El "Quijote" revolucionario

Idealismo y realismo

(Renovación, 05/01/1912)

Frescas aun en la mente de Sancho las promesas de su señor, en cuanto vio terminada la pendencia con el vizcaíno, le pidió de rodillas la ínsula ganada en aquella feliz aventura. Don Quijote, con toda la sensatez de un loco que trata de persuadir razonablemente a un cuerdo que se sale de quicio, le recomendó que tuviera paciencia, porque aquella aventura y las a ella semejantes no eran de ínsulas, sino de encrucijadas, en las que no se gana otra cosa que sacar la cabeza rota o una oreja menos; otras se presentarían en las que, no sólo podría hacerle gobernador, sino más aun, y así el buen escudero quedó contento y agradecido.

Tengo este pasaje quijotesco por uno de los más culminantes para mi asunto.

Otro que no le va en zaga es aquel en que, saliendo don Quijote por tercera vez a sus aventuras, discurre con Sancho, y ambos elevan el utilitarismo a las alturas de una vida eterna. Para don Quijote, “los caballeros andantes más hemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que en la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza, la cual fama, por mucho que dure, se ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin señalado”. Mientras que Sancho, considerando que vale más resucitar a un muerto que matar a un gigante; que es mejor la fama del santo que resucita muertos y hace otros milagros, que la de cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo, quiere “que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos”.

No pueden tomarse muy al pie de la letra estas aspiraciones de caballero y escudero; porque si bien don Quijote declara que los caballeros andantes “hemos de matar, en los gigantes, a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos, y el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros”, ya en su segunda salida, olvidando que los bienes terrenos y perecederos son pesada impedimenta para una vida destinada a las sublimidades idealistas, porque donde está tu tesoro allí está tu corazón, había encargado a Sancho que llevase alforjas, y se había provisto de dinero, camisas limpias y demás cosas que pudo, siguiendo el consejo de aquel ventero que le armó caballero, que era, no doctor en teología, sino licenciado en todo género de picardías, por lo que se había dado a conocer por cuantas audiencias y tribunales había en casi toda España. Y en cuanto a Sancho, por más que reconoce que “más alcanzan con Dios dos docenas de disciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o a endriagos”, patente es la marrullería con que trató el asunto de los azotes del desencanto de Dulcinea.

Paréceme, y no lo afirmo categóricamente porque prefiero que el lector lo afirme o lo niegue por cuenta y responsabilidad propias, que la división de los hombres en idealistas y realistas es uno de tantos convencionalismos corrientes; y tal vez no sea forzar demasiado el pensamiento de Cervantes, ver en los pasajes citados el intento de demostrar que si idealista quiere decir hombre separado de la realidad por la imaginación, y realista, el utilitario que se atiene exclusivamente a lo práctico y positivo, uno y otro son utilitarios que desconocen la realidad y quieren acomodarla a sus deseos y aspiraciones; cada uno por su parte es idealista y realista en una pieza, porque ambos, por ilustrados y experimentados que puedan ser, son aun ignorantes respecto de la extensión del propio ser, y más aun de la del medio natural en que nacen, viven y mueren; siendo en esto lo cierto, que hay hombres cuya mentalidad está dominada por la inteligencia y dan a los más arduos problemas apariencias de solución, y otros que sólo piensan en las necesidades inferiores, sin que a ninguno de los dos les salga la cuenta.

Forzado a volver al tema de las interpretaciones, que no pude agotaren mi artículo anterior, encuentro este pensamiento de Echegaray, enunciado en su discurso de recepción en la Academia Española: “No se propuso Cervantes, según ciertos críticos, pintar el eterno conflicto entre la realidad impura y el soñado idealismo; ni es de creer que sobre preconcebidos planes de profundos problemas trazase las inmortales páginas del Quijote; pero lo que él acaso no se propuso, resultó por sublimes caprichos de la inspiración; que grandes obras, sin un alma grande que las inspire, no existen: lo que sí concedo es que en la generación artística, como en toda generación, lo ajeno a la voluntad entra por mucho, y que quien pone en apreturas de alumbramiento a un monte, engendra un ratoncillo, y a veces sin más pretensiones que el placer de unos instantes se engendra un genio”. A cuyo pensamiento contestó en el mismo acto Castelar con este otro: “Lo sumo del arte se halla en quien sabe, como Cervantes, pintar un tipo de lo eternamente ideal y otro tipo de lo eternamente real; en quien pone, como Calderón, junto a un pensador como Segismundo, un gracioso como Clarín; en quien, a manera de Montañés, por sabio estudio anatómico, esculpe un cuerpo animal de joven hermoso en el Crucificado, y luego con el espejo ustorio de su inspiración religiosa coge del cielo y concentra sobre cara y cabeza, donde comienza el alma, un rayo de la divinidad”.

Bellezas literarias graciosas y alegres mariposas que revolotean alrededor de la ardiente luz de genio, que se destruyen con su contacto o pasan y se alejan dejándole intacto e imperecedero. Con tanto saber, los que saben lo que les enseñan sus maestros y aplican a la obra genial la medida de esos conocimientos, que, entre las verdades puramente tales y fijas llevan el bagaje de todos los prejuicios y de todos los errores tradicionales con que el humano afán de saber ha suplido siempre la verdad no descubierta, no pueden juzgar la obra del genio intuitivo, del precursor, del que es capaz de saber sin estudiar y aun sin darse cuenta de que sabe, o que, partiendo de un principio sólo accesible al genio, se extiende a sublimes generalizaciones en virtud de una lógica que es al común de las gentes lo que el álgebra para el salvaje que cuenta con los dedos. Bien puede aplicarse a esos tales el cuento de aquella viuda hermosa y rica, de que habla don Quijote en el capítulo XXV de la primera parte de su historia, que, enamorada de un joven motilón y rollizo, la reprendió su mayor, porque, siendo tan principal se había enamorado de un hombre tan soez, teniendo a mano tantos maestros, presentados y teólogos donde podía escoger como entre peras, a lo que respondió la interesada con donaire y desenvoltura: vuestra merced está muy engañado y piensa muy a lo antiguo si piensa que he escogido mal en fulano, por mal que le parece, pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe y más que Aristóteles.

En efecto, ¿qué saben los engañados críticos, que piensan tan a lo antiguo, para qué quería Cervantes ese hombre formado de dos mitades llamadas don Quijote y Sancho?

Me parece digno de ser conocido y que encaja aquí perfectamente el juicio de Laurent Tailhade sobre Cervantes, manifestado con motivo del proyecto de la erección de una estatua en París al autor del Quijote.

Dice así:

La grandeza de Cervantes es sólo comparable a la de don Quijote. Por los ásperos caminos de la locura y del dolor va el verdadero hidalgo, el esforzado guerrero, el generoso adalid, a la más gloriosa conquista, a una victoria que excede mucho en mérito a lo que él mismo pudo soñar del Cid y del sin par Amadis de Gaula. Don Quijote, antes de morir, comprende la significación verdadera del mundo y de la vida, y les perdona, porque sus idealismos invencibles y aquel sublime ridículo que envolvió su existencia, le preservaron de los contactos que avergüenzan y deshonran y dejaron libre y majestuosamente erguida su orgullosa dignidad.

No hay libro más español que Don Quijote; ni tampoco lo hay más humano: es todo un manantial inagotable.

El siglo XVII no le comprerdió; el XVIII supuso que serviría de pantalla a pensamientos y sentimientos que no podían declararse brevemente; corresponde a nuestro tiempo, tan prendado de la realidad y tan embrutecido por el dinero y los negocios, descubrir el hidalgo de Cervantes.

El Caballero de la Triste Figura cabalga sobre un rocín asmático, que amolda su paso al del rucio de Sancho; vomita el bálsamo de Fierabrás, destroza los monigotes de Ginesillo y derrama a pinchazos el vino del ventero. Sin embargo, es el más grande y el más puro de todos los caballeros, más noble que los servidores del Graal o que los pares de la Tabla Redonda, puesto que, a través de la irrisión y de los golpes, y a pesar de la vejez y de las injurias, liberta los galeotes, socorre a los oprimidos y con su espada magnánima hostiga el hocico de los leones”.

Al terminar me ocurre la duda de que tal vez el lector, —a quien no deseo ver comprendido entre los que, no siendo capaces de las nobles locuras de don Quijote; ni de los razonables egoísmos de Sancho, tienen clasificación apropiada en la categoría de personajes que comprende desde el mozo cruel de los mercaderes toledanos hasta los parásitos duque y duquesa— no encuentre justificado el título general dado a este escrito. Por si acaso, digo en mi defensa. Reclus, anarquista considerado como eminencia científica, dice en su gran libro El Hombre y la Tierra: “toda evolución en la existencia de los pueblos proviene del esfuerzo individual”, y Cervantes, después de poner en la cumbre de la justicia y de la felicidad humanas la comunidad de bienes y la participación de todos y de todas en el patrimonio universal, hace decir magistralmente a don Quijote: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no se hace más que otro”.

Paréceme evidente la analogía entre la palabra del genio de ayer y la del maestro de hoy, y eso justifica el título El Quijote revolucionario.

Objétame un amigo, a cuyo juicio someto mi trabajo, que el abominable militarismo actual se apoya en el quijotesco discurso ensalzando las armas sobre las letras, y replico: el objeto atribuido a las armas en el pensamiento de Cervantes es la paz, el mayor bien que puede desear el hombre, y los revolucionarios, si abominamos las guerras encaminadas al predominio, la tiranía y la explotación, luchamos, y en tal concepto recurrimos a la fuerza y a las armas, porque, conociendo la grandeza y la inmanencia del derecho, tenemos presente que un estadista del siglo pasado, especie de santo padre de la Iglesia del Privilegio que azusaba a los burgueses diciéndoles: “¡Enriquecéos, enriquecéos!” dijo también como justificación de los usurpadores e insulto a los proletarios desheredados: “El derecho no es nada cuando no se cuenta con la fuerza para que prevalezca”.