La política

(Renovación, 10/07/1913)

Está admitido por la rutina, aunque no por la razón, que esta hila más lino, que el gobierno de cada uno por sí mismo es imposible.

Y está no menos admitido, aunque sea no menos racionalmente inadmisible, que lo que uno sea capaz de hacerlo para sí, puede hacerlo bien para los otros.

Tal es el fundamento del gobierno como teoría y como práctica, como derecho y como hecho, de donde se origina la política, que definiéndola, dijo uno: La política no es ciencia ni arte ni oficio, sino artificio, cuya definición resumió otro en esta disyuntiva: Sólo hay dos maneras de gobernar los pueblos: por la fuerza y por la farsa; lo que los gobernantes modernos, condecorados con el título de grandes estadistas, resuelven en esta fórmula mixta: La democracia es el gobierno del pueblo por el pueblo, en que participan por igual la farsa y la fuerza combinadas.

A esa altura nos encontramos: el artificio del mando, sostenido sólo por la fuerza, sería ya la debilidad, porque no hay mandarín obedecido en nuestros días por la autoridad propia; hoy se manda por consentimiento popular tanto como por delegación divina, por abulia o por ignorancia, por la gracia de Dios y de la Constitución, como expresan las monedas de cierto cuño.

Puede decirse que a la fuerza gubernamental. fundada en el derecho divino, ya desacreditado, ha sucedido la fuerza gubernamental fundada en el sufragio universal que tiene todavía cándidos creyentes, ambas originadas en análoga superchería, pero la última dotada aún de la fuerza necesaria para imponer la obediencia.