Contra la ignorancia

(Renovación, 10/06/1913)

Trozos de la conferencia de Anselmo Lorenzo en Pueblo Nuevo, 20 de Abril 1913

Tenemos en la sociedad tremendas y odiosas manifestaciones de la desigualdad, no siendo la peor la generalmente conocida, la del multimillonario y el mendigo; hay otra más grave por cuanto además de ser efecto es a la vez gran parte de causa o de culpa, la del sabio y el ignorante.

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Se ha dicho: “querer es poder”; no lo niego; pero yo prefiero esta otra fórmula determinante de la acción: “saber es poder”. Y la prefiero porque el querer, producto del deseo impulsado por la necesidad no satisfecha, cuando el sujeto está sumido en la ignorancia, se estrella ante la dificultad y cae en la desesperación de la impotencia.

Eso, aparte de que los deseos del ignorante, como resultado de su limitada mentalidad, se reducen a lo indispensable a la vida animal, sin elevarse a la altura de la ciencia y del arte, por carencia absoluta de motivos determinantes.

Cuando el ignorante quiere algo fuera del estrecho círculo de lo rutinario y de lo que constituye su propia experiencia, por desconocimiento de la idea de relación entre la causa y el efecto, suele incurrir en la locura de querer lo imposible, o si no, quererlo por medios improcedentes. Por el contrario, cuando lo que se desea cabe en lo posible, si para lograrlo se ponen en práctica los medios racionales y necesarios, se consigue indefectiblemente. En tal caso el fracaso es imposible. Claro es como la luz del día, que si a una fuerza resistente determinada se le ataca con una fuerza igual o superior, la resistencia ha de ceder, dejando paso libre al vencedor.

El desheredado, privado del saber, con su cerebro lleno de leyendas, misterios, supersticiones y milagros, ejercitando la fe y dejando inactiva la razón, si aspira individualmente a librarse de su mísero estado, piensa en la fortuna; si se une a la aspiración colectiva y no se ha penetrado bien de que la emancipación ha de ser obra de sí mismo y de todos, dará crédito a los malos pastores y se entregará a organizaciones político-socialistas o a partidos democrático-burgueses, confiará en el parlamentarismo revolucionario o en la revolución parlamentaria, dos fases del mismo error por no decir del mismo engaño, y resultará que hablará de revolución con idea de violencia, creyendo que las revoluciones históricas se originaron solamente en actos de rebeldía, desconociendo las causas anteriores y determinantes de aquellos actos, y sin explicarse tampoco las reacciones consiguientes a los triunfos revolucionarios fracasados, o creerá en la teoría democrática de la soberanía popular votando candidatos que prometen la emancipación barata, y caerá, por ultimo, en el desengaño pesimista.

Frente al privilegio y a sus principales manifestaciones, predomina todavía la combatividad atávica en el proletariado, y en su organización atiende con preferencia a la idea de lucha, sin dar aún la debida importancia a la educación y a la instrucción, grandes fuerzas que podrán formar aquellas reservas tan importantes, tan necesarias y siempre decisivas en el último combate.

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Los niños que en la escuela racionalista, en la Escuela Moderna —nombre histórico escrito con sangre de un mártir— aprenden la unidad y la eternidad de la materia, que adquieren nociones positivas acerca de la constitución del universo, de la formación de los organismos, de las leyes de la evolución, que conocen el origen del hombre y en síntesis positiva la constitución de la sociedad y el curso de la historia, todo despojado de misticismo, metafísica y leyenda, no pueden ser individuos pasivos sometidos al absurdo tradicional. Por fuerza han de dar nuevo impulso al mundo por iniciativa propia, desoyendo toda sugestión, firmes contra todo intento arribista desviador y dispuestos en todo momento a hacer práctica en el mundo la verdad que atesora su entendimiento.

Vivir reducido a la imposibilidad de adaptarse, con criterio racional por la lectura, el pensamiento ajeno, y no poder transmitir por la escritura el pensamiento propio, incapacita al iletrado para el ideal; aceptar el ideal por creencia, hallándose incapacitado para la crítica y el raciocinio por no saber leer ni escribir, o por saber y no practicar racionalmente, es caer en el fanatismo o en el ilusionismo, sin más guía que la imaginación inculta o la fe ciega que impulsa a vitorear a sus tiranos y a perseguir a los hombres de pensamiento salvador y sentimiento altruista. Recordemos con horror que en España se ha llegado a gritar en bárbaro lenguaje apropiado al caso ¡vivan las caenas! Y no olvidemos que Ferrer, el ilustre mártir de la Escuela Moderna, antes que apóstol de la enseñanza racionalista, fue y continuó siendo un ardiente revolucionario, que se desengañó de alcanzar el ideal por los motines y las cuarteladas en vista de la dudosa moralidad de los caudillos y de la estulticia de los partidarios, y pensó en la absoluta necesidad de preparar racionalmente las generaciones en vista del triunfo revolucionario y de la renovación de la sociedad ultrarrevolucionaria.

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La Ciencia, precursora siempre, como el pensamiento precede necesariamente a la acción a título de determinante de la voluntad, rebasó por su propio poder las reservas y los secretos de la iniciación, pasando del templo, donde la usurpaban los sacerdotes, a la universidad, donde la usurpan los burgueses; pero interpretado el símbolo, desvanecido el mito y derribado el ídolo, último refugio de la injusticia exotérica, ni en la universidad se detiene, y pasa a la escuela racional, verdadera y positiva universidad donde se enseña a todas y a todos la ciencia de la vida, convirtiendo en aula infantil la naturaleza en toda su inmensa amplitud, y toma como objetivo de su enseñanza todas las manifestaciones del saber y del poder de los hombres.

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Tratando de la educación y la enseñanza, no debemos referirnos exclusivamente a la escuela y al profesorado; hay una escuela más grande que todas las escuelas y aun que todas las universidades. Esa escuela es la vida, en la que todos ejercemos de buenos o de malos maestros, por la influencia del ejemplo, y en la que todos somos alumnos por la tendencia a la imitación y por la necesidad de la adaptación.

Los normales y conscientes darán buenos ejemplos a sus hijos y ejercerán ejemplar influencia entre sus compañeros, amigos y vecinos; pero la criatura que nace en una familia en que los padres hayan descendido algunos grados en la escala de la normalidad; si el padre es alcohólico y la madre descuidada y sucia y sus relaciones se hallan al mismo nivel intelectual, formarán entre todos un ambiente de ignorancia y vicio apropiado para esa descendencia degenerada que sirve de rémora a todo progreso cuando no de causante de todo estancamiento y aun de toda regresión.

Hay una desigualdad social contra la cual protestamos todos, porque nos hallamos siendo víctimas inocentes de ella; pero hay una parte de esa desigualdad de que podemos ser causantes y sobre la cual llamo vuestra atención, porque es preciso que todos nos desprendamos de tan grave responsabilidad.

Ved en qué consiste :

Hágase un paralelo entre el niño nacido de padres, no ya ricos o pobres, sino educados, instruidos y conscientes de sus deberes paternales, y el niño nacido de padres ignorantes y viciosos; supongamos las dos parejas procreadoras en idénticas condiciones sociales, pobres o ricos, y veamos sus consecuencias: el uno se desarrollará irracionalmente entre servidores, si es rico, o en el abandono si es pobre, o relativamente bien atendido según los recursos paternales, y la marca de la educación quedará perenne en aquellos individuos; los unos cumplirán en el curso de la vida dando impulso a las ciencias o al ideal redentor, y los otros serán apaches de casino o de taberna.

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La sociedad actual continúa sosteniendo la inferioridad moral y jurídica de la mujer en todas las clases sociales, del mismo modo que retiene al trabajador en el despojo sistemático de su participación en la riqueza social; pero si a los privilegiados, teniendo en cuenta las conveniencias en la posesión y en la transmisión de la propiedad, les conviene la inferioridad femenina, los desheredados hemos de conceder, o mejor dicho, reconocer a la mujer ampliamente sus facultades y sus derechos por lo que en ese reconocimiento hay de justo y además por lo que hay de útil.

La mujer piensa, siente y trabaja como el hombre, y, según la más sana filosofía, participa de aquellos derechos inmanentes a la personalidad humana.

Por el desconocimiento de esos derechos, si el proletariado cometiera tan vil error, se cerraría él mismo el paso a su emancipación, remacharía sus cadenas y, duro es decirlo, pero lo pienso y lo digo, merecería su esclavitud.

Tengamos siempre presente este pensamiento de Condorcet:

Cuando se instruye a un niño se prepara un hombre instruido, pero cuando se instruye una niña se elabora la instrucción de una familia.”