Entre dos revoluciones

(Renovación, 10/11/1912)

Un sabio francés, al servicio del jesuitismo y en pugna con la humanidad, tuvo la osadía de proclamar la bancarrota de la ciencia, lo cual demuestra que hay sabios que ignoran las nociones fundamentales de la dignidad y son capaces de cambiar la verdad por las gangas de una posición.

Mucho se ha discutido tan atrevido concepto: tarea inútil; siempre ha de quedar patente que la ciencia, como conocimiento cierto que es de las cosas por sus principios y sus causas, y agrupación en cuerpos de doctrina metódicamente formados y ordenados de los conocimientos que constituyen ramas particulares del humano saber, no puede quebrar jamás; pero ninguno de los contradictores del famoso Brunetiere tuvo energía suficiente para elevar la réplica a la altura de castigo merecido, proclamando a su vez con perfecto derecho y absoluta justicia la bancarrota de la revelación.

En efecto, pueden haberse desvanecido muchas hipótesis teóricas tenidas por ciertas ante la demostración patente de los hechos suministrada por la observación, y si se quiere por descubrimientos casuales, que a esto y nada más que a esto se refiere la supuesta bancarrota de la ciencia, pero nada de lo que constituye conocimiento positivo o ley general comprobada ha perdido un átomo de su prestigio; en cambio, la gran hipótesis, laque invocaron e invocan constantemente todos los ignorantes del mundo, aquella hipótesis innecesaria de que habló Lalande contestando a Napoleón cuando le echaba en cara que nunca hablaba de Dios, el Dios creador y conservador, en una palabra, pierde terreno cada día a medida que los conocimientos adelantan; digan cuanto quieran los que se empeñan en establecer imposibles concordancias entre las fábulas genesiacas y las verdades científicas.

La quiebra de la revelación, considerada desde el punto de vista histórico y social, es espantosa: el amaos los unos a los otros, para las mismas naciones cristianas, muy distantes de comprender el mayor número de los vivientes, se traduce por guerras perpetuas, internacionales y civiles, en que el arte y la ciencia de matar han alcanzado una perfección casi capaz de despoblar al mundo; y cuando no con las armas se produce ruina y muerte por la imposición de alianzas que parecen asociaciones de malhechores, o con tratados comerciales que son verdaderos pactos leoninos, o con leyes expoliadoras o de excepción que ponen el patrimonio universal en manos de los privilegiados, dejando a los trabajadores reducidos a la condición de parias y el derecho general de los ciudadanos a merced de las más absurdas extralimitaciones autoritarias.

La sociedad de los individualistas, agotada toda la savia que pudo alimentarla, toca a su término. Y esto no es fraseología: ahí están los hechos que lo demuestran con toda evidencia: sus religiones, satisfacción dada a la ignorancia por si se le ocurre curiosear sobre la existencia del universo, a la vez que prolongación extraterrena del egoísmo, inspirada en la mezquina idea de alcanzar el dolce farniente, oyendo la música celestial; sus constituciones políticas, sistemas incongruentes basados en la necesidad de que unos obedezcan porque se les supone malos, para que otros manden, legislen, gobiernen y dirijan, aunque mandarines, legisladores, gobernantes y directores nunca probaron ser mejores; sus instituciones jurídicas, eternas continuadoras de las preocupaciones, errores y crímenes de primitivos o antiquísimos usurpadores; sus organizaciones de trabajo, distribución de producto, cambio y propiedad, que tienen por fundamento el fraude y por objeto la expoliación del productor; su moral trasnochada, sanción de las causas del mal existente impuesta por dogmatizadores que fingen relaciones extraterrenas y conservada por irreflexiva rutina; todo descubierto ya, incapaz de sostenerse, manifiesto engaño, falacia insoportable e insostenible, sangrienta hipocresía, se desmorona, se hunde, porque a nadie satisface, nada garantiza y todo y a todos deja expuestos a esa enormidad social llamada la lucha por la existencia, que ha dejado ya de ser una explicación teórica de la vida para convertirse en una declaración de impotencia en boca de los privilegiados, y en una acerba y cruelísima censura en la de los desheredados revolucionarios.

La sociedad de los comunistas se acerca, con su régimen social de solidaridad, de apoyo mutuo, de amor, que dé a todos los individuos el medio de desarrollar todas las facultades, a fin de obtener un mundo de nuevas energías confundido en el concierto universal de las voluntades. La ciencia, positivismo humano, substituye a la revelación, superchería mística; la sociología, agregado metódico de conocimientos, reemplaza a la teología, arlequín de milagros, misterios y tradiciones.

Estamos, pues, en el término de una evolución y en el principio de otra; hemos llegado al final de la primera etapa; necesario es comenzar bien la segunda.

Entiendo por primera etapa la negación de los dogmas; la desobediencia a los poderes; la disolución de las categorías, y consiguiente elevación a la igualdad social y a la participación de todos los tiranizados y desheredados en el patrimonio universal, conjunto de riquezas naturales y de las acumuladas por el trabajo de todas las generaciones; y por segunda, el futuro régimen de paz y concordia por la conformidad de intereses despojado de toda levadura atávica.

La Revolución social, la única, aquella ante la cual las llamadas revoluciones en la historia no pasan de episodios revolucionarios, camina rápidamente hacia su término, teniendo por principales agentes los proletarios, los jornaleros, los descendientes de los esclavos y siervos, aquellos a quienes Marx dió conocimiento de su fuerza y Bakounine la inspiración del ideal.

No lo olviden aquellos trabajadores que se quejan inútilmente de su miseria, los que luchan contra la burguesía para arrancarle mejoras transitorias, los que buscan en la cooperación una emancipación ilusoria ni los que, desconfiando de su valer individual, despojándose de su iniciativa y aun de sus céntimos, se agrupan a la sombra de un santón de falso prestigio.

¡A la historia la evolución que perece! ¡A la vida la evolución dichosa de lo porvenir!