El "Quijote" revolucionario

Crítica social

(Renovación, 29/05/1912)

Cuando Alonso Quijada o Quijano, tras enfrascarse en la lectura de libros de andantesca caballería, dándose el nombre de D. Quijote de la Mancha, determinó salir y salió al campo en busca de tuertos que enderezar, deudas que satisfacer y sinrazones que corregir, cayó en la cuenta de que no era armado caballero, y de tal modo le impresionó esta consideración, que estuvo a punto de cejar en la comenzada empresa; mas tranquilizóse pronto con el propósito de pedir la iniciación al primer caballero con que topase, y pasó adelante, que no hay mejor arbitrista que la imaginación concordada con la vehemencia del deseo.

Pronto remedió esta necesidad el ventero del primer castillo que le sirvió de albergue, cuyo personaje prestándose de buen grado a la solicitud del aspirante a la orden de caballería, atendió su ruego y le dio de paso el saludable consejo de que se proveyera de dineros y camisas limpias. La cosa era por demás sencilla, pues todo el toque de quedar armado caballero consistía en una pescozada y un espaldarazo con una espada, que habían de darse teniendo a la vista un libro abierto, que tanto podía ser la Biblia como el de los asientos de paja y cebada de una venta, y a tan poca costa quedaba el novel caballero en posesión de una gracia sublime, que le comunicaba aptitud para juzgar con absoluta justicia en los conflictos que a su solución se presentasen y era además transmisible por su mediación a otros individuos, y capaz de ennoblecer hasta aquellas mozas del partido de que habla la historia, que, por la benevolencia del agraciado, se llamaron a partir de aquel momento, doña Tolosa y doña Molinera.

Bien sabía D. Quijote que cada uno es hijo de sus obras; mas, por una contradicción aun no suficientemente evidenciada por la evolución progresiva, necesitaba pagar tributo a lo maravilloso, prosternándose irracionalmente ante lo imaginario y sobrenatural, y aquel pobre loco hizo lo que hacen todos los cuerdos del mundo, pedir a vanas ceremonias la merced de la gracia.

Así, agua lustral, agua bautismal, imposición de manos, bendición, tres golpes simbólicos, palabras sacramentales, palabra sagrada, pescozada y espaldarazo son ceremonias a que se atribuye el mágico poder de purificar y transformar substancialmente las cosas y las personas, saltando sobre la infranqueable ley de las causas y los efectos, haciendo además justicia sectaria, parcial y puramente nominal, y por tanto injusticia positiva, allí donde la ignorancia impone sus torpes limitaciones y deja en el desamparo del error y de la iniquidad a la generalidad de los hombres.

Caballero ya, y enamorado, es decir, hallándose en gracia y con un ideal a cuestas, si bien la gracia era tan poco eficaz que no logró arreglar en justicia sino que agravó el conflicto entre el obrero Andrés y el burgués Haludo, y el ideal atribuía la sin par hermosura de Dulcinea a la rústica campesina Aldonza Lorenzo, que conocía de oidas, D. Quijote no supo hacer cosa mejor que lo que hace en su caso todo el que lleva algo en la mollera, que es tratar de imponer su ideal a quien no le comprende ni le siente; y así salió al camino a exigir a los mercaderes toledanos la declaración de que Dulcinea era la doncella más hermosa del mundo. No sirve que el buen sentido, por boca de uno de la caravana, exponga razonablemente que sin conocerla no podían en conciencia hacer tal declaración; el idealista atropella por todo, y, lanza en ristre, acomete la hazaña de persuadir a los incrédulos. Del mismo modo vemos que en los vaivenes con que la historia consigna el largo predominio de los antiprogresivos y el efímero de los revolucionarios, tras las alternativas de lucha de ambos bandos, hay períodos denominados terror blanco o terror rojo, cuya génesis radica en algo que tiene analogía con aquel acto quijotesco.

Vuelve o le vuelven a su casa a curarse de los porrazos recibidos, y en ella deudos y amigos, tomando por causa eficiente de la locura del lesionado lo que a lo sumo podía ser concausa, deciden someter su biblioteca a riguroso escrutinio, y otra vez vemos allí un criterio dominante que se impone, el del cura, que otorga la merced de la vida a los libros que con él concuerdan o tienen alguna analogía, y condena sin remisión al fuego a los contrarios. ¡Pobres libros! producto del saber y del sentir, expresión de un ideal forjado en cerebros de determinada época como efecto de la evolución histórica que, juzgados por la parcialidad de un enemigo, tal vez incapaz de superarlos y ni siquiera de igualarlos, dejan en la memoria un nombre infamado y son destruidos sin esperanza de reparación. ¿Merecían tal castigo? Un comentarista inglés, Thomas Roscoe, dice a este propósito: “No hay duda que la mitología caballeresca contribuyó a inspirar nociones muy puras de honra y de moralidad a las naciones modernas. Desde luego purificóse el amor, de manera que sin encarecimiento podemos decir que seguramente debemos a los autores de Lanzarote, Amadis y Orlando la exquisita galantería que distingue a las modernas naciones europeas de los pueblos antiguos; ese respeto a la mujer, rayano en idolatría que los griegos desconocieron por completo. Briseida, Andrómaca y Penélope caían resignadas en los brazos de sus conquistadores, que hacían de ellas sus esclavas al par que sus esposas. La buena fe en los tiempos modernos, se ha puesto al servicio de la fuerza, proclamándose que la felonía es deshonra. Los antiguos la tuvieron por inmoral, pero no la consideraron vergonzosa. El sentimiento del honor fue íntimamente enlazado con nuestra propia existencia, la deshonra se juzgó peor que la muerte y el valor una cualidad indispensable, no sólo para el soldado sino para el hombre en general, sin distinción de clases ni de categorías”. Por donde se ve que el escrutinio de los libros puede merecer graves censuras. Sin embargo no podía ese pasaje ser inspirado por iracundo fanatismo, si se considera, como hace notar el autor citado, que “ninguno de los libros condenados a la hoguera es tildado de falta de numen”, y procediendo así, Cervantes bien pudo pensar que la manifestación del pensamiento corresponde al curso de la evolución intelectual, por lo que el mejor libro, para la posteridad, siempre resultará deficiente ante descubrimientos no realizados a su aparición.

Inspiración sublime, grandiosa concepción de la justicia en las relaciones humanas brilla en estas palabras: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían, ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío... Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes... La justicia se estaba en sus propios términos...” y si, como sigue diciendo, el oro se estima tanto; la justicia es menoscabada, turbada y perseguida por los términos del interés; si la ley del encaje se ha sentado en el entendimiento del juez; si el fraude, el engaño y la malicia se ha mezclado con la verdad y la llaneza, breve, pero expresivo resumen que presenta todo el mal cobijado en una sociedad, ahí están los caballeros andantes, bien pudiéramos decir los que impulsan las ciencias, los que se rebelan contra la arbitrariedad, los que obran inspirados por noble y consciente altruismo, que socorren las víctimas de la sociedad privilegiada, infundiendo legítimas esperanzas de redención, suscitando poderosas energías, destruyendo lo que sirve de sostén a follones embaucadores, malandrines tiranos y gigantes explotadores. Y en resumen, bien pudiera ser que lo presentado como pretérito, merced a un recurso ingenioso para pasar libremente por la estrecha censura de la época, fuera el ideal futuro concebido por la intuición del genio.

Nada más claramente defendido en el Quijote que el derecho de la mujer. Después de someter el protagonista todos sus nobles afanes al propósito de enaltecer a la dama de sus pensamientos, presenta a la mujer ricamente dotada de bondad, estimulando al hombre con sus gracias, considerando, sin duda, como un sabio de nuestros días que “el hombre y la mujer constituyen dos organismos esencialmente diferentes que no llegan a formar perfectamente la noción genérica normal «de hombres» sino completándose mutuamente”. Y cuando el autor expone en abstracto y separado el derecho femenino, hace decir fieramente a la pastora Marcela: “Yo nací libre, y para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos... Tengo libre condición y no gusto de sujetarme”.

Quedan aún que examinar dos órdenes de consideraciones de carácter social: la condición y las creencias.

Sobre el primer punto Cervantes es claro y terminante. De humilde extracción y conocedor modesto de sus propios méritos, viendo tanto magnate incapaz, no podía en justicia deprimir sistemáticamente su clase y condición ni enaltecer la opuesta; por eso, reconociendo, como hace decir al protagonista, que “hay dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derivan su descendencia de príncipes y monarcas, a quienes poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta; otros que tuvieron principio de gente baja y van subiendo de grado en grado hasta llegar a ser grandes señores”, acaba por declarar que la verdadera nobleza consiste en la virtud, y al hablar del pobre honrado, expresa esta duda equivalente a tremenda censura: “si es que puede ser honrado el pobre”. Ofrece además el contraste que resulta entre aquel duque y duquesa, ociosos y dedicados exclusivamente a fiestas y pasatiempos, representación de esa aristocracia tan imbécil como inútil y perjudicial, y Roque Guinart, que aunque en declarada rebeldía contra la sociedad, “es de natural compasivo y bien intencionado, y al que se le habían eslabonado las venganzas de manera que, no sólo las suyas, sino las ajenas tomaba a su cargo”.

Respecto de las creencias, si se tiene en cuenta la época, carecen de valor las manifestaciones católicas del autor ante ciertas indicaciones acerca de curas y frailes, si se considera el apostrofe a los encapuchados que llevaban la imagen en procesión, y por último cuando se da con este pasaje que choca nada menos que con la excomunión: “En memoria tengo lo que le pasó al Cid Ruy Díaz, cuando quebró la silla del embajador de aquel rey delante de su Santidad el Papa, por lo cual le descomulgó, y anduvo aquel día el buen Rodrigo de Vivar como muy honrado y valiente caballero”.

En cuanto a la autoridad, queda herida en el Quijote por el ridículo, ora cuando D. Quijote y Sancho discuten sobre si son regidores o alcaldes los rebuznadores, conviniendo en que “tan a punto está de rebuznar un alcalde como un regidor”, ora cuando Sancho asegura que puede ir con el rucio a gobernar su ínsula, porque “ha visto ir más de cuatro asnos a los gobiernos”.

En resumen: si Cervantes hubiera vivido en época de libertad de imprenta y después de Laplace y Darwin; ante las grandes verdades científicas, y libre de la tiranía teocrático-inquisitorial, hubiera dado seguramente amplitud a su genio, pero no necesitando el resguardo del símbolo para manifestarse, no contaría hoy la literatura universal con esa maravilla, a la vez que importante documento sociológico, que en todas las lenguas de la civilización se conoce con el nombre de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.