El Proletariado Emancipador

¡Solidaridad! ¡Fraternidad!

(Renovación, 29/04/1912)

En resumen: la humanidad es una, pero vive en una sociedad dividida en clases.

Por esa división y esa clasificación, la unidad humana se halla dificultada y aun negada.

Cada clase tiene su antagónica en todas las otras clases, y sus relaciones son de dominio y de sumisión, de desconfianza y odio.

Pero dividida y aun en lucha intestina, la unidad persiste y se manifiesta de una manera poderosa y brillante, ofreciendo la enorme contradicción de coexistir la lucha de clases, en que los hombres nos destrozamos mutuamente, y la solidaridad humana, en que el pensamiento libertador y el descubrimiento benéfico se extienden rápidamente por todo el mundo para bien de todos sus habitantes.

Entre la burguesía propietaria y capitalista y el proletariado trabajador y jornalero media el abismo de la explotación, y, no obstante, hijos del privilegio, abismados en sus gabinetes y en sus laboratorios, estudian, analizan y combinan, dando a la ciencia, al arte y a la industria grandiosidad mundial.

Las antiguas clases tenían divisiones infranqueables: las castas eran entre los hombres divisiones más inasimilables que las especies más opuestas en la escala zoológica; más distancia había entre un paria y un brahman que entre un insecto y una ballena. Un amo y un esclavo, un señor y un siervo, un noble y un plebeyo eran de tan diferente condición y aprecio como una rosa fragante y un abrojo rasposo.

El altruismo filosófico y científico disipó esas diferencias y anuló esas divisiones; pero el egoísmo privilegiado se aferró al sostenimiento de los intereses creados, y la verdad quedó postergada ante los fueros de la legalidad, que ocupó el lugar que correspondía a la justicia.

La desigualdad, que alcanzó en la sociedad humana formas tan colosales, se sostiene hoy agarrada al dinero; pero esa última defensa, aunque presenta formas tan formidables como la acumulación representada por los archimillonarios, es como fortaleza edificada sobre arena: un vicio, una pasión, un cálculo equivocado, una jugada de bolsa, un heredero pródigo derrochan una gran fortuna, mientras un cualquiera psicólogo, calculador y avaro se eleva desde trapero a gerente de uno de esos trusts que absorben riquezas inmensas. Un Pérez, un Sánchez o un López que en su infancia recogió colillas posee espléndidos palacios, en tanto que en las listas de hospitales y asilos figuran aristocráticos apellidos llevados por hambrientos de sangre azul.

La desigualdad ha recorrido en el mundo desde la inmovilidad de las caitas hasta la movediza posesión del mugriento y asqueroso billete de banco.

Hemos llegado a un punto en que la desigualdad está a punto de desarraigare, de desprenderse, de desaparecer. No hay clase oprimida en la historia en situación tan ventajosa como la nuestra: los asalariados de hoy, descendientes de los parias, de los ilotas, de los esclavos y de los siervos, podemos esperar racionalmente y con toda seguridad aquella emancipación que inscribió La Internacional en su programa, a condición de no olvidar que los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de tender a constituir nuevos privilegios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes.

El proletariado que hoy se agita, se organiza y planta cara a esa burguesía dominante y heredera de todos los privilegios históricos, es, no sólo su propio emancipador, sino el emancipador y el libertador de sus mismos tiranos. Verdad es que el progreso se verifica con el concurso de todas las actividades humanas, vengan de donde vinieren; no es menos cierto que en el libro de oro de la ciencia se hallan inscritos nombres de estirpe real junto a los de más baja extracción; pero el hecho de constituir colectividad libertadora como entidad social, es un honor que sólo corresponde al proletariado.

Triste es que una gran parte de ese proletariado continué siendo masa informe de comparsas para la procesión y para la manifestación, para la misa y para el voto; que otra haya ingresado en el socialismo que se agita aspirando al poder político; que otra se aburguese en el socialismo utilitario que resiste hasta cierto punto o coopera en busca de gangas gananciales; que otra haya ingresado en el anarquismo con ínfulas super-hombristas o con energías ardillescas, productoras de acción perturbadora, que llena cárceles y consume inútilmente céntimos solidarios; pero al fin lo positivo, lo consolador, lo esencialmente revolucionario y transformador es esa parte del proletariado que, con la acción sindicalista y la más pura orientación anarquista, guía a la humanidad por la vía progresiva hacia la ciudad ideal.

Con noble orgullo, con entusiasmo que arranca del más puro sentimiento, os considero, me considero, nos consideramos componentes de ese proletariado salvador que se opone a la acción general de las llamadas clases directoras, y nos sentimos con energías suficientes para cumplir nuestros propósitos confundidos entre los compañeros que forman las falanges orientadoras, niveladoras y precursoras de la sociedad futura.