El ciclo de la rutina

(Renovación, 29/05/1912)

El día 1º de mayo los católicos celebran la fiesta del apóstol Felipe y los socialistas la fiesta del trabajo.

He aquí la característica de tales fiestas en esa fecha:

Un Felipe, que no sé a punto fijo si es el diácono o el apóstol festejado en ese día, convirtió a Simón, inventor de la simonía, así definida por el diccionario: “tráfico criminal de las cosas sagradas”, cuya influencia y consecuencias ocupa lugar predominante en la historia.

La festividad del trabajo, transformación de enérgica protesta en liviana frivolidad, desvía al proletariado de la vía emancipadora.

No por culpa del Felipe festejado, sino por atavismo lucrativo y usurario, se inició en la propaganda evangélica de los primeros tiempos la tendencia que en el transcurso de los siglos ha dado lugar a que se hable de una religión del dinero.

Del mismo modo, tras el generoso sacrificio de los acratistas de Chicago por la huelga de 1º de mayo, ha sobrevenido la desviación político-socialista, que debilita las energías proletariadas y prolonga la dominación del capitalismo.

Los dos Felipes evangelizaron con sinceridad y por ello recibieron la palma del martirio; pero el neófito Simón pensó en comprar con dinero la gracia del Espíritu Santo, y aunque Pedro, el que hizo cantar tres veces al gallo, le aterrorizó con sus censuras, la idea simoníaca fundó un sistema que ha dominado constantemente y por el cual muchas veces se ha adjudicado la autoridad espiritual al mejor postor.

Los mártires de Chicago quisieron imponer la jornada de ocho horas a partir del 1º de mayo de 1886, mas para que fracasara el enérgico movimiento obrero suscitado con tal motivo, surgió la bomba policíaca de Haymarket, el proceso subsiguiente y el sacrificio de cinco hombres inocentes, que el socialismo ha esterilizado con una mixtificación democrática que da babiecas a los comicios, despabilados a los parlamentos y masas de manifestantes al 1º de mayo.

He ahí por qué los proletarios conscientes, los que alcanzan personalidad suficiente para no ser átomos de la masa, dan su merecido valor a la fiesta del trabajo y en general a las fiestas místicas, a las cívicas y a las puramente populares, dejando para las masas abúlicas y misoneistas que aun existen y que explotan los falsos redentores el cuidado de cantar y bailar al son que toquen los que se inspiran en el calendario, quienes celebran el patrón de su pueblo, asisten a paradas y procesiones, hacen corro a todos los charlatanes, dan juguetes a los niños el 6 de enero, se entusiasman el 11 de febrero, entierran la sardina un miércoles de marzo, comen bacalao y acelgas los viernes de marzo y abril, comulgan en abril, manifiestan en mayo, queman trastos viejos el solsticio de verano, visitan los cementerios y comen castañas el 1º de noviembre, se hartan, embriagan y piden aguinaldos el solsticio de invierno, y vuelta a la rutina el año siguiente.

El día 14 de julio de 1890, primer aniversario de la toma de la Bastilla, se celebró en París la fiesta de la Federación, que se consideró como fiesta de la Igualdad y de la Fraternidad. Aquel día pareció haberse realizado el más bello, grande y justo ideal de la humanidad. Después de más de un siglo, el 14 de julio celebra Francia tradicionalmente aquella fiesta, que denomina de la República, haciendo en París, y sobre el mismo terreno en que se juró el pacto fraternal, una terrible ostentación de regimientos, escuadrones, baterías, aeróstatos y aeroplanos militares.

¡En qué degeneraría esa fiesta del trabajo si los trabajadores sindicalistas no se despabilaran a demostrar que no estamos para fiestas!

No; el proletariado consciente tiene algo más serio e importante que hacer, vista la incapacidad progresiva de la burguesía: ha de tomar por su cuenta la energía evolucionista que se desprende del funcionamiento del conjunto social, y ha de despojar de obstáculos la vía del progreso hasta llegar a la justificación de la sociedad.