El tiempo

(Renovación, 25/10/1912)

El tiempo es un tesoro generalmente perdido en el atavismo, la inconsciencia y la rutina y, como natural consecuencia, en el error, el mal y el sufrimiento.

La verdad, la belleza y su consecuencia el bien se van concibiendo, conociendo y generalizando por individuos excepcionales que, por un extraordinario funcionamiento de su inteligencia y de su sentimiento, entre los millones que componen cada generación y desperdician el tiempo, lo aprovechan debidamente, y cuyas concepciones se agrupan, se metodizan y se aplican después formando ese conjunto que se divide entre la ciencia y el arte.

Por efecto de la inconsciencia y de la ignorancia, que la sociedad humana refleja en lo que de incongruente, injusto y malo se halla todavía en su constitución, existen las dos clases primodiales de privilegiados y desheredados, y, como resultado del lento pero seguro avance de la ciencia y del arte a través del tiempo, se va formando una consciencia y una fuerza reorganizadora que tiende a ordenar la agrupación de los hombres de una manera racional, útil y equitativa.

A la clase de los desheredados han pertenecido siempre los trabajadores, y a ella pertenecerán mientras existan privilegios y privilegiados, hasta que llegue el tiempo en que por su propio esfuerzo individual y volitivo, traducido en acción libertadora y libertaria, es decir, en fuerza destructiva y constructiva, rompan sus cadenas y establezcan la libertad sobre la firmísima base de la igualdad social.

Desde el punto de vista de nuestras reivindicaciones, el tiempo interesa muy particularmente a los trabajadores.

Con un pasado vil, como supuesto castigo impuesto por imaginaria divinidad a los humildes para justificar inicuos privilegios disfrutados por los soberbios, y un presente penosísimo, como legado de pasados errores y de infames malicias, en lo futuro, en la vida que tenemos delante hemos de hallar reparación, anticipándonos racional y científicamente a su preparación, y mucho tendremos adelantado si sabemos y podemos acomodar nuestro modo de vivir a las condiciones de nuestro ser y a las del conjunto que nos rodea.

No lamentos inútiles, no odios vengativos, no declamaciones demagógicas, sino conocimientos positivos y soluciones meditadas y prácticas, sostenidas con constancia y ejecutadas con prudencia, han de constituir la norma de nuestra acción colectiva y solidaria; porque el lamento, expresión sencilla y primitiva del dolor, si en las relaciones individuales puede inspirar lástima y obtener ayuda compasiva, no ejerce acción social justiciera ni reparadora; el odio, pasión deprimente y desniveladora del juicio, envuelve castigo y nueva culpa, con lo que se prolonga el mal inútilmente lamentado; la demagogia, mezcla incoherente de quejas y esperanzas, de ilusiones irrealizables y de energías estériles, se desvanece ante la realidad como la aspiración del ignorante en el choque con el imposible: el conocimiento, el plan estudiado, la voluntad bien documentada es lo que guía sin vacilación a la actividad, lo que da valor consciente y fijeza indestructible a los frutos de la acción.

A adquirir ese conocimiento, a despojarse de tradicionales rutinas, a abrir vía progresiva han de dirigirse nuestros esfuerzos, en cuanto lo permita la lucha emprendida contra la usurpación socializada; y objeto tan preciado y tan necesario se logra con el dominio intelectual de cada uno por sí mismo y con la cooperación de cuantos, intelectualmente emancipados, aspiren a sustraerse a toda dominación, a librarse de toda tiranía y a contribuir con el más elevado sentimiento altruista al beneficio de la comunidad social para retirar en debida recompensa la utilidad individual necesaria.

La filosofía proletaria, eminentemente positivista, tiene por principio, por ideal y por criterio, la igualdad social, y en eso supera a la generalidad de los sistemas filosóficos originados en el pensamiento de los privilegiados, esencialmente refractarios al concepto puramente igualitario.

Para el obrero libertario todos los hombres somos igualmente impotentes individualmente ante la necesidad que nos asedia; cada uno, para vivir, necesitamos del concurso de todos los que vivieron y de los que viven, y esta igualdad tan generalizada, de la que nadie puede exceptuarse, requiere como regla equitativa, como esencialidad justiciera la reciprocidad entre todos del cumplimiento del deber.

En la pluma con que en el papel trazo estas letras y en el conocimiento que me impulsa a escribir, a poco que profundice el examen, se me representa la historia del pensamiento y del trabajo de la humanidad entera: un encadenamiento ininterrumpido de necesidades, de deseos, de experimentos, de pruebas y de realizaciones han sido precisos para construir los objetos que uso en este instante y que, teniendo un valor material insignificante, no hay hombre capaz de construirlos por sí misino, porque son obra del proceso humano que descubre los materiales e inventa los instrumentos indispensables para su construcción.

Un hombre es la representación de todo hombre; un derecho es la representación, la esencia, la base del derecho universal, y por legítima consecuencia toda individualidad en el goce de la satisfacción de sus necesidades morales y materiales tiene como deuda que pagar su parte alícuota de deber para integrar ese conjunto armónico que garantiza la vida íntegra e intensa de cada uno y de todos contribuyendo a la formación de esa entidad que sólo por la solidaridad que liga a todos sus miembros merece denominarse con un nombre común llamándose Humanidad.

En la vía ascendente hacia la realización del ideal nos hallamos ante un obstáculo que impide todo progreso, y, lo que es peor, que aumenta su poder obstructivo con cada invento, con cada nueva manifestación de la inteligencia. Ese obstáculo es la usurpación propietaria, que con su consiguiente antagonismo de intereses divide la humanidad en pobres y ricos.

Laméntanse generalmente los efectos de tal división desde los puntos de vista señalados por la moral de las religiones, de las escuelas filosóficas, de las sectas y de los partidos; pero la causa, aparte de algunos pensadores aislados escasamente distribuidos por los siglos y por las naciones, sin otra eficacia práctica social que la consistente en determinar inteligencias individuales, sólo el proletariado internacional de nuestros días la reconoce y se propone extirparla.

Verdad es que la educación y la instrucción son necesarias para alcanzar el goce de los derechos; verdad parece que el voto del ciudadano consciente es garantía de la buena gestión de la cosa pública; pero si el propietario de la tierra es dueño de su superficie, de lo que está debajo de ella, de lo que produce naturalmente y de lo que se le hace producir por el trabajo, como establece la ley desde tiempos remotos, los propietarios son dueños del mundo, detentadores de las riquezas naturales y sociales y usurpadores del tesoro de ciencia, de producción y de medios de producir acumulados por la naturaleza y por los hombres; en tanto que los no propietarios fueron esclavos y siervos y actualmente son jornaleros, a quienes, para reducirlos a la ignorancia, a la miseria y a la impersonalidad de la masa, se despojó en tiempos pasados, se despoja en el presente y se despojará en el porvenir hasta el triunfo de la revolución social, con formas legales en nombre de la justicia, de la grandiosa capacidad humana, que se extiende desde el conocimiento de los infinitamente pequeños al de los infinitamente grandes que pueblan el espacio, cuyas leyes y relaciones va fijando cada día con admirable precisión.

A hombres reducidos a tal rebajamiento no pueden exigírseles las decisiones volitivas propias del equilibrio de la sabiduría con la salud ni privárseles de los derechos naturales y sociales que les corresponden, y cuantos filántropos privilegiados nos hablan de la instrucción y del derecho democrático como quien da el óbolo de la limosna, son viles usurpadores y despreciables arbitristas que sancionan y justifican la iniquidad más grande que pueda pesar sobre la responsabilidad de los malos.

Véase como la humanidad, por haberse empantanado en la propiedad o, por mejor decir, en la usurpación, ha perdido el tiempo.

Diríase que la propiedad ha detenido el curso del movimiento de la humanidad hacia su perfeccionamiento y justificación, pretendiendo convertir lo transitorio de un período histórico en forma social definitiva y permanente.

A desvanecer tal ficción, a recobrar el tiempo perdido se dispone hoy el proletariado afirmando su voluntad consciente y firme de alcanzar su participación en el patrimonio universal, persuadido de que en la evolución progresiva de la humanidad la burguesía gobernante, propietaria y capitalista, triunfante del antiguo privilegio, es ya un elemento pernicioso y perturbador.

Nada menos que tal reivindicación representó ayer La Internacional y representa hoy el Sindicalismo, fuerza más o menos francamente ácrata pero orientada hacia la igualdad por la fuerza misma de la solidaridad intra y extra-fronteriza entre todos los asalariados accesionistas que aspiran a dejar de serlo para comenzar a ser hombres libres.

Sí; aprovechemos el tiempo, concepto en que el presente es un punto fugaz imperceptible entre las eternidades pasada y futura, y neguemos todo crédito al error, al convencionalismo y al oportunismo reformista, rémoras malditas, exigencias nimias de un criminal privilegio que, como Bertoldo, nunca hallará árbol a su gusto para su castigo, y entremos todos los internacionales, todos los sindicados, todos los trabajadores quiero decir, en la vía directa que señala el criterio igualitario como la única conducente a la realización del ideal, consistente en la participación de todos, sin limitación ni privilegio, en el patrimonio universal, o sea al aprovechamiento del tiempo para la vida en la paz y en la felicidad.