El derecho a la salud

Generalidad sociológica

(Renovación, 14/07/1912)

La sociología, ciencia de los fenómenos sociales, encaminada a la perfección de la vida de la humanidad, necesita del concurso directo de otras ciencias y del indirecto de todas en general por el encadenamiento lógico y natural de los conocimientos.

Una de las primeras en ese concierto científico, racional, es la medicina, dedicada a la conservación y restablecimiento de la salud, por su conocimiento especial de la higiene y de la terapéutica, y en tal concepto la Sociedad, en su metodización de las facultades colectivas en atención de las necesidades sociales, confía, ha de confiar necesariamente, al cuerpo médico, por su legítima competencia, el cuidado de la salud pública.

La entidad médica cumple su cometido, si no a la altura de la perfección a que es dado aspirar, a la medida que permite el estado presente de nuestro progreso social, extendiéndole admirablemente con los brillantes rasgos del genio y con los generosos impulsos del altruismo: por la prensa llegan constantemente a nuestra noticia los grandes triunfos obtenidos contra la enfermedad por el empeño científico de sabios eminentes y por el heroísmo profesional y benéfico en los grandes focos infecciosos, en los desastres guerreros, en los hospitales y en el hogar del pobre.

Dentro de la más estricta equidad parece que no pudiera pedirse más. Si las relaciones humanas no hubieran de salir de los límites del mutualismo; si la actividad individual hubiera de justipreciarse por unidades monetarias; si “el tanto más cuanto” no hubiera de exceder nunca del criterio de “a cada uno según sus obras”, y no fuera una necesidad imperiosa a la vez que un deber ineludible de conciencia entrar resuelta y ampliamente en el criterio opuesto de “a cada uno según sus necesidades”, y esto no ya por sentimiento caritativo sino por estricta justicia social, podríamos considerar intachable, por ejemplo, la conducta del médico que, llamado a curar a un enfermo, pone a disposición de su cliente todos los recursos de su saber, y se retira tranquilo cuando le da el alta y ha cobrado sus honorarios: aun servicio su correspondiente paga, y en paz. Pues no: el mutualismo, considerado generalmente como el fiel que marca la equidad entre el egoísmo y el altruismo, es esencialmente deficiente y ha de correrse del lado altruista siempre que sea necesario contrarrestar la influencia del egoísmo. Sin ese exceso generoso que no se cuenta, que no está sujeto a tarifa, que sólo por excepción se paga alguna vez y casi siempre en fama postuma, y en ocasiones tras un horrible crimen como el que llevó a la hoguera al ilustre médico Miguel Servet, ni habría progreso, ni sociedad, ni tal vez humanidad.

Porque ha de considerarse, rindiendo homenajea la más pura y estricta justicia, que el médico que asistió y curó a un enfermo no posee una ciencia completamente suya: si paga una patente, si pagó todos los derechos universitarios, si se sometió a todos los trámites que le autorizan para ejercer su profesión, no creó su ciencia. Por circunstancias que le favorecieron y que a muchos les son contrarias, la tomó del tesoro científico de la humanidad, formado por la observación, el estudio, el trabajo, la metodización y la conservación de los conocimientos de todos los países y de todos los tiempos, a que todos sin excepción tenemos derecho, como miembros sociales, como verdaderos socios de la sociedad humana, aunque sólo se concedan a los que tienen acceso privilegiado a la Universidad, escuela cuyo nombre, aunque no su práctica actual, indica la grandiosa generalización de su origen y de su objeto, que es y ha de ser la difusión universal del saber. Por consecuencia, el médico de mi ejemplo ha de considerar la enfermedad, de procedencia interior o exterior, padecida por su cliente, como un mal que ha de evitar para sí, para los que ama y para el cuerpo social que le ha dado aptitud y capacidad para evitarle y destruirle, y en tal concepto ha de conocer o a lo menos ha de estudiar las causas próximas y remotas que le producen, ha de trabajar para su extinción y simultáneamente para destruir sus efectos mientras existan. El ideal particular de todo médico y de toda entidad médica ha de ser, no sólo curar todos los enfermos, sino que todos se mueran de viejos. Y si se piensa como consecuencia que así los médicos se morirían de hambre, reformen la sociedad que tal injusticia hace verosímil. Nunca mejor ocasión que la presente, por dirigirme a personas de gran cultura, para encajar un pensamiento recogido en una de mis lecturas: “si la sociedad en que vives es injusta, no exhales vanos lamentos; ahí estás tú para reformarla”. He ahí justificada la indicación que antes hice respecto al sindicato médico: como trabajadores científicos, como reformadores pueden tener un puesto de honor en la Confederación del Trabajo.

A la humanidad, a la sociedad, manifestación positiva de su existencia, debe todo ser humano su poder y su capacidad productora, puesto que de ella recibe los elementos necesarios, inaccecibles al exclusivo e individual esfuerzo, para desarrollar y completar eficazmente su aptitud, y en esa natural y espontánea donación halla su legítima y suficiente recompensa.

Ya sé que este criterio no se halla tan generalizado como a mi entender debiera estarlo; pero me basta saber que existe una asociación denominada Instituto Médico Social, en que le veo reflejado, para considerarlo como dato importantísimo de acción progresiva contra todas las fuerzas estacionarias o regresivas que se opusieran a su marcha: una luz, por débil que sea, basta para romper en determinado recinto la densidad de obscura y negra masa de tinieblas.