El "Quijote" revolucionario

De la interpretación del "Quijote"

(Renovación, 14/05/1912)

Es el Quijote, según Castro y Serrano, un libro tan extraordinario, que mi autor ha merecido que todas las especialidades científicas y literarias, a título de confirmación, le achacasen la virtud de su propio ingenio: le han hecho historiador, filósofo, poeta, geógrafo, mareante, médico, teólogo, helenista, gramático y otras muchas cosas más, no siendo ciertamente nada de ellas y participando de todas a la vez, como entendimiento grandiosamente excepcional que le basta oír para aprender, que aprende y ya puede enseñar, que al enseñar descubre horizontes no vislumbrados por el maestro; en una palabra, que presiente lo que otros saben y que inventa lo que no sabe ninguno.

Siendo esto así, claro es que las interpretaciones de tal libro han de responder a la mentalidad de cada lector, o al criterio de cada agrupación en que por comunión de pensamiento o de creencia se agrupen los hombres, y, pensando en esto, se cae en la cuenta de que quien dio libertad a los galeotes, poseído de una idea de justicia superior a la de la ley y de los tribunales; quien inspiró a la pastora Marcela la manifestación del derecho de la mujer a la libertad, desconocida aún hoy, cuatro siglos después, en nuestras costumbres y en nuestra legislación; quien apostrofó a los frailes llamándoles gente endiablada y descomunal, persiguió a lanzazos a los acompañantes de un entierro y perturbó gravemente una procesión de disciplinantes en rogativa; quien ridiculizó a la autoridad en las personas de los alcaldes del rebuzno, y quien presentó simpática y respetable la persona de Roque Guinart, capitán de bandidos, mostrando luego al privilegio sumergido en estéril molicie en el palacio de los duques, bien puede ser un revolucionario.

Y para que esta opinión mía, si verdadera en sí, falta de poder persuasivo por mi insignificancia, vaya robustecida por el prestigio de persona competente, ahí está el testimonio de Emilio Chasle, ilustre profesor de literatura extranjera de la facultad de Letras de Nancy, quien ha escrito: “Vuelvan a leer el Don Quijote los hombres de nuestros días, que por la edad han adquirido la experiencia y el sentido de las luchas sociales, y les sorprenderá ver empeñarse allí entre el caballero y el patán, la lucha que acabará algún día por una revolución”.

No ha de olvidarse, como dato necesario para interpretar el pensamiento de Cervantes, que volvió a su país y a su familia mutilado, pobre, menospreciado consiguientemente, y que, hallándose dotado de vigorosa inteligencia, hubo de ejercitarla en época en que se hallaba en su apogeo el Santo Oficio, cruelmente intolerante contra todo innovador.

A pesar de tan atendibles consideraciones, véase una impresión recibida hace algún tiempo:

En dos periódicos extranjeros, uno francés, La Raison, otro belga, L'Express, leí que el Diario Universal, de Madrid, publicaba una comunicación de los penados del correccional de Ocaña, en que se pedía una amnistía para solemnizar el centenario del Quijote, en conmemoración de la libertad de los galeotes, hazaña valerosa y justiciera realizada por el gran manchego.

Sin tener en cuenta el espíritu de rebeldía que informa el acto, ambos periódicos recordaban que aquellos infelices, una vez libertados, apedrearon a su libertador, y convenían en calificar tal conducta de negra ingratitud, la cual, debidamente apreciada por el gobierno, había de ser desfavorable a los peticionarios.

Así juzgará también el que se impresione sólo por la noticia transcrita, o el que lea la Historia del Ingenioso Hidalgo sin ahondar en su estudio con rectitud de juicio; pero la verdad lisa y llana es esta:

Después de enterarse D. Quijote de los delitos y sentencias de los presos que tenía delante, y considerando, como les dijo, “que el poco ánimo que aquél tuvo en el tormento, la falta de dinero deste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio del juez hubiese sido causa de vuestra perdición y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades”, pidió a los conductores la libertad de los presos, fundándose en que “me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres”.

La petición fue naturalmente desechada, y habiendo hecho armas Don Quijote contra los conductores, los galeotes se aprovecharon de la confusión para romper sus cadenas, lo que lograron al fin.

Llegado este caso, no sólo no se manifestaron ingratos los recién libertados, sino que, dispersos ya, al llamamiento de D. Quijote acudieron todos, le rodearon, y, a la petición que les hizo de que tomaran su cadena y fueran con ella a postrarse ante la señora Dulcinea del Toboso, respondió en nombre de la colectividad Ginés de Pasamonte, el reputado como más criminal, manifestando en términos respetuosos su agradecimiento y solicitando, en vista de la imposibilidad de realizar aquel mandato, que le cambiase por la obligación de rezar oraciones a su intención, que cumplirían de buena voluntad.

Encolerizado entonces D. Quijote, injurió cruelmente a Ginés —“don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo o como os llamáis”, le dijo— y trocado el beneficio en ofensa, quedaron horros los galeotes del deber de la gratitud, y obraron en consecuencia.

Esa falsa interpretación de detalle que dejo rectificada, expuesta por órganos ilustrados y aun radicales de la opinión pública, revela la existencia de un falso criterio, de cierta predisposición, por prejuicios bastante extendidos, para falsear la interpretación recta y general de aquel gran libro.

Reputados comentaristas nacionales y extranjeros afirman que Cervantes no tuvo otro propósito que combatir los libros de caballería, sino que acontece que la pluma del hombre de genio va inconscientemente más allá de las intenciones causales. Quintana supone que “si su autor pudiera levantarse del sepulcro, y viera a unos apurar su ingenio, a otros su erudición, a otros su cavilosa metafísica y a todos sudar para hacer del Quijote una obra a su modo, quizás les dijera con compasión y risa: «En balde os afanáis si con esa disposición doctrinera pensáis gustar de mi libro ni hacer entender lo que vale... Me asombro de ver que haya en mi libro tantas cosas en que no pensé, y que sea menester tanto trabajo para descifrar y dar precio a lo que a mí no me costó ninguno»”.

Valera dice: “No llevaba Cervantes otro fin (censurar los libros de caballerías), y no se comprende cómo admiradores suyos lo desconozcan, suponiendo propósitos contrarios en el Quijote”.

Es un hecho, como asegura un comentarista italiano y confirma Quintana, que España estaba inundada de libros de caballerías, y sus despropósitos constituían la admiración de los ignorantes, el pasatiempo de los ociosos y quizá también de los discretos; pero Cervantes se propuso “acabar con aquella peste”, y lo consiguió cuando otros habían fracasado en la empresa, consistiendo su triunfo en que mientras otros críticos se habían dirigido casi exclusivamente a los intelectuales, y su influencia entre ellos se había estacionado, la obra de Cervantes tuvo curso general y aun principalmente popular, y el entusiasmo del pueblo le dio calor y vida.

Por otra parte, es evidente que si el Quijote no hubiera tenido otro objeto que aniquilar “aquella peste”, aceptando la frase del comentarista antes indicado, una vez logrado de modo tan a la medida del deseo de su autor, terminada su misión, hubiera caído en el más completo olvido, sin traspasar las fronteras, sin que nadie hiciera caso de tal libro en países donde por no existir la literatura caballeresca no habría hallado lectores que con él conformarán sus pensamientos y sus sentimientos, ni menos hubiera llegado a la época actual en que la inmensa mayoría de los lectores sólo por el Quijote tienen noticia de que han existido los libros de caballerías.

Lo cierto es que el Quijote, con intención de su autor o sin ella, probablemente lo primero, si se considera que escribió su obra cargado ya de años, de experiencia y de desengaños, contiene una crítica social y presenta aquella antítesis existente entre lo positivo o, por mejor decir, lo que sucede, y lo ideal, o lo que debe suceder, que es lo que constituye lo que en nuestros días se domina el problema social. Por algo han dicho notables pensadores que el Quijote, habida consideración a que la justicia, la bondad y la belleza son anunciadas por la locura y recibidas en el mundo por la crueldad y la burla, es uno de los libros más tristes que se han escrito.

Ahora, considerando divididos los intérpretes por preocupaciones atávicas y procurando cada cual sujetar al suyo el criterio del autor, paréceme útil presentar a los lectores en general y particularmente a los trabajadores algunas observaciones encaminadas, no a dar una interpretación más del Quijote, sino a prevenir contra las interpretaciones aburguesadas de regresivos y de estacionarios, dejando libre vía a las interpretaciones racionalmente progresivas, a fin de que lleguen hasta donde puedan llegar y pongan término a ciertos extravíos que empequeñecen y desnaturalizan el pensamiento de Cervantes y el alcance de su obra. Al fin el Quijote es como un documento más para el estudio de la sociología, interesante para el proletariado como clase social especialmente capacitada en nuestros días para impulsarla obra del progreso de la humanidad.