Grandeza del débil

(Renovación, 25/07/1913)

Si los perros mandarines o burgueses salen a ladrar al ácrata que sigue su camino, bueno que los ahuyente cuando constituyan positivo estorbo, pero no más; porque si se encoleriza y se detiene a apedrearlos cada vez que le ladren, pueden ocurrir dos cosas: 1ª; que se obscurezca la serenidad de su pensamiento con pasiones deprimentes que dificulten su potencia intelectual; 2ª; que dé a sus enemigos y perseguidores la satisfacción de verle apartado de la vía recta, tratando, sin conseguirlo, de imitarlos, de devolverles mal por mal, y siendo, en la intención, ya que no en los hechos, tan malo como ellos.

Antes que todo, por dignidad propia y por respeto al ideal, hay que ser bueno en el concepto universal de la bondad, y también parecerlo; después se ha de demostrar prácticamente el valor de nuestros conocimientos en economía economizando el tiempo, y, por último, se ha de conservar la lucidez de la inteligencia para retener las verdades adquiridas, descubrir otras nuevas y aplicar debidamente nuestra energía, sin perder nunca de vista que cada día de existencia del régimen autoritario que pesa sobre el mundo es un infierno de iniquidades.

Querría yo, y no sé como valerme para ello, inculcar en la inteligencia y en la voluntad de todos los ácratas del mundo esta verdad que poseo, que me ilumina, que me entusiasma y que prolonga mi juventud por encima de los achaques de la ancianidad y de los desastres de la persecución. ¡Quién poseyera en grado sumo el arte de aprovechar el inmenso poder negativo de las letras!

Insistamos.

El apóstol que en la posesión de sí mismo, con la razón de su fe y con fe absoluta en su razón, sienta un principio axiomático, expone un ideal racional y juzga con lógica inflexible e incontestable un régimen social que califica de absurdo, influye en la inteligencia del que le lee o le escucha, porque el estado normal de la mayoría de los humanos, a pesar de la preocupación, de la rutina, de la tradición y aun del atavismo, es cierto equilibrio mental conocido con el nombre de sentido común ; por eso existe en el mundo la evolución progresiva. Pero aquel que poseído de rabia medita y ejecuta un acto de aquellos que reprueban, no sólo las leyes escritas, sino la conciencia humana de todos los tiempos, únicamente puede contar con la aquiescencia de los pocos que por iguales motivos estuviesen rabiosos como él: los otros, es decir, todo el mundo, por no hallarse en concordancia de sentimientos con el irritado ejecutante, tendrán por él, por su obra y por las ideas con que pretende justificarse, indiferencia o repugnancia. Eso sin contar que lina venganza, que tal es generalmente el móvil de esos reprobables actos, requiere como consecuencia natural otra venganza, y que la ley de las represalias es una cadena sin tin, y en ese infinito no queda nunca lugar para comprender ni menos implantar un ideal de amor y de bondad.

El que predica una verdad, por pequeño y débil que sea, aparecerá siempre grande y fuerte y será al fin respetado, si no en su generación en las siguientes, y aquella verdad, desprendiéndose pura de los labios o de la pluma que la pronuncien o que la escriba, se elevará majestuosa, iluminando inteligencias, alumbrando los más recónditos pliegues de las conciencias torpes y envilecidas, brillando al fin para todo el inundo como esplendente sol de medio día; en tanto que el que profiere amenazas, si no las ejecuta, queda en ridículo, y si las ejecuta aumenta el catálogo de los sangrientos apasionamientos de dudosa o negativa utilidad para la idea, y digo dudosa y no negativa en absoluto, porque puede darle indirecta utilidad la torpeza y la crueldad de nuestros enemigos con esas represiones absurdas y ridículas que suelen poner en práctica.