El derecho a la salud

Terrible mortalidad

(Renovación, 14/08/1912)

Los actuales adelantos en medicina no concuerdan con la excesiva mortalidad de la época. No he de precisar cifras, que en una conferencia reduce siempre el oyente a relatividades comparativas, y en que, por tanto, no es necesaria la exactitud aritmética. Escaso es el número de los que alcanzan el término a que puede llegar la vida humana, y aun es dudoso que lo alcance alguien; ello es que en la escala de la longevidad no ascienden hombres y mujeres por igual y como resultado de identidad de condiciones vitales, sino mediante circunstancias accidentales de orden social.

La mortalidad de niños y ancianos, y el término medio de la vida, en relación con las clases sociales, comparados entre sí los datos propios por edades y por clases, dan resultados cruelmente asombrosos. Desconozco el número exacto y el aproximado; no importa: con una unidad de diferencia mortal ocasionada por ignorancia, descuido o privilegio, basta para lanzar enérgica protesta contra la causa o los causantes, porque la vida humana es respetable y ha de ser inviolable, y por serlo, como garantía del derecho de cada uno a vivir, de sí mismo y de los que amamos, es el objeto primordial de la ciencia, toda vez que al saber queremos dar satisfacción a las más nobles aspiraciones, deseos y necesidades de nuestro ser.

Pero no una unidad, incalculables unidades, prescindiendo de las matanzas bélicas, perdemos en tiempo de paz por el funcionamiento habitual de nuestro régimen social: hay poblaciones que presentan una mortalidad anual relativamente corta, y otras en que es exorbitante; dentro de una misma población hay también barriadas diferenciadas por la clase social de sus habitantes, que ofrecen también esa misma desigualdad. Hay oficios mortíferos por sí y otros por los accidentes que ocasionan, dándose el triste caso de que por regla general la higiene y la previsión que pudiera atenuar tanta desgracia sea desatendida por infame idea de lucro, por no disminuir en ínfima cantidad el dividendo capitalista. Tomando la mortalidad por edades, según la clase social de los individuos, la muerte se ceba preferentemente en los pobres, sacrificando vidas de niños y ancianos con profusión, y reduciendo el término medio de la vida a una proporción comparativa horrorosa y hasta odiosa.

Triste, pero imprescindible es consignarlo: en una publicación científica y con la firma de un médico he hallado los siguientes datos y pensamientos:

La medicina es la ciencia de curar las gentes. Así resulta de lo que se lee en los libros que tratan del asunto y de lo que aprendimos en los hospitales universitarios: pero en la práctica de la vida...

Los días festivos venía a mi clínica un aprendiz de zapatero, su tez era verdosa como el yeso enmohecido, y padecía vértigos y desvanecimientos. Trabajaba desde las seis de la mañana hasta las once de la noche, en una estancia estrecha, obscura y húmeda. Hubiera necesitado abandonar aquel tugurio infecto, salir al campo y correr libremente al sol y al aire libre... Hube de limitarme a prescribir al paciente hierro y arsénico, y tranquilizarme pensando que había hecho algo por él.

Otro día se me presentaron un tejedor tísico, una lavandera y planchadora con eczema en las manos y un carretero con una hernia; les prescribí polvos, ungüentos y vendajes, aconsejando al tejedor que evitara los sitios llenos de polvo, a la lavandera que no se mojara las manos y al carretero que no levantara pesados fardos, y por toda respuesta suspiraron, me dieron gracias y me dijeron que aquel trabajo mortal era su único recurso de vida. Tales escenas más o menos dolorosas, repetidas con mucha frecuencia me avergonzaron por mí, por la ciencia que profeso y por la sociedad en que ejerzo.

En 1820 descubrió Villermet que la mitad de los hijos de tejedores de Mulhouse morían antes de los quince meses. Aconsejó al fabricante que abonara el jornal sin trabajar durante seis semanas a las obreras parturientes, y, practicado el consejo, esa sola medida disminuyó la mortalidad infantil en la mitad sin la menor intervención de medicina.

Es indudable que la medicina indica las condiciones en que la salud y la curación de los enfermos son posibles; pero el médico ha de destruir las causas que esterilizan su actividad, contando con que por causas sociales se aumenta el número de desequilibrados, tísicos, sifilíticos, idiotas, alcohólicos, ciegos, sordos y tartamudos. Tomando como dato del estado fisiológico de un pueblo la proporción de hombres destinados al ejército, se la ve descender con la misma rapidez que el barómetro antes de la tempestad, dando lugar a la siguiente profesía de un antropólogo pesimista: “El ideal de una organización social conforme con las leyes de la armonía y de la solidaridad, corre peligro de no realizarse a consecuencia de la degeneración humana”.

No puede ser de otro modo: hay una higiene preservativa que puede ser conocida de todo el que sepa leer, y ha de ser fatalmente ignorada del enorme tanto por ciento de la población total, formado por los analfabetos que existen en nuestro país y en todo el mundo. Prescindiendo de los que no pueden ser higiénicos por ignorancia, la higiene, que puede ser practicada por los que saben leer y pueden aprender y cuyo nombre consta en el Registro de la Propiedad como usufructuarios por no decir usurpadores de la riqueza social, es impracticable por todos aquellos que, ignorantes o ilustrados, constan únicamente en el Registro Civil, legalmente despojados del derecho a la vida en España y en todas las naciones, monarquías o repúblicas, porque como asalariados, dan por accesión el producto de su trabajo al propietario capitalista y sólo cuentan con un salario mínimo y eventual para comprar salud, bienestar, ciencia, amor y justicia.

Es evidente, por duro que sea reconocerlo rindiendo homenaje a la verdad, que en la Sociedad, que es resumen del concurso de la actividad humana, no se da a cada uno su parte en lo que es de todos, y existe en abundancia, sino que se vende por dinero, y el que carece de ese valor representativo, que no justifica su procedencia, que es bono al portador adquirido por fraude, usura, explotación y escasamente por el trabajo, no alcanza salud, bienestar ni ciencia y muere en deplorable abandono.

En tal situación social no hay, no puede haber ciencia eficaz de la salud, ni plácida y racional práctica de la vida; ciencia y práctica que debiera estar al alcance de todos y de cada uno; resultando al contrario, la aberración de que la especie humana, por efecto de haber progresado formando una sociedad dividida en clases privilegiadas y desheredadas, y transformado el instinto en inteligencia, dejó al inferior sin instinto, que al fin es una facultad mental rudimentaria, y le privó de saber, quedando el pobre ignorante sin la higiene instintiva y sin llegar a la higiene científica, y aun, si llega a conocerla, privado de practicarla si no puede comprarla.

Queda, pues, la higiene estancada al servicio de los joderosos y estirilizada en gran parte en las esferas intelectuales, sin vigorizar la vida de todos como es socialmente debido, cediendo tristemente el puesto al privilegio, a la superstición y a la charlatanería, y la muerte recoge el fruto segando vidas humanas con horrible profusión.

Recogiendo antecedentes morbosos individuales de su clientela, cada médico podría reunir una colección de observaciones y datos que, centralizados ordenadamente, dieran luz suficiente para el estudio de la enfermedad en lo referente a sus causas; estudio interesantísimo y a mi ver tan necesario como el de sus efectos y su remedio.

Peréceme, y sea dicho contando con vuestra benevolencia, que las ciencias se han especializado demasiado, desentendiéndose más de lo debido del engranaje que las une y las confunde en el gran todo llamado la Ciencia. Tenemos idea de qué es un astrónomo, un químico, un físico, un geólogo, etc.; pero es tal el encadenamiento que liga la serie de los conocimientos, que no puede distinguirse la línea que los separa, y sólo por la especialidad de estudio y de aplicación se usan las denominaciones científicas. Por ejemplo: un astrónomo nos dará idea del movimiento de los cuerpos celestes; un químico nos ilustrará sobre la naturaleza de los cuerpos; un físico descubrirá la ley de la gravitación y nos enseñará los agentes que tienden a modificar el estado de los cuerpos sin modificar su naturaleza; un geólogo expondrá los materiales que componen nuestro globo, su naturaleza su situación y las causas determinantes de la misma; un geógrafo, nos describirá la Tierra en sus diferentes relaciones de suelo, clima, habitantes, razas, instituciones, historia; pero sin grandes nociones de química y física no se comprende el astrónomo; y químicos y físicos tendrían poco que hacer si no aplicaran su ciencia a la astronomía, a la geología, a la geografía y por añadidura a la industria y a la agricultura.

Por analogía, como dije antes, la medicina está íntimamente ligada con la sociología. Un médico estudia la etiología de la enfermedad, no sólo respecto del cliente que solicita su asistencia facultativa ni del proceso corriente, sino también las causas productoras de la enfermedad en el medio ambiente, y como éstas pueden tener múltiples procedencias, como pueden provenir de ignorancia y de miseria, de falta de previsión, exceso de trabajo, alimentación deficiente, habitación insana, respiración deletérea y estado mental y pasional depresivo, asuntos interesantes e imprescindibles para la medicina de que entiende particularmente la sociología, se sigue. no ya la necesidad del apoyo mutuo, sino la verdadera compenetración de ambas ciencias.

Más diré: se comprende el sociólogo desconocedor de la medicina, no el médico lego en sociología. No insistiré en la afirmación, por no justificar ni siquiera excusar la ignorancia en parte mínima, aunque reconozca la imposibilidad de abarcar la suma total de los actuales conocimientos médicos y sociológicos. Confirma cuanto acabo de exponer la opinión de un médico americano que casualmente ha venido a mis manos en forma de recorte de periódico.

El porvenir de la medicina está en manos de los higienistas, cuya misión educadora consiste en preparar organismos aptos para resistir los embates de la enfermedad, y capaces de adquirir, por medio de la enfermedad misma, la necesaria inmunidad transmisible a sus descendientes. Es inútil luchar contra las leyes naturales; es útil, provechoso, eficaz y necesario luchar con insistencia contra los vicios sociales, contra esa depravada higiene que convierte a los niños en flores de estufa, a las niñas en maniquíes soportadores de ridículas modas, y a todos en viejos prematuros, neurasténicos y degenerados”.