El derecho a la salud

Afirmación comunista

(Renovación, 29/08/1912)

He hablado del derecho a la salud, que todos poseemos como miembros sociales, partiendo del principio que sociedad es, hade ser necesariamente, equidad.

Todos tenemos el deber de conservarnos saludables, pero individualmente no sabemos ni podemos cumplirle, como queda indicado, por las siguientes causas: 1ª Porque la ciencia de la salud, como extensa y complicada que es, exige que a ella se dediquen hombres especiales, y la exigencia es tal, que la complicación morbosa exige además profesores especialistas. 2ª Porque, por atenta y esmerada que sea nuestra manera de conservar la salud, nos acecha constantemente el peligro inevitable de la infección en todas y en cada una de nuestras relaciones sociales en cada momento de nuestra existencia. 3ª Porque cuando enfermamos, por efecto de haberse de retribuir la asistencia facultativa en las onerosas condiciones impuestas por la llamada ley de la oferta y la demanda, no todos podemos pagarla.

El ignorante que llega, sin culpa suya, hasta el punto de vivir como salvaje analfabeto en medio de la civilización, privado del goce de la adaptación del pensamiento universal por su desconocimiento del sencillo mecanismo de las letras; el vicioso que salta sobre las reglas de la higiene y de la moral, entregándose por placer a la enfermedad; el forzado por el salario a contravenir a la higiene, en su trabajo, en su alimentación, en su vivienda; todos viven en déficit con la higiene, y el último, que pudiera incluirse además entre los anteriores, no puede pagar al médico.

Fijemos la atención en este último punto; es fundamental; su consideración puede servirnos de base para fundar un interesante orden de ideas; el jornalero, el que ocupa el último lugar en la escala del salario, cuando a su vez le toca tristemente el turno de ejercer de patrón y ha de pagar un servicio tan importante y necesario como la asistencia médica, no puede pagarle. La cuenta es clara: supongamos, para facilitar el cálculo, un obrero hábil que gane ¢ 2-00 diarios, padre de familia y que viva al día con privaciones que imposibiliten toda economía. Cae enfermo, cesa el jornal, aunque puede quedarle el subsidio de ¢ 0-50 de algún montepío donde existan esas instituciones previsoras como en Barcelona. Le asiste el médico, que fija el precio de su visita en uno o dos colones. La irreductible imposibilidad salta a la vista. Pero el médico necesita vivir también, y no es justo que la sociedad se desatienda del alto deber de solidaridad con el trabajador enfermo cargándole sobre la generosidad del médico.

Conste que he colocado muy alto el término medio de mi ejemplo, suponiendo un obrero que gane ¢ 2-00, porque dista mucho de ser ese el tipo general, y mucho menos si se tienen en cuenta las crisis industriales y el trabajo agrícola. El resultado es que dos elementos constituyentes de la Sociedad resultan, si no en pugna, en condiciones discordantes: los que, por el trabajo de producción y transporte, satisfacen nuestras necesidades de productos agrícolas e industriales, escasamente pueden vivir; y no pueden ser atendidos facultativamente en caso de enfermedad porque no pueden pagar el servicio a quienes la Sociedad ha constituido en custodios de nuestra salud.

¡Error, injusticia; peor aun; aberración inconcebible! pero no hay que extrañarse, absurdos de tal magnitud abundan en la Sociedad, y lo peor es que, por inveterados, justificados y legalizados por nuestra legislación, y aun santificados por nuestras creencias religiosas, parecen incorregibles, y por tal los tienen santos y doctores, políticos y economistas.

Vano y estéril sería mi trabajo si me limitara a una protesta. Me quejo, protesto, sí; pero a esa acción crítica y destructiva he de unir, valga lo que valiere, mi afirmación constructiva, expresión de mi ideal y resumen de mi intervención en la vida colectiva; lo exige mi conciencia y con ella el respeto a la corporación que me auspicia en este acto y al auditorio que me honra con su asistencia y atención.

En su virtud afirmo que el dinero, con que actualmente se mide la reciprocidad de los servicios, si fue un progreso en su origen, se ha convertido en inmenso obstáculo a todo progreso, como elemento activo de tráfico, negocio, agiotaje, explotación, usura, venta y monopolio. Por él, sus poseedores, dueños de la tierra, de las minas, de las fábricas, de los talleres, de los laboratorios, de los almacenes y de los medios de comunicación y transporte, alquilan, mediante el jornal o sueldo, a los que con sus brazos, su inteligencia o ambas cosas a la vez, le sirven o convierten la primera materia en producto adaptable a las necesidades, a los caprichos y aun a los vicios humanos y difunden la producción por todas partes. De modo que los que menos títulos racionales ostentan para el caso, aunque en posesión de los títulos legales, porque tienen dinero y lo acumulan sin cesar con sus ganancias, son los amos, mientras que los provistos de más legítimos derechos, los positivamente productores, pagan tributo a la accesión y sufren todo género de privaciones.

Los servicios prestados a la Sociedad de cualquier género que sean no pueden evaluarse en unidades monetarias, porque la medida exacta del valor es imposible. De dos individuos que hubieran empleado un período igual de su vida en trabajo diferente con igual energía y agrado sólo puede decirse que su trabajo es equivalente, no hay quien determine el valor de un día o de una hora de trabajo. Podrá decirse a bulto que el que dedicó al trabajo durante toda su vida diez horas diarias dio más a la Sociedad que el que sólo empleó cinco, pero no puede decirse que valga doble, porque sería desconocer la complejidad de la ciencia, de la industria, de la agricultura, de la vida entera de la Sociedad presente; sería cometer la enorme torpeza de no reconocer que en todo trabajo del individuo intervienen como resultado y resumen los trabajos anteriores y presentes de la Sociedad.

He de insistir sobre este asunto con una demostración decisiva, evidentísima, del maestro Kropotkine. Consideremos en una mina de carbón el obrero dedicado al ascensor: con su mano en la manivela impulsa o detiene su acción en vista de un indicador en escala graduada que indica con exactitud matemática su situación en cada instante de su marcha. En el momento preciso para; renovada la carga, en marcha otra vez, y durante la jornada despliega admirables prodigios de atención. Un momento de distracción puede estrellar el ascensor contra las rocas, romper el cable, matar los hombres y detener todo el trabajo de la mina; si pierde tres segundos en cada movimiento de la manivela la extracción de mineral en las modernas minas perfeccionadas disminuye por jornada de veinte a veinticinco toneladas. ¿Es ese el obrero que mayor servicio presta en la mina, o el que desde abajo indica la subida del ascensor, o el minero que tiene en constante riesgo su vida, o el ingeniero que perdería el filón carbonífero y haría extraer piedra inútil por un sencillo error de cálculo, o el capitalista que arriesgó su dinero en la empresa? Todos los que trabajan en la mina según su inteligencia y su energía contribuyen a extraer carbón, y cuanto puede decirse acerca de ellos es que tienen derecho a vivir, a satisfacer todas sus necesidades materiales y morales. Pero ¿quién valuará sus obras? Además, ¿es puramente obra suya, producto exclusivamente suyo ni del propietario legal el carbón extraído de la mina? Sin el ferrocarril minero y sin las vías de comunicación que irradian por todas partes sería imposible la explotación de la mina. Durante la recientemente pasada crisis del carbón se ha demostrado que en España hay buenos y abundantes yacimientos de hulla, pero la industria española consume carbón inglés porque resulta más barato que el español, por no haberse dedicado a su extracción el trabajo necesario para ponerle en condiciones económicas de consumo. ¿Qué harían los mineros sin el trabajo de los que labraron y sembraron los campos, extrajeron el hierro, construyeron las máquinas y así sucesivamente sin solución de continuidad en las relaciones mutuas del trabajo?

No puede hacerse distinción racional entre los productos de cada productor, eminencia científica o simple peón: medirlos para pagarlos conduce al absurdo y a la injusticia. Sólo queda un recurso: no medirlos, no pagarlos y reconocer el derecho a la salud y al más amplio bienestar a cuantos contribuyan a la producción en la bella, racional y justa fraternidad libertaria y comunista.