Recordando a Ferrer

(Renovación, 10/10/1912)

La especie humana es una, y se solidariza cada día más con el fin de asegurar a todos sus individuos, a través de todas las épocas y de todos los países, el goce de todos los bienes naturales, lo mismo que el producto del pensamiento, del estudio, del sentimiento, de la observación, del método y del trabajo de todos los pensadores y trabajadores del mundo. Mas a pesar de la verdad y la justicia de tales principios y de tales propósitos, todos los trastornos, transformaciones y revoluciones que consigna la historia no han podido aún arrancar de cuajo la raíz de la desigualdad.

¿Qué hacer para que la evolución progresiva no se desvíe una vez más y siga su curso natural, produciendo todos los bienes que legítimamente pueden esperarse de ella? Reconozco cuanto bueno haya podido haber en el fondo del pensamiento y del sentimiento de todos los reformadores e innovadores que se han determinado a trabajar por el bien social en la forma que han sentido y comprendido, pero juzgo que la Escuela Moderna resuelve definitivamente el problema, planteando la enseñanza racional, según la cual no debe haber y no habrá pactos con el error, ni tampoco convencionalismos que protejan prebendas heredadas ni alcanzadas por la ambición y la osadía a costa de la prolongación de los sufrimientos de la plebe de los siglos.

El nombre de enseñanza racional, no sólo se justifica por sí mismo, por cuanto indica que se halla conforme con la razón, sino que revela que hay otra enseñanza que no es racional, es decir, que pugna con la razón.

En este punto el idioma es terminante: todo lo que no está conforme con la razón es irracional, y lo irracional no ha de hacer estado en nuestro entendimiento. Siendo la razón árbitra entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, la enseñanza racional capacita a la infancia de ambos sexos para constituir generaciones humanas dispuestas a distinguir el bien del mal, a mantener el fiel entre la iniquidad y la justicia, a separar la verdad del error.

En buena economía social es preciso poner en perfecta concordancia lo que se cree con lo que se sabe. No más conflicto entre la religión y la ciencia, y si le hay, mal para la religión, porque lo que se sabe por principios ciertos y evidentes ha de prevalecer eternamente.

Si la tradición, la rutina y la fe sostienen una teogonía que luego resulta negada por la observación, el estudio y la experiencia, llamemos las cosas por su nombre: lo uno será error, o mentira, que es peor, y aplicado a la infancia con separación de sexos, será la enseñanza convencional, forma hipócrita de la ignorancia sistemática, la que fomenta esas masas de vulgo que suministra creyentes para los dogmas, fanáticos para la idolatría, víctimas y cómplices para la explotación; lo otro será verdad manifiesta y triunfante, y si encarna en un método docente y sin vacilaciones ni oportunismos se aplica a la infancia sin distinción de sexo, será la enseñanza racional, la que da inteligencias para los descubrimientos científicos, iniciativas para su aplicación práctica, admiración para toda belleza, energía rebelde contra toda tiranía.

La saña con que Ferrer fue perseguido y sacrificado en Montjuich por los estacionarios y regresivos del privilegio, considerándole desde su punto de vista como un gran perturbador, mientras en sentido opuesto todos los progresivos del mundo tomaron al mártir como símbolo de la libertad y de la ciencia, garantiza el acierto, el trascendentalísimo acierto de aquel hombre moralmente bien equilibrado, que no quiso pasar por el mundo con esa general pasividad que convierte a los individuos en pasta blanda que se adapta mansamente a los accidentes y a las irregularidades del medio, haciéndoles buenos, malos o neutros de modo demérito e irresponsable.

Inteligencia clara, juicio recto y carácter firme, lo que percibía, lo que juzgaba y lo que en consecuencia resolvía, lo practicaba siempre que se hallase dentro del término de lo posible; pero téngase en cuenta que si la posibilidad se mide por grados en la escala de lo difícil, cuando todo el mundo abandona un propósito por haber agotado las fuerzas, Ferrer era capaz de continuar animoso y tranquilo. No deteniéndose hasta lo verdaderamente imposible, que es lo que en realidad de verdad no puede hacerse.

Viendo que el desconcierto social en que vivimos proviene del error tradicional cuidadosamente conservado y trasmitido por la escuela, pensó sencillamente que había que librar de él a la infancia, y este pensamiento, que se habría ocurrido a muchos antes que a él, que lo abandonarían por irrealizable y pon|ue tendrían otras cosas que hacer, fué para Ferrer el programa de su existencia, el objeto de su vida.

Conque es decir —pensó —, que la materia es increada y eterna, según demuestra la ciencia y se enseña en la universidad, y en la escuela de primeras letras se hace creer que Dios hizo el mundo de la nada en seis días; conque vivimos en un cuerpo astronómico secundario, inferior a incontable numero de mundos que pueblan el espacio sin fin, como pueden saber los privilegiados que monopolizan la ciencia, y a los niños se les impone la creencia en las explicaciones cosmogónicas del Génesis, de modo que si son pobres así lo crean siempre, y si son ricos se les desengaña después en la enseñanza superior; conque ha de haber una doctrina esotérica, reservada, ya que no puede ser secreta, para uso, expansión y alegría de los privilegiados, y otra exotérica pública, que anule y esterilice el derecho inmanente, inalienable e ilegislable, que todo hombre lleva consigo, y pueda reducir y contener a los desheredados en los límites señalados por los explotadores y tiranos; ¡conque ha de haber un Dios para la canalla!... ¡Oh inmoralidad inconmensurable! ¡No! ¡Ferrer no quiso pasar por ello ni aun a costa de su vida! Y lo que quiere un hombre como Ferrer se cumple. Con voluntades férreas como la de Ferrer se forma la poderosa palanca que viene transformando el mundo.

¿Hay una humanidad? Pues ha de haber solidaridad; ¿por efecto de esa solidaridad hay sociedad? Pues no ha de haber con ella superchería abusiva que encumbre a unos a costa de otros. La verdad es de todos y se debe a todos.

Tal era el fondo del pensamiento de Ferrer, de donde sacó las energías necesarias para crear la Escuela Moderna, que ha servido de guía a todo el mundo, ya que no hay país alguno donde la escuela no sea el reflejo de las preocupaciones, de los errores y de los intereses dominantes, sin exceptuar el laicismo republicano francés, que sustituye el dios de los curas, de los nobles y de los reyes por el Estado, que es la providencia de los burgueses.

En resumen, si la moral es la ciencia que enseña las reglas que lian de seguirse para hacer el bien y evitar el mal, la enseñanza racionalista, opuesta al racionalismo metafísico, es la moral misma en acción, y Francisco

Ferrer, que fue el precursor de una vida consciente, racional y humanitaria, uno de los primeros moralistas del mundo.