El derecho a la salud

Justicia social

(Renovación, 25/09/1912)

Cuenta la leyenda, y dispénsese a mi incompetencia esta digresión literaria, que Augias, rey de la Elide, poseía un inmenso establo en que jamás se practicó la limpieza. Llegó Hércules, el héroe de las hazañas que simbolizaban los problemas progresivos resueltos por los griegos, y desvió el cauce de un río para cruzar y limpiar con sus corrientes aguas aquel infecto territorio.

Los griegos, pensadores y artistas eminentes, simbolizaron todas sus conquistas intelectuales, en el poder material de un hombre gigantesco apoyado en enorme maza. Pensaron, sin duda, que no basta saber para que el bien se produzca, sino que se necesita además la energía de la voluntad para la acción, porque la humanidad va recorriendo una carrera de obstáculos que se deben conocer, evitar o destruir. Este último verbo, como término de la serie, representa el formidable mito. Otro mito confirma esta misma concepción: Minerva, débil mujer, diosa de la Sabiduría y de las Artes, salió armada de la cabeza de Júpiter cuando Vulcano, dios de ínfima categoría y relegado al trabajo, partió de tremendo hachazo la cabeza del primado de los dioses.

Tendamos la vista en nuestro rededor y veremos la suciedad del privilegio dominando en toda la extensión de la Tierra. ¿Dónde una clase social no ha detentado en perjuicio de otra la riqueza natural y la producida? ¿Dónde no se ha cohibido la augusta majestad del pensamiento por el dogma o por la tiránica y arbitraria coer ción de todo género de mandarines? ¿Dónde no se ha convertido en ley y denominado justicia el interés de la raza, o casta, o clase de los privilegiados dominantes? ¿Dónde, como consecuencia, no se ha producido esa atávica abulia que convierte a los des heredados en suicidas fatalistas? ¿No habéis leído, sin que nadie lo desmienta, porque la triste evidencia es rebosante, el resumen de los adelantos científicos del siglo XIX, formado por Ernesto Haeckel en su obra monumental Los enigmas del Universo, en que afirma que “tras tanto progreso nuestra organización social ha quedado en estado de barbarie”? El mundo entero es una nueva Elide, en ella reina el Augias privilegiado que se opone tenazmente a los trabajos de limpieza y saneamiento que, abriendo cauce al Alfeo renovador, intenta el Hércules proletario.

No insistiré en la demostración, mas preciso es que se diga: y no insisto porque hablo auspiciado por una corporación científica instituida precisamente para practicar justicia social en nombre de la verdad científica, y cuyo presidente ha llegado hasta la censura y el castigo, que es el premio de ingratitud otorgado por el privilegio a cuantos obran inspirados por la idea del bien. Pero téngase presente que el Hércules mítico realizó sus gloriosas hazañas, que la leyenda denomina los doce trabajos, porque condensó en su acción simbólica las aspiraciones de un pueblo culto, confirmadas después por el pensamiento de los grandes maestros de la antigüedad griega, que no han perdido su magistral preeminencia en el mundo; en tanto que el Hércules proletario representa un movimiento humano, puramente natural, como protesta contra una desviación progresiva perpetrada por los intelectuales de todas las épocas al servicio del privilegio, inspirados en el anhelo de obtener su parte en el botín de la lucha por la existencia. Ese movimiento participa del instinto, por lo tocante a la conservación, y de la inteligencia, por cuanto en él se relaciona la causa con los efectos y se emplean los medios hábiles y adecuados. Ese nuevo Hércules interpone su poder en las luchas intelectuales, políticas y económicas, como fuerza poderosa e inteligente contra la cual el poder público carga la mano y dicta leyes excepcionales, olvidando que en rigurosa lógica no pueden existir tales leyes, ni si violentamente se promulgan, merecen acatamiento, y promueven protestas y disturbios incesantes, porque la ley es la costumbre codificada, y mal puede legalizarse lo excepcional, lo que, no sólo carece de arraigo en las costumbres, sino que las violenta, las perturba y las contraría.

Dos grandes hombres del siglo pasado fijaron los puntos que permiten medir la inmensa desigualdad que existe en la sociedad humana.

No necesito la hipótesis de Dios, dijo uno, es decir, desechando todas las leyendas, capacitado para descifrar todos los símbolos y dispuesto a analizar todas las cosas y los hechos conocidos, un hombre afirmaba su personalidad por la firmeza de su razón.

Se necesita un Dios para la canalla, dijo otro; es decir, despojada la gran masa humana de la personalidad individual por las clases privilegiadas, otro hombre concedía a los despojados y empobrecidos una creencia para entretener y satisfacer su menguada intelectualidad.

Y así quedó marcada la escala de la desigualdad social, no ya por la diferencia entre pobres y ricos, sino por la infinitamente mayor que separa a los que saben de los que creen; escala que, fijada en nuestro suelo y partiendo de la eventualidad del nacimiento del azar fortuito, se eleva hasta las supuestas alturas de la eternidad; y desde la lobreguez del analfabetismo se extiende a la inmensidad que abarca el conocimiento de las leyes que rigen el universo.

Ante esta desigualdad, y en nombre de mis compañeros de trabajo, protesto, y contra ella me rebelo, no, viejo y débil ante un poder del Estado, salvaguardia de los intereses creados por sistemática y secular usurpación, sino ante una corporación científica, cuyo presidente en representación de la justicia y la verdad, que como abstracciones de valor lógico y positivo tienen vida universal, ha sido emplazado por la verdad convencional y la justicia histórica.

Podemos entendernos, confío en que nos entenderemos; porque los que cultivan la ciencia luchando contra el dolor, los que desde el estado de la salud trabajan para evitar la enfermedad, los que con inteligencia y sentimiento equilibrados se proponen como ideal la sociedad higiénica, que, para serlo, ha de ser ante todo la sociedad justa que todos anhelamos, no pueden ser indiferentes ante las reivindicaciones de los excluidos de la Universidad, los condenados a inferioridad perpetua, los despojados por el derecho de accesión, los que no saben ni pueden ser higiénicos, por cuya ignorancia e imposibilidad mueren prematuramente y causan con absoluta irresponsabilidad infecciones y epidemias mortíferas.

Preciso es que la higiene, la salud, el goce de la vida no sean monopolizados por el adinerado, por el indocumentado poseedor de los bonos metálicos al portador, infame u hombre de bien, sino que se extiendan ampliamente, sin exclusión ni limitación, a todo el que haya contribuido, contribuya o esté en disposición de contribuir a la gran obra de solidaridad, de mancomunidad, de fraternidad entre los hombres.

Tanto por egoísmo como por altruismo ha de reconocerse, ha de practicarse, ha de exigirse el derecho a la salud.