que tiene que vender caro, y, por tanto, pone la inmanencia de su derecho a merced de las oscilaciones a que se hallan sujetas las condiciones de lucha, olvidando que el derecho ha de afirmarse siempre como constante protesta y perenne amenaza: protesta fundada en el derecho personal desconocido; amenaza fundada en la previsión de un triunfo futuro.

Todo oportunismo, todo modus vivendi es una complicidad, una concesión al mal, una aceptación de la iniquidad, un pacto con la mentira, una traición al ideal. La verdad relativa, la reforma inmediata, son error, inconveniencia, aplazamiento, simple cambio de postura, mal mayor y, en resumen, una prima al usurero que especula contra nuestra vida y nuestra libertad y sobre ellas funda su dominación y su riqueza.

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En el régimen ideal de futura concordia de los intereses, la evolución progresiva, además de fatal, será querida; en él, por determinación racional de la voluntad, trabajarán todos, no habrá perezosos, héroes ni precursores; el Quijote y el Sancho se habrán refundido en el hombre racional.

En la sociedad humana ha venido dominando una abstracción, la Fortuna, personificación con que se representa a los favorecidos que están a cubierto de las privaciones, de las escaceses y hasta se sumergen en la abundancia. Contra esa abstracción se eleva la Justicia, personificación que ha de representar a la Humanidad entera disfrutando sin injustificada exclusión, ni limitación, de la riqueza social.