El derecho a la salud*

Exposición del tema

(Renovación, 29/06/1912)

Con tranquilo respeto y sin modestia de urbanidad convencional, considero como un gran honor ocupar hoy esta tribuna, y agradezco profundamente esta honrosa distinción al ilustre presidente del Instituto Médico Social de Cataluña, que me ha creído digno de ella.

Confiado en la benevolencia de la docta corporación bajo cuyos auspicios me presento, y en la de mis buenos compañeros trabajadores que han acudido a manifestarme sus simpatías y a animarme, he emprendido este trabajo, dudando de mi competencia, aunque poniendo gran empeño en su realización.

Declaro además que he aceptado este especial empeño por una razón para mí fundamental, en vista de cómo se pierde el tiempo en intransigencias sectarias, dejando en desconsolador abandono los conciertos posibles, racionales y de fuerza positivamente progresiva, y es la siguiente: tras una larga lucha por mi ideal, que he deseado siempre que fuera el ideal único de la humanidad entera, puesto que he procurado fundarle en principios de justicia, en condiciones prácticas, y me le he representado como justificación de la Sociedad, he considerado que todo idealista ha de persuadir a los otros, no de que el ideal propio es el mejor, sino que todo hombre ha de proponerse, por inteligencia y voluntad propias, un ideal social bueno; todos en el mundo hemos de aspirar a que, conscientes y libres el hombre y la mujer, racionalmente educados en mi infancia y en disposición de evolucionar y progresar libremente, vivan en una Sociedad donde por la organización del trabajo, por los servicios públicos y por las instituciones fundadas, desarrolladas por las iniciativas individuales harmónicas, hallen todo lo necesario a su existencia, de modo que ésta resulte una vida sana, amplia y feliz.

Así, no por sugestión, no por explotación ni excitación de la voluntad ajena, sino por determinación natural de la voluntad de todos, concordando y coincidiendo con la nuestra y con nuestros motivos determinantes, tendremos, primeramente la prueba evidente, evidentísima, de la bondad del propio ideal, y después la fuerza necesaria para que de nebulosa pase a convertirse en admirable sistema de movimiento, vida y luz, presidido por esplendente sol de justicia. No mi verdad, que es falible; la mía fundida, refundida y confundida en la de todos es la verdad suprema, infalible, y, en último término, la mía también.

La coincidencia y la acción común fundada sobre el éxito de tal sistema de exposición, de propaganda y de proselitismo, aspiración verdaderamente racional y práctica, no sólo es la más positiva, la más noble y la más eficaz de todas las propagandas, sino que constituye por sí misma la garantía previa de la justificación social futura y me parece superior al más bello ideal concebido por los soñadores futuristas.

Sea dicho con todos los respetos y deponiendo todo vestigio de animosidad: los sabios graduados por la Universidad suelen despreciar los juicios populares. Para ellos el socialismo de los pobres es un juicio simplista, semejante al del cándido ignorante que cree todavía en la genesiaca inmovilidad de la Tierra, y no hay quien le apee de que el día y la noche se deben a que el firmamento gire sobre sí mismo cada veinticuatro horas; error que tiene fundamento de fe, de tradición y aun apariencia de experiencia. Pero ¿no podría hallarse analogía con tales juicios simplistas de los ignorantes, de los desheredados, de los reducidos a sistemática ignorancia, la opinión de aquellos sabios, de aquellos doctores que tienen por invariable el actual régimen social? Ello es que en este caso concreto ignorantes y sabios ven a su modo un hecho, despojado de antecedentes y consiguientes; juzgan por la primera impresión; no saben ver, y la noción que recibe su cerebro es falsa.

A rectificar juicios de esa índole, a indicar sencillamente una orientación racional tiende hoy mi trabajo.

Los doctores del privilegio, teólogos o naturalistas, han solido aconsejar la calma a los desheredados impacientes, y la paciencia fue virtud teologal y virtud cívica, según el punto de vista, premiada con promesas sobrenaturales y a veces temporales por benéficas sociedades burguesas; pero en el día, desde La Internacional, y posteriormente desde las crueles represiones gubernamentales subsiguientes a sus primeros movimientos, la calma esimposible; la antigua virtud ha perdido su prestigio, y los trabajadores, conscientes de su derecho a la salud, piden a la ciencia frutos de justicia.

Mi presencia en esta tribuna representa esa demanda.

Dignificado por mi condición de obrero manual, elevado momentáneamente a esta tribuna después de una vida de cincuenta y tantos años de taller; libre de toda ambición como corresponde a un viejo septuagenario que quiere conservarse digno hasta su último momento, a los hombres de ciencia me dirijo, a los médicos del Instituto Médico Social, considerados, no ya como trabajadores intelectuales, denominación que divide y los separa de los trabajadores manuales, sino como compañeros de trabajo unidos todos en el concepto de la utilidad y la unidad social, y les expongo que vivimos en una sociedad en que se vive sin salud, se muere prematuramente, y que no debiera morir nadie antes de lo que pudiéramos llamar la hora fisiológica.

El hombre menoscabado en su vitalidad natural, el enfermo, lo es siempre por creencias erróneas, por injusticias sociales, por avidez de lucro. Aparte de otras muchas causas de limitación prematura de la vida, se padece hambre y envenenamiento la alimentación es deficiente para el pobre en el campo, y en la ciudad, sobre deficiente, adulterada.

He aquí por que una corporación científica ha adoptado la siguiente resolución que merece ser imitada:

El Sindicato Médico del Sena, que comprende París y sus suburbios, en vista de que los hechos demuestran que gran cantidad de los alimentos de uso diario son adulterados; considerando que los sindicatos médicos en general y los médicos en particular tienen el deber de defender la salud pública, decide continuar el estudio de las falsificaciones, exponiendo públicamente las irregularidades que resulten”.

Compañeros de trabajo he dicho; así se presentan, así quiero verlos, unidos en el pensamiento de defender la salud pública, y esto, no en la forma de corporación privilegiada, de tendencia aristocrática ni burguesa, sino constituidos en simple sindicato, como trabajadores que reúnen la suma de sus derechos imprescriptibles para constituir una fuerza mayor de derecho al servicio de una idea social justa, avanzando en tan noble propósito hasta presagiar que un día sientan la necesidad de entrar, en unión de otros sindicatos científicos, en la gran Confederación del Trabajo, no sólo con la idea transitoria de resistir al mal, sino con positiva competencia y con moralidad impecable, con el propósito definitivo y permanente de reorganizar la producción, los servicios públicos, la instrucción y la higiene de modo que nadie quede exceptuado de los n mensos beneficios del saber y del poder.

Preciso es reconocerlo y declararlo: en el mundo hay sitio para todos unidos en bellísima fraternidad, y si en un momento las fuerzas generadoras llegaran a hallarse excedentes sobre las fuerzas conservadoras, confiemos en que por sí mismas obrarían la necesaria nivelación con la misma natural sencillez que se nivelan las aguas desbordadas. Por el momento, ni hemos llegado a la densidad de población que justifique las sangrías ocasionadas por la guerra y por la miseria, ni podemos quejarnos por la falta de espacio, porque además de los países escasamente poblados, tenemos los desiertos que la ciencia y el trabajo pueden convertir en parajes habitables. Sin contar que, con los actuales medios de producción, con nuestros conocimientos técnicos y con nuestro poder organizador del trabajo, duplicaríamos la producción, ya sobrante para la totalidad de nuestras necesidades si no existiera el derroche de la vanidad y el monopolio del agio, si no predominara el privilegio.

¿Quién lo duda? ¿Quién puede señalar límites al poder de la ciencia? Recordad que el insigne Berthelot, fundado en los inmensos adelantos de la química, profetizó, sin que la profecía suscitara censuras ni protestas, que en el año 2000, por innecesaria, la agricultura habría desaparecido.

Todos sabéis que si alguien osó hablar de la quiebra de la ciencia fué un doctor sectario que, al ver en absoluta discordancia lo que se cree con lo que se sabe, achacó a debilidades del conocimiento lo que en realidad eran flaquezas de la fe. La ciencia, al contrario, más da cuanto más se la pide, y si por desgracia al presente presta aviadores, submarinos y potente artillería a la guerra, justo y digno es que mañana dé salud, merecida recompensa y vida feliz al trabajador, librándole del yugo de la esclavitud, de la servidumbre y del salariado, relegando a la historia el derecho de accesión que le despoja del fruto de su trabajo.

 

* Conferencia leída por Anselmo Lorenzo en el Ateneo Barcelonés, bajo los auspicios del “Institut Médic Social de Catalunya”, de que es presidente el Dr. Queraltó, el 21 de abril de 1912.